¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 53
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Capitulo 53

Cada uno se había concentrado en su plato, pero Fernanda permanecía inmóvil, con los cubiertos suspendidos en el aire. No había probado bocado. La señora Raquel la miraba de reojo, avergonzada por lo que acababa de hacer su hija. No lograba entender cómo una mujer de treinta y dos años seguía comportándose como una adolescente caprichosa.

La señora Marta, con una voz dulce y calmada, rompió el silencio.

—Hija, ¿no piensas cenar?

Fernanda levantó lentamente el rostro del plato y miró a la mujer. Esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Lo siento…

—No tienes que disculparte —intervino Gustavo con firmeza—. Creo que ya es momento de irnos.

El señor Antonio, por primera vez en la noche, miró a su hija con verdadera ira. Le molestaba esa forma prepotente que tenía de tratar a los demás, pero sobre todo, que no pareciera importarle el daño que causaba.

La señora Raquel abrazó a Fernanda con ternura.

—No prestes atención a lo que acaba de decir Diana. Sabes que es una mujer que yo eduqué mal… y en eso me siento culpable.

—Estoy bien —respondió Fernanda con tranquilidad—. No se preocupe, ya me he acostumbrado a la forma en que ella me trata.

El señor Antonio abrazó a su hijo Gustavo, pero este, con el ceño fruncido, le dijo:

—Quiero que hables con Diana. No sabía que trataba mal a mi esposa y es algo que no voy a permitir, así sea mi hermana.

De camino a casa, Gustavo miraba de reojo por el retrovisor a Fernanda. Estaba demasiado callada. Ella siempre había sido una mujer extrovertida, con una sonrisa constante en los labios. Le encantaba mirar la vida con optimismo, y solo con verla así le daba paz. Nunca se arrepentía de haberla elegido.

Al llegar a casa, Fernanda entró a la ducha y se dio un largo baño. Al salir, envuelta en una toalla, Gustavo la tomó con suavidad, la atrajo hacia él y comenzó a besarla con ternura y pasión. Luego la soltó despacio.

—¿Por qué no me habías contado que Diana te trataba de esa forma?

—Porque lo que menos quiero es que ustedes, como hermanos, entren en conflicto.

Gustavo la abrazó con fuerza. En ese instante entendió que estaba frente a una mujer que siempre le daría paz a su vida.

—Sabes que eres mi vida entera… —susurró—. Ahora dime, ¿qué era eso tan importante que querías decirme?

El rostro de Fernanda cambió. Recuperó su sonrisa habitual, sus ojos brillaron con más intensidad.

—¿Estás preparado para lo que te voy a decir?

—Siempre estoy preparado para lo que tú me digas.

—Gustavo… vas a ser padre.

El hombre se levantó de golpe del borde de la cama, la estrechó entre sus brazos y comenzó a girar con ella.

—¡Gustavo, bájame, me estás mareando!

Él la bajó con delicadeza. Con lágrimas en los ojos, le dijo:

—Gracias… gracias por darme lo más importante y lo que más he anhelado en mi vida.

A la mañana siguiente, Victoria abrió los ojos y vio a Enrique, como siempre, impecablemente vestido, con un traje que le quedaba a la perfección. Se quedó mirándolo largo rato. Él estaba de espaldas y, sin girarse, dijo:

—Creo que si me sigues mirando así, hoy llegaré tarde a mi reunión.

Ella sonrió.

—¿Sabes qué es lo que más me enamora de ti? —dijo con voz tierna—. Que viniste con muchos problemas… digamos que es un amor problemático.

Enrique se acercó, la besó con pasión y devoción.

—Entonces espero que este amor problemático no te aburra.

Luego se despidió de ella y, como siempre, de sus dos hijos, con dos besos en la mejilla.

Al salir de la casa, Andrés lo estaba esperando.

—Vaya… hoy te veo diferente. Nunca te había visto así.

—¿Así cómo? —preguntó Andrés.

—Feliz. Espero que hayas hecho un buen trabajo. Y por tu edad, no me dejes quedar mal —bromeó—. Sería terrible que esa chiquilla le cuente a su hermana que te quedaste dormido en plena noche romántica.

Andrés sonrió.

—No puedo creer que me creas un completo inútil por mi edad. Un hombre de cuarenta y dos años apenas está comenzando a vivir… es cuando somos más potentes.

—Vaya ego.

—Hablando en serio —continuó Andrés—, ¿por qué no desechas la idea de seguir persiguiendo a Luis?

—No lo haré. Ese hombre es un malnacido. Lo que les hace a los niños de esa fundación es terrible. Y quién lo diría… un empresario impecable, todo un cínico. ¿Sabes lo que hago con los violadores?

—Ese hombre tiene demasiado poder.

—No voy a cambiar de opinión.

Andrés lo miró con atención.

—Ahora entiendo por qué lo convertiste en tu socio… ahora entiendo por qué eres tan amable.

Al llegar a la empresa, Enrique lucía impecable, como siempre. Al entrar a la sala de juntas, todos se pusieron de pie.

—Buenos días, señor De la Torre.

Enrique se sentó en la silla principal. Conocía la vida de cada uno de los presentes sin que ellos lo supieran. Algunos historiales eran impecables; con ellos era un gusto hacer negocios. Otros, en cambio, escondían secretos oscuros que le desagradaban profundamente.

Luis Jiménez era un empresario reconocido. Su negocio de hotelería y turismo lo había hecho famoso, al igual que sus inversiones en bienes raíces. Un hombre exitoso… en apariencia.

Enrique observó al hombre de cuarenta y ocho años con detenimiento. Elegante, sereno… imposible creer que fuera un desalmado. Pero Enrique sabía la verdad.

Un psicópata, pensó.

—Hoy quiero dar la bienvenida a nuestro nuevo socio, el señor Jiménez —anunció—. Para mí es un placer hacer negocios con usted.

Luis sonrió, triunfante. Finalmente había logrado asociarse con uno de los hombres más poderosos del país.

El día pasó rápido. Victoria escuchaba a su hermana contar, entusiasmada, cómo había sido su noche romántica y cómo quería repetirla. Luego arregló el jardín y agradeció que Diana no se hubiera aparecido por su casa, ni tampoco la señora Marta. Se preguntó si esta última estaría molesta, pero cuando recordó su rostro, supo que no había enojo… ni siquiera cuando se dio cuenta de que la había golpeado.

Un mensaje llegó a su teléfono. Era un audio de su hermano José:

—Hola, Vicky. Espero que estés preparada para mañana. Sabes que debes estar aquí temprano.

Victoria respondió de inmediato. No se sentía preparada para enfrentar a tanta gente, pero se lo había prometido a una de las personas que más quería, a alguien que siempre había estado para ella.

Al día siguiente, Victoria no amaneció dormida como de costumbre. A las cinco de la mañana ya estaba de pie. Se acercó a la cuna de sus bebés, tomó una de sus manitos y la besó con ternura. Luego fue a la ducha y después a la habitación de su hermana.

—Levántate —le dijo—. Sabes que eres una de las modelos que estará en esa pasarela. Se lo prometí a José.

Vivian se levantó de inmediato.

Sin darse cuenta, ya eran las cinco de la mañana y cada una sostenía un té entre las manos para calmar los nervios. Victoria entró a la habitación, besó a Enrique y le dijo:

—Cuida a los niños. Hoy tengo que estar temprano en el desfile, me van a tomar medidas.

Él abrió los ojos, la atrajo hacia sí, la besó y respondió:

—No te preocupes… los cuidaré muy bien.