¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 60
64%

Capitulo 60

Al llegar a casa, Enrique se paró un largo rato en el jardín y luego entró a la habitación en busca de Victoria, pero ella ya no estaba.

Enrique recorrió la habitación con la mirada: la cama estaba hecha, pero la maleta grande de Victoria faltaba, junto con algunas de sus cosas y las pertenencias de los niños. Cogió el celular de ella que seguía sobre la mesita de noche y leyó el mensaje que él mismo le había enviado horas antes, sin respuesta.

Llamó a Vivian con voz seria:

- ¿Dónde está Victoria?

La joven se quedó callada por un instante, pero al ver la expresión del hombre, respondió con firmeza:

- Se fue para protegerse y proteger a los niños. No me preguntes dónde, porque no te lo diré. Ella sufrió mucho por ti y ahora necesita estar a salvo.

Enrique cerró los ojos y golpeó su puño contra la pared. Sabía que Melissa había ido ahí, sabía que le habría dicho cosas terribles. Mientras miraba por la ventana hacia el jardín donde había estado pensando minutos antes, se preguntó si habría llegado demasiado tarde para solucionar las cosas que había roto con sus secretos y su ambición.

- Dime en dónde está.

- No te lo diré, dijo Vivian. No estoy dispuesta a que mi hermana siga sufriendo por ti, tú no la mereces.

Enrique salió nuevamente de la casa, se acercó al guardaespalda y le dio un fuerte puñetazo:

- ¿No te dije que no la dejara salir?

- Señor, pero usted mismo mandó a otro guardaespalda para que la llevara con usted.

- ¡Eres imbécil! Lo que te engañó.

Enrique soltó al guardaespalda, quien se quedó tirado en el suelo sujetándose la mandíbula.

- ¡Engañó! ¿Cómo se atreve a decir eso? Nunca mandé a nadie a buscarla, gritó, con la voz rota por la ira y la angustia.

Se sacó el celular del bolsillo y marcó a su equipo de seguridad:

- Revisen todas las cámaras de la entrada, del vecindario, todo. Necesito saber quién se llevó a Victoria y adónde se fueron. Y busca a Melissa inmediatamente, ordenó entre dientes.

Mientras esperaba la respuesta, caminaba de un lado a otro por el jardín, pasando sus manos por el cabello con nerviosismo. Sabía que Vivian tenía razón en parte: él la había puesto en peligro con su vida llena de secretos y poder, con una esposa que no dudaba en amenazar a niños. Pero ahora solo pensaba en encontrarla, en poder explicarle que estaba dispuesto a cambiar las cosas, a protegerla de verdad esta vez.

Vivian, ya con una maleta en la mano, quedó mirando a Enrique y le dijo:

- Realmente sé que la amas, pero muchas veces el amor mata. Ah, y por cierto: tu esposa estuvo aquí amenazándola.

Enrique se quedó inmóvil al escucharla, sus ojos se llenaron de rabia y culpa a partes iguales.

- Lo sé... ya me imaginé que ella había hecho algo, susurró, pasándose una mano por la frente. Pero Vivian, te lo juro, no sabía que llegaría a amenazar a los niños. Nunca quise que nadie le hiciera daño a Victoria ni a ellos.

Miró la maleta en las manos de la joven y frunció el ceño:

- ¿También te vas?

- Sí, respondió Vivian con determinación. No me quedo en un lugar donde mi hermana tuvo que escapar como una delincuente. Y tampoco quiero estar cerca de tu esposa ni de todo este mundo de secretos y violencia. Voy a buscar a Victoria, la encontraré aunque tenga que recorrer el mundo entero.

Se acercó un poco a él y bajó la voz:

- El amor no debería matar, Enrique. Debería proteger, cuidar... ella te dio todo lo que pudo, incluso cuando no sabía quién eras realmente. Ahora es tu turno de decidir qué es lo que realmente quieres.

Con esas palabras, Vivian dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, dejando a Enrique solo en el pasillo, con el peso de sus actos sobre los hombros.

Enrique sacó su teléfono y le marcó a Melissa. La mujer rápidamente contestó con una voz delicada:

- Dime, Enrique.

- Quiero hablar contigo.

- Entonces ven a buscarme.

El hombre le pidió a su chofer que lo llevara a la casa de Melissa. Al llegar, tocó la puerta. La mujer salió con un vestido elegante y una copa en la mano:

- ¿Por qué tocas? Tienes llave, esta siempre será tu casa.

- No es mi casa, dijo el hombre sujetando la puerta con fuerza. ¿Por qué fuiste a buscar a Victoria?

Melissa rio suavemente, dándole un sorbo a su copa antes de responder:

- ¿Buscarla? No, Enrique, simplemente fui a tener una conversación con ella. Una charla entre mujeres que comparten algo importante.

Entró de nuevo a la casa y dejó la copa sobre una mesa de cristal:

- Ella necesita entender que este matrimonio es nuestro, que tú perteneces aquí. Yo solo le recordé cuál es su lugar.

Enrique cerró la puerta con fuerza y se acercó a ella hasta quedarse frente a frente:

- ¿Y también le recordaste que la amenazarías con los niños? ¿Eso es tu idea de conversación?

La expresión de Melissa se endureció por un instante, pero luego volvió a sonreír:

- Yo solo hago lo necesario para proteger lo que es mío. ¿Acaso tú no harías lo mismo? Además, ella se fue por su propia voluntad... quizás incluso encontró a alguien más que la cuide mejor, dijo con un tono sarcástico.

- Si algo le pasó a ella o a mis hijos, Melissa, te juro que nunca te perdonaré, advirtió el hombre, con los puños apretados.

- No tienes que amenazarme, Enrique. Sé perfectamente de lo que eres capaz, dijo Melissa sentándose, cruzando las piernas con elegancia y mirando fijamente al hombre.

Enrique se quedó de pie frente a ella, sus ojos negros quemando en una mirada llena de rabia contenida:

- ¿Y tú crees que eso te protegerá? ¿Que porque conoces mis secretos puedes hacer lo que quieras?

Se acercó hasta la mesa y apoyó las manos sobre ella, inclinándose ligeramente hacia adelante:

- Melissa, hemos estado casados por dos años y nunca te he hecho nada más que respetar tu espacio. Pero ahora has cruzado una línea que no deberías haber tocado. Victoria y mis hijos no tienen nada que ver con nuestras cosas.

La mujer arqueó una ceja, manteniendo su compostura:

- ¿Nuestras cosas? Enrique, desde que apareció esa mujer, ya no hay "nuestras cosas". Solo está ella, tus hijos con ella, y yo a un lado esperando que vuelvas a casa. Yo solo estoy defendiendo lo que es mío, igual que tú harías por lo tuyo.

El hombre negó con la cabeza, con una sonrisa amarga:

- No tienes idea de lo que soy capaz cuando se trata de proteger a quienes quiero. Y te lo digo claro: si vuelves a acercarte a ella o a los niños, no importa quién seas ni lo que sepas de mí, te arrepentirás.