Capitulo 57
¿Dónde está Victoria? —preguntó Enrique.
La pregunta iba cargada de desesperación, pero el desespero en el rostro de José era aún peor.
—No lo sé… —respondió—. La dejé por un segundo y cuando volví, ya no estaba.
Enrique salió nuevamente del camerino, pero apenas cruzó la puerta la prensa lo acorraló. Melissa aprovechó ese momento.
—Señores, lo lamento —dijo con voz firme—. Mi esposo está muy cansado y creo que no es el momento para preguntas.
—Oh, señora de la Torre —intervino un periodista—, es usted una mujer muy comprensiva. A pesar de que su esposo le es infiel, usted sigue tomándolo del brazo y mirándolo con amor.
Melissa sonrió con una ternura que parecía real. Su voz fue suave, tranquila.
—No soy nadie para juzgar a mi esposo. Lo único que puedo decirles es que por él soy capaz de soportar cualquier cosa. Lo amo con todo mi ser y sé que, aunque me haya fallado, me ama… porque siempre ha sido un excelente hombre conmigo.
Algunos periodistas la miraron con admiración; otros, con lástima.
Lo que era capaz de hacer una mujer por amor.
Era la primera vez en toda su vida que Enrique de la Torre estaba sumergido en un escándalo. Siempre había llevado una vida impecable, silenciosa. Cerró los ojos varias veces, levantó la mano y, de espaldas, lo sacaron del lugar. Melissa no soltó su mano en ningún momento.
Al subirse al auto, ella también lo hizo. Enrique por fin habló.
—No intentes pasarte, Melissa. ¿Por qué estás actuando de esta forma?
—¿Acaso lo que dije no es verdad? —respondió ella, con un hilo de voz—. ¿Acaso no siempre te he amado? ¿Acaso no he estado para ti? ¿Ahora por qué intentas sacar tu frustración conmigo?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Me has roto, Enrique, varias veces… y aun así sigo a tu lado.
El hombre no respondió. Solo dijo:
—Andrés, llévame a la casa de Melissa… y luego a mi casa.
Esa frase fue una daga. Melissa la sintió abrirle la piel, pero no dijo nada. Estaba satisfecha con lo ocurrido esa noche.
Franco había visto salir a Victoria. Había visto a Arturo subirla a su auto. Decidió seguirlos, pero cuando la vio llegar a su casa, soltó un largo suspiro. Por fin entendió la realidad: ella estaba rota.
Y era el momento de actuar.
Porque si Victoria no iba a estar con él, tampoco estaría con su sobrino.
Victoria tomó la tarjeta de Arturo.
—Señor Hernández, si necesita desaparecer, no dude en llamarme. La llevaré a un lugar donde nadie crea que está… aun estando. Soy experto en eso.
—Se lo agradezco —respondió ella—. Ha sido usted una excelente ayuda. Gracias por no mirarme con lástima… ni con rechazo.
Arturo arrancó el auto, pero una voz familiar la llamó.
—¡Victoria!
Ella se giró despacio. Franco estaba ahí.
—Ahora no estoy para que me juzgues —dijo ella, agotada—. Estoy demasiado cansada. Y si quieres que te dé la razón, entonces la tienes. Pero quiero decirte algo: ustedes dos son iguales.
—No, Victoria. No somos iguales —respondió—. Somos totalmente diferentes. No quisiera herirte más, pero ese collar que llevas… ¿sabes de quién era?
Ella se quedó quieta.
—Era de mi madre. Hace tiempo me metí en problemas y lo vendí. Luego fue subastado y lo compró Enrique. Como todo lo que la familia de la Torre ha perdido… él lo ha comprado.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó ella, intentando huir.
—Tiene todo que ver. Mi sobrino nos odia profundamente. Cree que por culpa de nosotros su madre murió. ¿O por qué crees que compró la finca El Paraíso? ¿Por qué crees que se acercó a ti?
Victoria lo miró, confundida.
—No se acercó porque le pareciste hermosa. Se acercó porque sabía quién eras. Sabía que eras mi ex pareja… la mujer que dejé plantada antes de casarme.
El silencio fue brutal.
—Una de las personas que más me odia es a mí —continuó Franco—. Esa es la razón de todo. Pero tú, en la vida de Enrique, no significas nada. No conoces nada de él. Ese hombre impecable, exitoso… puede ser mucho más cruel de lo que imaginas.
Después de dejar a Melissa en su casa, Enrique le pidió a Andrés que lo llevara a la casa de Victoria.
—Llévame —dijo—. Si ella no está, le pediré a Wilson que me ayude a buscarla… y ten cuidado por tu chica, porque si sigues así, vamos a terminar muertos los dos.
Al llegar, Enrique entró deprisa. Allí estaba ella, sentada en la sala. Sintió cómo soltaba el aire que había retenido.
Se acercó, la revisó.
—Estoy completamente bien, Enrique —dijo Victoria.
Su rostro no mostraba ira, sino una enorme desilusión.
—¿Estabas preocupado por mí? —ironizó—. Vaya… el gran Enrique de la Torre.
Lo miró de frente.
—Estabas preocupado porque soy la mujer que no puedes tomar en público. Porque nunca estaré a tu altura. Te acercaste a mí por el odio que sientes hacia tu tío. Nunca fue por amor.
Una lágrima rodó por su mejilla. La limpió de inmediato. Enrique seguía arrodillado frente a ella.
—En tu vida no soy nada más que una venganza —continuó—. A lo importante se le cuida, a lo que no… se le deja ir. Franco me dijo una vez que aún me ama. Pero eso no es amor. Es obsesión… o culpa.
Enrique respiró hondo.
—Está bien, Victoria. Si quieres escuchar la verdad… al comienzo fue así. Me acerqué a ti porque sabía que eras la mujer que Franco más ha amado. No sentía nada por ti. Pero luego te fui conociendo…
—¿Y me amaste? —interrumpió ella—. Eso es lo que vas a decir ahora.
Negó con la cabeza.
—Lo siento, Enrique. Ya no confío en ti.
Victoria se levantó, entró a la habitación y cerró con llave. Se metió a la ducha y lloró como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Enrique se quedó en la sala. Luego fue al despacho, se sirvió una copa y la bebió de un solo golpe, sintiendo cómo le quemaba la garganta.
Y por primera vez…
no supo a quién había perdido realmente.