Capitulo 55
Al salir de la casa, Victoria le recomendó a la señora que cuidaba a los niños que no los dejara solos en ningún momento. La casa no quedaba desprotegida: dos guardaespaldas vigilaban discretamente desde el exterior.
Al llegar al evento, el lugar estaba completamente repleto. Victoria miró su reloj; llevaba veinte minutos de retraso. Un leve nudo se formó en su estómago. Se sentía avergonzada.
Entró primero junto a Vivian y Andrés. Sus ojos recorrieron el salón hasta que divisó una mesa conocida. Allí estaban su hermana Fernanda y Gustavo. Victoria se acercó, saludó a su hermana con dos besos en la mejilla y luego a su cuñado.
La señora Marta, sentada junto a su hijo Antonio, se quedó mirándola largo rato. Sus ojos no se apartaban del collar que Victoria llevaba puesto. Lo reconoció de inmediato.
Ese collar…
Años atrás había sido suyo.
Un recuerdo incómodo la atravesó. De repente, aquella joya había desaparecido de su vida. Más tarde supo la verdad: su hijo Franco lo había tomado en uno de sus peores momentos, cuando estaba metido en problemas y necesitaba dinero. Recordarlo le provocó una mezcla de frustración y resignación.
Sin embargo, al verlo ahora sobre el cuello de Victoria, no sintió rabia. Todo lo contrario.
El collar había quedado en la familia… y adornaba el cuello de una gran mujer.
Diana, sentada al lado de su abuela, también miraba a Victoria. Su expresión no era de sorpresa, sino de arrogancia… y de odio contenido. Ella también había reconocido el collar. Lo sabía demasiado bien.
La señora Raquel se levantó y saludó a Victoria con dos besos en la mejilla.
—Estás hermosa —le dijo con sinceridad.
Franco, desde su asiento, no pudo apartar la mirada de ella. Observó a la mujer que había perdido por cobardía, por silencio, por no haber luchado cuando aún había tiempo. Un vacío incómodo se le instaló en el pecho.
—Lo siento… tengo que ir a buscar a mi hermano —murmuró Victoria, alejándose.
Desde lejos, Melissa, vestida de rojo, elegante como siempre, también había notado el collar. Su rostro se tensó. Ella misma se lo había pedido a Enrique en el pasado, y él se había negado. No podía creer que se lo hubiera entregado a Victoria. Aquello le ardió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Franco no dijo una sola palabra, pero la mirada de su madre fue suficiente para entenderlo todo.
Así que el malnacido de su sobrino había regalado ese collar a Victoria.
No estaba molesto porque ella lo llevara… estaba molesto porque sabía exactamente cuánto costaba, cuánto había invertido para obtenerlo en aquella subasta. Y, sobre todo, porque él quería haber sido quien le entregara algo así de valioso.
Entonces Enrique entró.
Como siempre, con esa elegancia natural, ese porte imponente y esa forma de caminar que hacía que todos giraran la cabeza para mirarlo. La conversación bajó de volumen casi de inmediato.
Diana, al verlo, lo observó con deseo descarado.
Enrique se acercó a la mesa y saludó a cada uno. Diana no le quitó la mirada ni un segundo. Se inclinó hacia él y lo saludó con dos besos en la mejilla. Enrique no la rechazó, pero se acercó a su oído y habló en voz baja, firme, peligrosa:
—Creo que, si quieres llevarte bien conmigo, espero que no se vuelva a repetir lo que pasó en mi casa.
Diana mantuvo la sonrisa, fingiendo ternura, pero sus ojos se endurecieron.
—Lo siento, primo… sabes que soy impulsiva —respondió—. Lo sé.
Pero Enrique ya se había alejado.
Y mientras la música seguía sonando y las luces iluminaban la pasarela, el collar de esmeraldas brillaba en el cuello de Victoria…
no solo como una joya,
sino como un símbolo silencioso de secretos, culpas y guerras familiares que apenas comenzaban a despertar.