Capitulo 54
Al llegar al lugar donde se realizaría el desfile, Victoria miró la cantidad de personas que ya había. Todas eran modelos. Buscó a su hermano con la mirada, pero no lo encontró. Luego vio a Mauricio, quien se acercó sonriéndole.
—Oh, querida, estás hermosa.
—Hace dos días me dijiste eso —respondió ella con una leve sonrisa.
—La verdad te hice venir temprano porque necesito que ensayes —dijo el hombre, entregándole unos zapatos blancos, demasiado altos para el gusto de Victoria.
Vivian, que estaba a su lado, intervino:
—Espero que los míos sean más bajos, cuñado, porque te juro que si me caigo la culpa será tuya.
Así se les fue la mañana, entre prácticas y risas.
—Creo que estos zapatos debieron dármelos hace una semana —se quejó Victoria.
Al mirar la hora, se dio cuenta de que el tiempo había pasado rápido. Ya eran las tres y media de la tarde. Desde que había tenido a sus hijos, era la primera vez que los dejaba tanto tiempo.
—José llegará más tarde, pero creo que ya es momento de que se vayan. En la noche nos vemos —dijo Mauricio, despidiéndose de cada una con dos besos en la mejilla.
De camino a casa, Victoria solo escuchaba las quejas de su hermana, agotada de caminar con esos zapatos. Al llegar, lo primero que hizo fue dirigirse a la cuna de los niños, pero ninguno estaba allí. Salió de prisa y le preguntó a la señora que le ayudaba en casa.
—Están con el señor, en el jardín.
—¿Enrique no fue a trabajar?
—No, señora. Se quedó cuidando a los niños.
—Cuando te pedí que cuidaras a los niños no era para que dejaras de ir a trabajar, sino mientras yo regresaba —dijo Victoria, acercándose a él con una sonrisa.
—Prometí que hoy estaría contigo y lo voy a cumplir. Soy un hombre de palabra… y me encanta cumplirla.
Victoria se sentó en sus piernas, sorprendiéndolo un poco. Tomó su rostro entre las manos, lo miró largo rato y, con voz delicada, le dijo:
—Te amo, Enrique.
—Vaya, hoy estás demasiado romántica… y eso me fascina. Quiero que sepas que yo también te amo.
—Estoy muy cansada —se quejó ella—. Nunca pensé que ser modelo fuera tan difícil. Odio los zapatos altos. Si no fuera porque es mi hermano, no iría… pero ya se lo prometí.
—Ve y descansa. Yo seguiré cuidando a los niños. Este día lo saqué solo para ti… y para ellos.
Victoria entró a la casa, se dio un largo baño y luego se acostó. Encendió la televisión y, sin darse cuenta, se quedó dormida.
Un susurro en su oído la despertó.
—Creo que si sigues durmiendo no vas a llegar al desfile de tu hermano y le quedarás mal.
Victoria se puso de pie de inmediato.
—¿Qué hora es?
—Las seis de la tarde.
—¿Por qué no me llamaste antes?
—El desfile comienza a las nueve. Tenemos tiempo.
Victoria se cambió con rapidez. Enrique la observaba de reojo y, al notar la lencería blanca que llevaba puesta, se acercó.
—Esta lencería te queda demasiado bien… ¿por qué no la había visto antes? —dijo, acariciando una de sus piernas, haciéndola erizarse por completo.
—Porque precisamente hoy me la acaban de regalar.
Él la giró con rapidez; su voz había cambiado.
—¿Estás celoso? —preguntó ella.
—¿Y cómo no estarlo? No me has dicho quién te regaló esa lencería.
—Tranquilo… fue mi cuñado. ¿Te gusta? —dijo con picardía.
Eso bastó para encenderlo. No supo en qué momento la cargó entre sus brazos y la llevó a la cama. La besó con pasión, recorriendo cada parte de su cuerpo, haciéndola vibrar entre sus brazos.
Enrique no fue delicado como otras veces. Fue rudo, intenso. Incluso Victoria se preguntó por qué esa rudeza la excitaba tanto. Él la amó a su manera, olvidando lo sutil, haciéndola perderse por completo entre sus brazos.
Al terminar, Victoria se levantó con rapidez.
—Si llego tarde, quiero que sepas que le diré a mi hermano que fue tu culpa.
Él sonrió.
Victoria se bañó lo más rápido que pudo. Al salir, se puso la misma lencería.
—Te compraré más así… te quedan perfectas —dijo Enrique.
Ella se puso un vestido color vino tinto, ajustado a su cuerpo, resaltando sus curvas. Enrique se quedó mirándola largo rato. Aquella mujer que en el pasado le había parecido distante ahora le parecía una obra de arte.
Vivian entró a la habitación con un vestido azul, perfectamente maquillada. Enrique la observó y entendió por qué su amigo estaba completamente embobado con ella: era dulce, hermosa y de buen corazón.
—Hermana, te están esperando para maquillarte.
Cuando terminaron, Victoria volvió a su recámara. Al mirarse en el espejo, el reflejo la sorprendió.
—Hoy mi mujer luce hermosa —dijo Enrique, abriendo una caja y sacando un collar de esmeraldas para colocárselo.
Victoria lo miró, impresionada.
—Creo que es mejor no llevarlo… debe valer muchísimo dinero.
—Vale mucho, sí… pero no más que tú —respondió él, besándola mientras terminaba de ponerle el collar.
Los aretes y la pulsera a juego gritaban lujo.
—Lo compré en una subasta para la mujer que volviera a erizar mi piel, que hiciera latir mi corazón con fuerza y me hiciera perder la cabeza… y esa mujer eres tú.