¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 56
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Capitulo 56

Mientras Victoria caminaba hacia el camerino en busca de su hermano, Franco no le quitaba la mirada. Melissa, al ver a Enrique aún sentado en la mesa familiar, caminó hacia ellos con elegancia.

—Buenas noches, querida familia.

En el rostro de ninguno hubo sorpresa. Todos sabían cómo era Melissa: arrogante, segura de sí misma, con ese don natural de reina.

Aunque todos respondieron al saludo, Fernanda no lo hizo. Diana sonrió.

—Vaya… pensé que hoy no vendrías.

—¿Y por qué no habría de hacerlo? —respondió Melissa con suavidad calculada—. Como sabes, soy modelo. Me encanta la moda.

La mujer tomó la mano de Enrique con delicadeza y lo miró con una ternura perfectamente ensayada.

—No sabes cuánto te he extrañado. Hoy, al verte, mi corazón ha latido como nunca antes.

—No exageres, Melissa —respondió él—. Solo han sido dos meses.

—Para mí han sido como años —replicó ella—. Enrique, eres mi esposo. Te amo, lo sabes.

Algunos fotógrafos aprovecharon el momento y tomaron varias fotos. Melissa apretó un poco más la mano de Enrique. Diana se percató de inmediato.

—Vaya, sobrino… tu esposa hoy realmente luce hermosa —comentó con ironía.

De pronto, las luces bajaron su intensidad. La música cambió de tono. El murmullo del público se transformó en expectativa.

El desfile estaba por comenzar.

José apareció con un micrófono en la mano, dando la bienvenida a los asistentes. Luego salió la primera modelo, luciendo un vestido impecable. El público aplaudió. Diseño tras diseño fue elogiado. José era un genio en lo que hacía.

Victoria, detrás del escenario, estaba demasiado nerviosa. No era una mujer acostumbrada a ese tipo de exposiciones. Era la primera vez que se enfrentaba a tanta gente. Respiró hondo. Sentía el collar como un latido ajeno sobre su piel, como si cada paso fuera observado y juzgado.

Alzó el rostro y caminó con firmeza.

La mirada de Franco no se apartó de ella ni un segundo. Pero no era el único. Desde el público, Arturo Pérez la observaba con devoción.

—Esa mujer es preciosa —se dijo a sí mismo.

Desde su asiento, la señora Marta observaba la pasarela sin parpadear. Sus manos estaban entrelazadas con fuerza sobre el regazo. Comprendió que el collar había quedado en la mujer perfecta. Victoria era calma, sabiduría, paciencia… una luchadora incansable. Había criado a sus hermanos, había resistido la vida sin rendirse.

Sonrió con orgullo.

Sus bisnietos tenían una gran madre.

El vestido vino tinto ceñía el cuerpo de Victoria con elegancia. Su andar era firme, contenido. Cada paso era una afirmación silenciosa. El collar brillaba bajo las luces, robándose miradas, despertando susurros.

Melissa la observaba, aún aferrada al brazo de Enrique. En su mirada había odio. Aquel collar siempre lo había deseado… y ahora lo llevaba ella, como si hubiera nacido para portarlo.

Victoria, al ver a Melissa del brazo de Enrique, sintió cómo su corazón se oprimía. Por un instante, la respiración se le cortó. Se sintió miserable. Melissa lo notó. Sonrió. Nadie más lo vio, pero ella estaba satisfecha.

—¿Por qué no me sueltas? —susurró Enrique—. ¿Quieres que el público crea que seguimos juntos?

—Soy tu esposa, amor —respondió Melissa—. Verte aquí me hace feliz.

Diana apretó los dientes. No podía creer que la mayoría de los hombres no apartara la mirada de Victoria.

—Una mujer común… y hasta con unos kilos de más —pensó con desprecio.

Fernanda miraba a su hermana con orgullo.

—Mírala —murmuró Diana—. Cree que ganó.

—Ella no cree que ganó —respondió Fernanda con firmeza—. Siempre ha sido una ganadora. Este desfile existe por ella, por los valores que nos inculcó, por dejarnos volar. Está ahí solo para hacer feliz a su hermano.

Diana calló, pero miró a Melissa. Entre ambas se cruzó una mirada cómplice.

Victoria volvió a salir. Esta vez vestía un atuendo deportivo, como el resto de las modelos. Se esforzaba por hacerlo bien. Vivian, en cambio, parecía haber nacido para eso. Su cabello negro y largo la hacía parecer una pequeña Rapunzel. Esa dulzura en su mirada tenía a Andrés completamente perdido.

La pasarela avanzaba como un ritual. Modelos iban y venían, pero la tensión no bajaba. Crecía.

José apareció al final del escenario y tomó el micrófono.

—Gracias por acompañarnos esta noche. Este proyecto nació de la familia… y de segundas oportunidades.

La palabra resonó.

Segundas oportunidades.

La señora Marta bajó la mirada. Franco cerró los ojos. Diana apretó los labios.

—Quiero agradecer especialmente a una mujer que, sin saberlo, representa todo lo que este desfile significa.

Victoria alzó el rostro.

—Victoria —dijo José—, gracias por caminar con la frente en alto, incluso cuando el peso del pasado intenta detenerte.

El público aplaudió.

Diana se levantó de golpe.

—¡Esto es una farsa! —gritó—. ¿Ahora resulta que ella es la víctima?

El salón quedó en silencio.

—¡Diana, basta! —intervino la señora Marta.

—¡No! Ese collar no le pertenece. Esa vida tampoco.

Las miradas se clavaron en ella.

—La mujer perfecta que hoy elogian no es más que la amante de mi primo —continuó—. Una sinvergüenza que no tuvo problema en quitarle el marido a otra mujer. ¡Le encantan los hombres de la misma familia! ¿O no es así, tío Franco?

El señor Antonio tomó del brazo a su hija y la sacó del lugar. No podía creer que una mujer de treinta y dos años hiciera semejante escándalo.

Los murmullos llenaron el salón.

Melissa apretó la mano de Enrique. Pensó que aquella mujer había sabido hacer su papel. Ahora todos mirarían a Victoria como la culpable. Ella no había tenido que hacer nada.

Victoria entró al camerino. Algunas modelos la miraban con desaprobación. Nunca se había sentido tan avergonzada.

No lloró. No gritó. Solo recordó una frase:

Tú nunca serás la mujer que él muestre en público.

Y ahí estaba Enrique… de la mano de su esposa.

Él soltó a Melissa y corrió al camerino, pero Victoria ya no estaba. Había salido, caminando entre la multitud, esquivando miradas, hasta que alguien la detuvo.

—Señora Hernández… si gusta, puedo sacarla de aquí.

Era Arturo Pérez.

Victoria asintió. Él la miró de reojo. Cuanto más la observaba, más hermosa le parecía.

—¿A dónde desea que la lleve?

Ella le dio la dirección.

—Si quiere, puedo ayudarla a desaparecer un tiempo… que nadie sepa dónde está.

—¿Por qué haría eso? —preguntó ella.

—Quizá porque Mauricio Pérez es mi hermano —respondió—. O quizá porque me cae bien. O tal vez porque, hace años… viví exactamente lo mismo.