Capitulo 59
Victoria se había quedado un largo rato mirando hacia la nada. Cerró sus ojos y, por un momento, recordó la primera vez que conoció a Enrique. Realmente, desde el primer día, le había parecido un nombre imponente y muy guapo; un soporte tan elegante. Esa mirada tan severa la había atraído, pero también sentía que era un hombre lleno de misterio. Se preguntaba a sí misma por qué no se había alejado de él. Quizás era el destino, o tal vez el deseo de ser madre, de tener una pareja o de sentirse amada. Sonrió con ironía: en la vida todo no se podía tener, pues ella no había logrado tener el amor de su vida, pero por lo menos había logrado su sueño de ser madre.
Arturo Pérez leyó el mensaje. No lo respondió de inmediato; incluso llegó a dudar si realmente la ayudaba o no. Pues tenía claro quién era Enrique de la Torre: era un hombre con demasiado poder y sabía que ayudar a Victoria le traería algún problema. Pero ¿por qué no hacerlo? Quizás lograba ganarse su corazón.
El hombre decidió responder el mensaje: "Estoy a tu disposición. ¿A qué hora quieres que te recoja?" Victoria no había podido responder el mensaje que el hombre le había enviado, debido a que había salido de la habitación y había dejado su celular encima de la cama, mientras sostenía una taza de té que ni siquiera había subido a sus labios, porque estaba perdida en sus pensamientos. Cualquiera pensaría que estaba mirando el jardín, pero no era así: su mente era un caos.
Ni en su más loco sueño se imaginó que algún día estaría en un escándalo como ese. Vaya la vida, sí quedaba vuelta. La mujer entró a su habitación y tomó su celular; cuando miró el mensaje del hombre, sus pulsos se le aceleraron. Se sintió nerviosa, respiró con dificultad, pero sabía que tenía que tomar una decisión. Sabía que algunas veces dejar ir era difícil, pero también era importante hacerlo para sentirse bien consigo misma y aprender a estar sola.
Vivian entró a su habitación: "Hola Vicky, ¿cómo estás? Miré todo lo que están diciendo de ti, no le prestes atención. Estoy segura de que la que mandó a poner ese titular es esa mujer que está sentada en la sala. Me pregunto por qué la dejaron entrar o qué artimaña utilizó para hacerlo." Victoria no había respondido; estaba tratando de digerir cada frase que dijo su hermana. "¿De qué mujer me estás hablando?" – "De la esposa de Enrique. Está sentada en la sala." – "¿Esa mujer está aquí?" – "Claro que sí está. Pensé que ya habías hablado con ella."
Victoria se paró: "Voy a ir a ver a esa mujer que quiere." Caminó a la sala y ahí estaba Melissa, con las piernas cruzadas elegantemente, los labios pintados de rojo y una sonrisa que cualquiera que no supiera cómo era ella diría que encantadora. "Hola, señora Hernández. ¿Cómo está?" Victoria se quedó un largo rato analizando a la mujer: realmente habían personas que sabían fingir muy bien.
"¿Me estás preguntando cómo estoy en serio? Si estoy segura de que el escándalo que hay allá afuera y los periodistas que intentan entrevistarme es porque tú los mandaste." – "¿Me estás acusando de algo?" – "Bueno, está bien," dijo la mujer levantándose de donde estaba sentada y acercándose a Victoria. "Mírame, Victoria, mírame bien y quiero que me digas qué ves en mí. Soy la mujer que hará de tu vida un infierno. Creo que elegiste el matrimonio equivocado para entrar en él. Te preguntarás cuántas mujeres lo han hecho y a cuántas he desaparecido. Sí, Victoria, si quieres saber si yo soy la mujer que trajo la prensa hasta tu casa: sí fui yo. Pero ¿qué pruebas tienes de eso? ¿Acaso están diciendo una mentira? Por cierto, si no te alejas de Enrique, no vaya a ser que de pronto alguien entre a tu casa – sin importar cuántos guardaespaldas haya – y uno de tus hijos desaparezca."
Victoria levantó la mano con fuerza y golpeó a Melissa: "Que sea la última vez que tú amenazas a uno de mis hijos. No sabes de lo que soy capaz por ellos." – "Vaya," dijo Melissa sobándose suavemente la mejilla. "Ahora entiende qué es el amor. Pues esa reacción que acabas de tener es la misma que tengo yo por no perder a mi esposo."
Después de decir esa frase, la mujer tomó su bolso con la misma elegancia con la que estaba sentada y salió de la casa. Victoria se sentó y contuvo sus lágrimas: tenía que ser valiente. Entró a su habitación mientras Vivian iba detrás de ella. "¿Qué vas a hacer, Vicky?" – "Me iré a un lugar donde nadie pueda encontrarme, y eso solamente lo sabrás tú." – "Entonces yo me iré contigo." – "Tú no te irás conmigo. Estás comenzando una relación y sabes lo que quiero: que seas feliz."
Victoria sacó una maleta y comenzó a empacar. Había empacado pocas cosas suyas; de resto, todo eran de sus hijos. Sostuvo a uno en la mano y depositó un suave beso. Lo quedó observando por un largo rato y sintió que se llevaba una copia de Enrique. Un mensaje había llegado a su celular: no era de la persona que esperaba, era Enrique. "Te dije que lo iba a solucionar y ya lo solucioné. Nadie hablará de ti."
El hombre había mandado a quitar cada publicación que habían hecho. A cada periodista le había llegado una advertencia de demanda. Aunque lo que estaban haciendo no era ilegal, los hizo detenerse. El hombre se sentía agotado y estresado; se dirigió a su lugar donde, cuando estaba de ese modo, lo relajaba. Entró aquel lugar donde había tenido a tantas personas amarradas, donde le suplicaban por su vida. Midió al hombre que tenía delante de él y realmente miró que era una basura. "Andrés, ¿cómo se te ocurre tener a mi nuevo socio de esta manera? Ni que fueran delincuentes." Andrés se acercó hasta donde estaba Enrique y sonrió; se acercó al hombre y lo despertó con un balde de agua. Al ir a abrir los ojos, quedó impactado: no podía creer que Enrique de la Torre tuviera un local como ese. Se podía decir que era un lugar lleno de terror, pues había de todo para torturar a una persona. "Señor de la Torre, ¿me quiere explicar por qué me tiene aquí?" dijo el hombre; su voz sonaba demasiado nerviosa. "¿En serio me lo estás preguntando? Bueno, está bien. Como usted tiene poca memoria y yo la tengo excelente, le voy a recordar: usted no es más que un asqueroso violador que hace que la gente lo mire como un superhéroe por ayudar a madres cabeza de hogar y a niños desprotegidos, para luego aprovecharse de ellos." El hombre abrió los ojos de par en par mientras Enrique le mostraba cada fotografía, dejándolo sorprendido de dónde había sacado él esa información.
Andrés lo desnudó. El hombre por un momento sintió que perdió el conocimiento, mientras Andrés se acercaba a él con una navaja en la mano y la presionaba con fuerza en su parte íntima. El hombre palideció, cerró los ojos, los volvió a abrir y recorrió el lugar con la mirada. "¿Te gusta?" dijo Enrique. "Aquí se hacen cirugías: algunos hombres que quieren ser mujeres, por ejemplo como tú. Y adivina quién los opera: yo soy un excelente cirujano. Corto dedos, también lo sé pegar de nuevo. Quito córneas y se las doy a las personas que realmente las necesitan, porque hay personas que no saben utilizarlas. Otra cosa para lo que soy bueno es para la cacería. Si quieres, jugamos a eso donde tú eres mi presa. Ah, pero por cierto: estás atado, ya no eres un conejo corredizo." El hombre no podía creer que el gran Enrique de la Torre, el hombre impecable, tuviera ese lado tan oscuro.
Victoria miró la hora al escuchar que golpeaban la puerta. Enrique debería estar de vuelta, pero algo en el ruido no encajaba, pues el hombre tenía llave de la casa. Al salir de la habitación, miró a Arturo parado en la puerta con unas gafas negras. "¿Cómo lograste ingresar?" – "Dije que era el chofer que acababa de mandar el señor de la Torre. Sabes que ahora el hombre que está en la puerta debe estar notificándole si es cierto que él mandó un chofer. Por eso debes hacerlo rápido para salir de casa. ¿Tienes todo listo?" – "Sí, está todo listo."
Victoria tomó su maleta, tomó a los niños y abrazó a Vivian, que lloraba. "No te preocupes por mí. Apenas compre otro número, la primera persona a la que le voy a escribir es a ti. Fui yo la que te arrastró a este país, pero quiero que te quedes disfrutando del amor," dijo con una sonrisa entre dientes. Salió de prisa, pero el guardaespaldas que estaba en la salida le dijo: "Señora, el señor me pidió que no la dejara salir." Victoria quedó mirando al hombre con seguridad y, con una voz amable, le dijo: "No te preocupes, Enrique me pidió que fuera con él. Ya sabes, todo esto que está pasando lo tiene demasiado preocupado."
El hombre lo dudó por un momento, pero al escuchar a la mujer mencionar a Enrique, le dio el pase. Mientras Arturo conducía, Victoria iba en silencio. "Señora Hernández, dígame: ¿a dónde quieres escapar?" – "Realmente quiero devolverme a mi finca." – "Sabes que ese es el primer lugar donde te irán a buscar." – "Lo sé. Por eso yo te propongo algo diferente: tienes que quedarte un mes en otro lugar donde no sea tu país, y luego, si quieres, puedes volver." – "¿Hacia dónde vamos?" dijo Victoria. – "Te irás conmigo por un mes a España. ¿Te gusta la idea? Tranquila, soy muy respetuoso. Y a quién le debes agradecer no es a mí, sino a Mauricio." – "¿Qué tiene que ver Mauricio en esto?" – "Le comenté lo que pensaba hacer contigo y me apoyó. Creo que es la primera vez que nos ponemos de acuerdo en algo."
Al subirse al jet privado de Arturo, sintió inseguridad. Ahí estaba ella, subiéndose a un avión de un hombre que realmente casi no conocía, pero por tener que irse lejos, estaba confiando la vida de sus hijos y la suya a una persona desconocida. "Relájate," dijo Arturo sentándose a un lado de la mujer. "Tus hijos no sacaron casi nada de ti." – "Mentiras, sí sacaron algo: el cabello," dijo el hombre. "Pero el rostro es de su padre."
Al llegar a España, Victoria miraba por la ventana del carro los lugares: realmente era hermoso, nunca imaginó que conocería ese país. Al llegar a la casa de Arturo, la mujer quedó impactada: nunca imaginó que el hombre tuviera tanto dinero. "¿Por qué Mauricio era tan sencillo? ¿Por qué Mauricio vivía alejado de su familia si usted tiene tanto dinero?" Victoria se sorprendió por lo que acababa de preguntar; ella nunca había sido imprudente, pero era tanta la curiosidad que sintió que lo hizo.
"Él vive alejado de nosotros porque mis padres le quitaron parte de su herencia que le había dejado el abuelo y lo rechazaron. Yo también lo hice por ser gay." – "¿En serio? Pero qué brutalidad," dijo Victoria. "Si Mauricio es un amor de persona, un corazón repleto de amor, alegre en su ser: no hay odio, solo amor. ¿Cómo pueden despreciar a una persona por su sexualidad? Si todo lo contrario, hay que llenarlos de amor. Ahora entiendo por qué la primera vez que me dijeron de su relación, él lloró al no sentirse rechazado. Ustedes son unos animales." – "Lo sé," dijo Arturo.