¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 52
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Capitulo 52

Mientras Diana se arreglaba en su habitación, ese día no estaba de genio. Su madre insistía en hacer cenas familiares a las que ella no quería asistir. Al llegar a la mesa, ahí estaban su hermano Gustavo, y a su lado, su flamante esposa, Fernanda; su abuela y su tío Franco. Diana se sentó de mala gana.

—Buenas noches —dijo, sin mirar a nadie.

—Te veo de mal genio —comentó su madre—. ¿Quieres contarnos por qué estás así?

Diana soltó una risa amarga.

—No entiendo por qué tengo que compartir mi vida con ustedes. Pero si lo quieres saber, la amante de mi primo Enrique me golpeó, madre. Aunque claro… eso a ti no te importa. Siempre has estado a favor de él.

—Pensé que te estabas llevando bien con Enrique —intervino alguien.

—Sí, con él. Pero no con la amante. Y por cierto, si no sabes quién es, te lo cuento: no es nada más ni nada menos que la mujer con la que se iba a casar mi tío Franco. Gorda y fea… y además, la hermana de mi cuñada.

El silencio se tensó en la mesa.

—Creo que todas esas mujeres son unas arribistas, unas cazafortunas —continuó Diana—. Aunque, claro, las entiendo. Dime tú, ¿quién no quiere salir de pobre? Vieron la oportunidad de vivir bien y la tomaron. Quizá las estoy juzgando mal… si yo hubiera vivido en la pobreza, también habría pensado en esa opción.

Fernanda permanecía callada, soportando los insultos de su cuñada. Pero Gustavo no.

—¿Por qué no cierras la boca? —dijo, levantándose—. No quiero que vuelvas a hablar de mi esposa de esa manera, y mucho menos de su hermana.

Diana lo miró con desdén.

—¿Te duele la verdad? Quizá más adelante te deje por un hombre más rico que tú… tal vez por el tío Franco. Les encanta cambiar de hombre, pero que sean de la misma familia.

Fernanda se levantó de inmediato.

—Estoy cansada de tus insultos, de tu menosprecio. Eres una mujer adulta y te comportas como una chiquilla de diecinueve años. Juzgas a mi hermana llamándola “señora”, ¿cuántos años crees que tienes tú? Hasta donde sé, tienes treinta y dos, no veinticinco.

La joven salió de la mesa. Gustavo fue tras ella.

—Lo siento, mi amor. No sabía que mi hermana te trataba así… hoy me di cuenta. ¿Por qué no me lo habías dicho?

—Porque lo último que quiero es generar conflictos en tu familia, Gustavo.

—Si quieres, nos podemos ir.

—Sería una grosería.

—Entonces… ¿quieres volver a la mesa?

Fernanda asintió.

—Quería compartir una noticia con todos, pero creo que es mejor compartirla contigo primero.

Le dio un suave beso y regresaron a la mesa.

—Vaya… ¿y ustedes no se iban? —ironizó Diana.

Gustavo la miró con frialdad.

—Si vuelves a hablar de esa manera de mi esposa, quizá tus tarjetas sean canceladas.

—¿Me estás amenazando? Te recuerdo que ese dinero es mío.

—Y yo te recuerdo, hermanita, que quien lo maneja… soy yo.

Melisa había llamado varias veces a Enrique, pero él no contestó. Decidió dejarle un mensaje:

“Nunca pensé que el hombre para el cual estuve ahí, al que sostuve la mano y amé incondicionalmente, fuera capaz de soltarme, olvidarse de quien estuvo en sus momentos más difíciles y darme la espalda.”

Enrique leyó el mensaje. La culpa lo atravesó. Decidió responder:

“Melisa, sabes que nunca te daré la espalda. Pero he decidido castigarte por lo que hiciste. Eso no quiere decir que no cuentes conmigo… mientras recapacites y entiendas que lo que hiciste estuvo muy mal.”

Ella respondió de inmediato:

—¿En serio, Enrique? ¿Me dices que lo que hice estuvo mal? ¿Se te olvida que me llevaste a un sótano, me ataste las manos, me castigaste y me amenazaste? ¿Olvidaste que una mujer enamorada es capaz de cualquier cosa, más aún cuando siente que está perdiendo al hombre que ama? Tú dices amar a esa mujer… ¿qué no harías por ella? ¿Cuántas locuras cometerías? Las mismas que yo haría por ti.

—Está bien —respondió él—. Si quieres hablar conmigo, mañana nos veremos.

Melisa sonrió y se miró al espejo.

—Vaya… realmente lo he estado haciendo todo mal. Enrique no es el hombre al que debo tratar mal, sino todo lo contrario. Tengo que ser la víctima. Así, cuando yo desaparezca, esa inútil será la persona que menos sospechen.

Rió suavemente.

—Quizá la primera persona en la que piensen sea Franco… pero no, no debo actuar impulsivamente.

Se felicitó a sí misma.

—Soy una genio.

Al salir del baño, Enrique decidió bloquear a Melisa. Vio a Victoria mirando televisión.

—¿Qué estás viendo? —preguntó con suavidad, sentándose a su lado.

—Una serie. Creo que no te gustaría.

—Nunca te he visto mirar televisión.

—Cuando era niño lo hacía.

—¿En serio? ¿Y qué mirabas?

—Me encantaba Superman. Sentía que ese era yo.

Victoria sonrió.

—¿El domingo irás conmigo al lanzamiento de mi hermano?

—Soy un hombre de palabra. Claro que sí estaré ahí.

—Espero que de aquí a entonces no tengas algo más importante que hacer.

—Solo falta un día.

—Lo sé —respondió él—. No te preocupes, estaré contigo.