Capitulo 58
En la ducha, el agua caliente golpeaba su piel como miles de latigazos. Victoria cerró los ojos y volvió a ver la cara de Enrique, arrodillado frente a ella… la misma que había sido tan segura, tan impecable durante todo el tiempo que la conocía. Ahora solo veía fragilidad en él, pero ya era demasiado tarde. Había creído en sus palabras, en sus toques, en la forma en que la miraba cuando pensaba que ella no lo veía. Había creído que podía ser más que un trofeo, más que una herramienta de venganza.
Se secó con fuerza, se vistió de prisa y salió a la sala. Enrique seguía en el mismo lugar, la copa vacía entre sus manos, la mirada perdida en el suelo.
Victoria siguió derecho hacia la cocina, se preparó una taza de té y luego se sentó en la mesa. Enrique la siguió y, al llegar donde estaba ella, tomó asiento también. Quedó mirando un largo rato a la mujer; quizás estaba esperando que le reclamaran o que le gritara, pero eso no pasó. Ella siguió ahí sentada, con una cuchara en la mano moviendo lentamente su té.
Hasta que por fin levantó la mirada y quedó mirando fijamente al hombre que tenía enfrente. Él también le sostuvo la mirada, dándose cuenta de que, a pesar de que ella trataba de lucir tranquila, era evidente que había llorado.
Victoria dijo por fin: «Enrique». El nombre lo dijo pausado, como deletreando cada letra. «Quisiera preguntarte por qué me hiciste esto», dijo ella, «pero ya sé la respuesta: venganza, ¿no es así? Pero quiero que sepas que si eso te hace feliz, entonces valió la pena. Esta mujer que tú ves aquí, Enrique, no es la misma que conociste tiempo atrás. Estoy rota».
«Quizás mi destino es estar rota. Tal vez porque el amor no fue hecho para mí, o quizás porque vivo demasiado desesperada por tenerlo… o vivía. Pero siento que valió la pena, Enrique. Tengo dos hijos durmiendo en la habitación. A pesar de que fueron a causa de una venganza…» Enrique, al mirar la lágrima que comenzaba a rodar por el rostro de la mujer, sí levantó de donde estaba e intentó abrazarla. «No lo hagas, Enrique. No necesito tu lástima».
«¿Por qué tenías que ponerme ese collar? Ese collar que significa tanto para tu abuela… Porque ya no está ella, ese collar ahora es tuyo. Cuando lo vi en la subasta, lo compré para la mujer que me hiciera sentir vivo. Y tú me haces sentir eso: humano».
Victoria había terminado su taza de té. Se levantó de donde estaba, camino hasta su habitación y se sentó en la cama mientras miraba a sus pequeños dormir. No podía contener sus lágrimas. Mientras tanto, Enrique estaba recostado en la puerta, escuchándola llorar; sentía que se rompía. Él también quería abrazarla fuerte para que ella sintiera ese amor que había crecido dentro de él por ella.
El hombre sabía que con un «lo siento» no era suficiente. Tenía miedo a perderla, y si se iba de su lado… No, eso no lo iba a permitir. Franco, por otro lado, sentado en un bar, se tomaba una copa despacio, sintiendo el calor mientras el licor quemaba su pecho. Se imaginaba el dolor que estaba sintiendo Enrique, y eso lo satisfacía.
El hombre sonrió y, mientras bebía sus copas, se dijo a sí mismo que ese era el momento preciso para acercarse a Victoria. Estaba dispuesto a conquistarla de nuevo, así tuviera que cargar con los hijos de ella. El hombre se paró de donde estaba, pagó la cuenta y salió del bar. Al llegar a su casa, era un caos: su hermano estaba sentado con una cara de decepción que no podía con él ya.
Él ya sabía la razón, pero realmente lo que había hecho Diana por impulso lo había favorecido. El hombre se paró de donde estaba y preguntó: «¿Y tú dónde estabas? No me digas que ahora me estás vigilando. Te recuerdo que a la que debes vigilar es a otra. Por cierto, ¡qué vergüenza! Y ustedes qué dicen, que soy yo el que siempre avergüenza a la familia. Hoy me di cuenta de que no es así».
«¿Por qué siempre tienes que arruinarlo todo? Porque eres tan impulsiva, tan caprichosa. Eres una mujer adulta que actúa como una niña. A partir de ahora, tú vas a trabajar y no vas a tener acceso a las tarjetas». Ya no escuchaba atentamente lo que decía su hermano Gustavo; la mujer no había dicho absolutamente nada. Sabía que en ese momento todo estaba en contra de ella.
«Papá, lo siento. Actué por impulso, no fue mi intención avergonzar a mi primo. Solo que ver esa mujer descarada lucir como una dama de sociedad me irritó profundamente». «¿Y qué es una dama de sociedad?», contestó doña Marta. «Una como tú o como yo? Eso no es ser una dama de sociedad, nada más. Sociedades como esa mujer que avergonzaste hoy: no es su escándalo, no insultó, no gritó y tampoco intentó quedar bien; simplemente se alejó. Una dama es aquella que actúa con inteligencia y educación ante el mundo y sigue siendo ella».
Fernanda no dijo nada, solamente dijo: «Es demasiado tarde y quiero ir a casa». Gustavo inmediatamente se paró de donde estaba y siguió a su esposa, mientras Diana dirigía la mirada hacia su tío Franco, que la acababa de sepultar ante su familia. «Ahora que estaba planeando… Es imbécil de su tío», pensó.
Andrés, después de llevar a Gustavo, había ido en busca de Vivian y la había encontrado desesperada buscando a Victoria. El hombre, con una voz calmada, le dijo: «No te preocupes, mi peque, ella ya está en casa». La chica por fin pudo respirar.
Al subir al carro, el hombre tomó su mano con delicadeza, depositó un suave beso en ella y preguntó: «¿Quieres que te lleve con tu hermana o quieres irte conmigo?». Vivian quedó mirando al hombre un largo rato y, solo al hacerlo, se perdía en su mirada. Sonrió: «¿Me estás proponiendo algo indecente?».
«Solo si tú quieres». «Por supuesto que quiero», dijo ella, aferrándose a él y besándolo con pasión. El hombre condujo hasta su casa y, al estar ahí, la chica pudo observar la casa con más tranquilidad.
Melissa, con mucha delicadeza, peinaba su cabello como siempre, tratando de planear muy bien su nueva jugada. Se miró un largo rato en el espejo, sonrió: se sentía tan tranquila que no sintió la necesidad de tomarse una copa de vino como hacía siempre. Escribió a un número de un periodista conocido y le dijo exactamente qué tenía que poner en el titular.
Al día siguiente, Victoria tomó su teléfono porque había comenzado a sonar y miró el nombre en la pantalla: era su hermano José. «¿Ya viste lo que sale en todas las redes sociales? ¿Ya miraste lo que está en cada revista, en el periódico y en los noticieros?». «¿De qué me estás hablando?», dijo Victoria un poco dormida.
La mujer prendió la televisión y miró todo lo que decían de ella: «La amante queriendo ser la esposa y la esposa tratando de ser la amante por amor. El señor de la Torre tiene una relación amorosa con la esposa de su tío Franco, que es mucho mayor que él».
Ella se quedó mirando un largo rato todo lo que decían; sentía que había arruinado la carrera de años de su hermano. Pero miró que no hablaban mal de él, sino todo lo contrario: hablaban maravillas de sus diseños. Por lo menos su hermano no lo estaban destruyendo como lo estaban haciendo con ella, sin conocerla. Entonces se dio cuenta de que ante una sociedad tan perfeccionista, que ni siquiera se tomaba el tiempo de conocerla sino por lo que dijeran, se llevaba a la persona a un juicio.
Enrique entró deprisa, apagó la televisión y dijo: «No te preocupes, que lo voy a solucionar, ¿lo entiendes?». Ella no dijo nada, simplemente se quedó callada. El hombre volvió y salió, pero al salir, Victoria tomó su teléfono y le escribió a Arturo: «Señor Pérez, me encantaría que me ayudara. Estoy dispuesta a pagarle muy bien».