¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 51
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Capitulo 51

La señora Marta se dirigió a la habitación para ver a los niños. Al llegar, los encontró profundamente dormidos. Con infinita ternura, acarició la mano de cada uno, con una delicadeza casi temerosa, como si pudiera romper ese instante tan frágil con solo respirar demasiado fuerte.

¿Quién podría creer que aquella mujer estuviera amando a los bisnietos del nieto al que nunca quiso realmente en su vida?

La vida, en algunas personas, daba giros inesperados. En la mirada de la señora ya no había odio, sino amor… y de eso Victoria se había dado cuenta desde hacía tiempo.

Al salir de la habitación, encontró a Diana y a Franco sentados en la sala. Ambos sonreían, pero aquella sonrisa tenía algo incómodo, forzado.

—¿Qué desean tomar? —preguntó Victoria.

—Un café —respondió Franco.

—Un té —añadió Diana, sin apartar la mirada.

Victoria se dirigió a la cocina y dio el pedido. Mientras el café y el té eran servidos, mil pensamientos cruzaron su mente. El primero y más insistente: que Enrique no llegara en ese momento. Conocía demasiado bien la rivalidad silenciosa que existía entre esos dos hombres.

La vida era irónica.

¿Quién podría creer que la mujer que un día estuvo a punto de casarse con el tío Franco —a quien él dejó quizá por cobardía, por inmadurez o simplemente por no saber enfrentar la situación— estuviera ahora sentada frente a él?

Y aun amándola, no podía tomarla de la mano, porque ella había encontrado el amor en alguien impensable: su sobrino.

Decirlo sonaba romántico… pero al profundizar, era imposible no notar la falta de ética que envolvía aquella historia.

—Diana, ¿por qué no cierras la boca? —dijo Franco con dureza—. Nadie te ha pedido tu opinión.

—Lo siento, querido tío —respondió ella con falsa inocencia—. Solo intentaba recordar tu pasado… ese que cargas desde hace tanto tiempo. ¿O no fue por eso que te divorciaste?

Vivian había observado en silencio. De pronto, fijó la mirada en Diana y, con voz pausada pero firme, habló:

—Lo que yo me pregunto es por qué ahora vienes todos los días a visitar a tu primo si él ni siquiera está en casa. ¿Por qué no vas a escupir tu veneno a otro lado? Que estés enamorada de tu primo no te da derecho a fastidiar la vida de la mujer que él eligió amar.

Diana olvidó por completo los modales que tanto presumía. Se levantó bruscamente, dejando la taza sobre la mesa.

—¿Y tú quién eres para hablarme así? No eres más que una mugrosa campesina.

Victoria reaccionó sin pensarlo. Al escuchar cómo hablaban de su hermana, levantó la mano y le dio una bofetada que resonó en toda la sala.

—Ni se te ocurra volver a hablar así de mi hermana. Ahora te pido, amablemente, que te vayas de mi casa.

—¿Tu casa? —se burló Diana—. Eres poco más que la amante de mi primo Enrique, una mujerzuela sin vergüenza a la que no le importa que él esté casado.

Franco se levantó de inmediato y sacó a Diana de la casa.

—¡Eres una reverenda estúpida! —le gritó—. ¿Cómo se te ocurre actuar así? Si Enrique se entera, no creas que te va a defender. Todo iba perfecto y tú lo arruinaste. Perdiste tu oportunidad. Estoy rodeado de impulsivas… primero Melissa y ahora tú.

—Lo siento —dijo la señora Marta con cansancio—. Esta niña siempre fue malcriada, queriendo llamar la atención. Y en parte yo soy culpable. Se casó, se divorció… decía estar enamorada, pero todo era un capricho.

—No me arrepiento —respondió Victoria—. A mí me pueden hacer cualquier cosa, pero no permito que toquen a los míos.

El día continuó con una calma tensa. Mientras tanto, Vivian se probaba vestidos frente al espejo.

—¿Qué te parece este?

—Es precioso —respondió Victoria—. Nunca imaginé que comprarías una lencería tan sensual. Ese hombre va a quedar encantado.

El vestido blanco la hacía lucir radiante, incluso más joven. Vivian estaba nerviosa por el gran paso que iba a dar. Victoria le dio un beso en la frente y se despidió.

Andrés la miró de arriba abajo. Su corazón latía más rápido de lo normal. Bajó del auto y le entregó un ramo de rosas blancas.

—Las compré para ti, porque eres lo más bonito que me ha regalado la vida.

Ella sonrió con timidez y le dio un beso suave.

—Tengo una sorpresa para ti.

—¿En serio? ¿Cocinarás para mí con velas y luego me harás el amor? —preguntó ella con picardía.

Él sonrió. Aquella frase lo había desarmado por completo.

—Estoy dispuesta a entregarme a ti hoy —dijo ella con voz firme.

Andrés detuvo el auto.

—Es hermoso lo que dices, pero no quiero que te sientas obligada. Estoy dispuesto a esperarte.

La besó con una pasión contenida, distinta, más intensa. Sus manos recorrieron su piel con delicadeza y deseo.

—Me vuelves loco —susurró él.

—Lo sé —respondió ella con un gemido suave.

Llegaron a una casa imponente.

—¿Esta es tu casa?

—Ahora también es la tuya —respondió él—. Porque tú serás mi esposa.

La llevó a la terraza, decorada con flores y música romántica.

—Gracias —dijo ella emocionada—. Nunca nadie había hecho tanto por mí.

Cenaron, rieron, bailaron. Él la sostuvo entre sus brazos y la miró largo rato.

—Ahora que entraste en mi vida, no permitiré que salgas de ella.

—Te amo, Andrés.

La cargó hasta la habitación. Cada caricia era una promesa, cada beso una rendición. Al ver la lencería, quedó hechizado.

—Quiero que lo disfrutes —susurró—. Dime cuándo estés lista.

—Lo estoy…

Mientras tanto, Enrique llegó a casa buscando a Victoria. La encontró sentada en el jardín, envuelta en el silencio.

—Te puedes enfermar —le dijo con voz suave—. ¿Qué pasó?

—Hoy le di una cachetada a tu prima.

Él la observó unos segundos antes de abrazarla. No fue un abrazo cálido, sino firme, casi controlador.

—No debes sentirte culpable —dijo—. Hay personas que solo entienden cuando se les pone un límite.

Más tarde, un mensaje llegó al celular de Victoria:

“No conoces nada a Enrique. Muy pronto sabrás quién es realmente.”

Victoria levantó la mirada. Enrique estaba de espaldas, secándose el cabello.

—¿Todo bien? —preguntó él sin volverse.

—Sí… solo publicidad —mintió ella.

—La gente miente cuando tiene miedo —respondió él con calma—. Mientras no me ocultes cosas importantes, todo estará bien.

Victoria sintió un escalofrío.

Cuando ella creyó que dormía, Enrique tomó su celular y revisó los mensajes bloqueados. Uno llamó su atención: Melissa.

—Nunca sabes cuándo alguien puede volverse un problema —murmuró.

Escribió un mensaje corto, frío, calculado. Luego apagó el teléfono y volvió a la cama. La abrazó por detrás.

—Duerme —susurró—. Yo me encargo de todo.

En la oscuridad, sonrió.

La noche avanzaba…

y el verdadero suspenso apenas comenzaba.