¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 50
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Capitulo 50

La casa quedó en silencio. Un silencio espeso, cargado de palabras no dichas y miradas que aún ardían en el aire. Victoria se apoyó en la encimera de la cocina y cerró los ojos. Sentía el cuerpo tenso, pero la mente aún más. Diana había sembrado la duda con precisión quirúrgica. No había gritado, no había insultado; había atacado donde más dolía.

¿Y si tenía razón?

La pregunta la incomodó más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Subió las escaleras lentamente. Los niños dormían. Los observó unos segundos, como si en ellos buscara una respuesta. Enrique decía amarla, pero Enrique también sabía jugar… y jugar bien.

En la empresa, Enrique permanecía de pie frente al ventanal. La ciudad se extendía ante él como un tablero de ajedrez. Franco había tocado un punto sensible; no por el secreto en sí, sino por la amenaza implícita. Nadie debía acercarse a Victoria. Nadie.

—No subestimes a Franco —le advirtió Andrés—. Cuando sonríe es porque ya decidió atacar.

—Que lo intente —respondió Enrique sin girarse—. Comete un error si cree que puede tocar lo que es mío.

—¿“Tuyo”? —Andrés lo miró con atención—. ¿Eso es amor… o posesión?

Enrique apretó la mandíbula. No respondió.

Esa noche, Melissa no pudo dormir. La copa de vino seguía intacta sobre la mesa. Había pagado por respuestas y solo había recibido más preguntas. Recordó detalles que antes había ignorado: ausencias, silencios, llamadas cortadas. Su esposo no solo tenía una segunda vida… tenía una que ella no controlaba.

Y eso la enfurecía.

—Si no puedo entrar por la fuerza —murmuró—, entraré por la mente.

Tomó su teléfono y escribió un mensaje que no envió. Sonrió con amargura. Aún no. Primero necesitaba estar segura.

Victoria sintió la llegada de Enrique antes de verlo. Siempre era así. No hizo falta que hablara; su presencia alteraba el ambiente. Él se acercó, la rodeó con los brazos, pero esta vez ella no se entregó del todo.

—Estás distante —dijo él en voz baja.

—Estoy pensando.

—Eso suele ser peligroso.

Victoria lo miró de frente.

—Diana me dijo que estás conmigo por los niños.

La expresión de Enrique no cambió… pero algo se tensó en su mirada.

—¿Eso crees tú?

—Te pregunto a ti.

Él se inclinó apenas, lo suficiente para invadir su espacio sin tocarla.

—Si estuviera contigo solo por los niños, no te miraría así —susurró—. No me arriesgaría por ti. No enfrentaría a Franco por ti.

—No todo riesgo es amor —respondió ella, firme—. A veces es ego.

El silencio entre ambos fue denso. Peligroso.

Enrique retrocedió un paso. Sonrió, pero no era la sonrisa arrogante de siempre.

—Entonces duda —dijo—. Observa. Juzga. Pero no olvides algo, Victoria: cuando amo, no comparto… y cuando protejo, destruyo.

Aún Enrique la seguía sosteniendo con firmeza, mirándola fijamente, tratando de convencerla de que lo que sentía por ella era sincero.

Ella no se apartó; todo lo contrario: apoyó su cabeza en el pecho del hombre. Sintió cómo palpitaba su corazón y eso la relajó. Su perfume y la forma en que la tenía estrechada entre sus brazos la hacían sentir segura y, al mismo tiempo, insegura.

Él la soltó.

—Necesito un baño.

Al darse la vuelta, ella se quedó sentada en la cama, perdida en sus pensamientos. Se preguntó cómo estarían los animales de su pequeña finca. Extrañaba aquel lugar: las mañanas, el aroma a café, la gente, su vida. No era tan complicada antes de conocer a Enrique; era tranquila, casi siempre igual.

El hombre salió del baño envuelto en una toalla. Al verla tan distraída, con voz profunda preguntó:

—¿En qué piensas, Victoria?

La mujer ni siquiera lo había escuchado. Él se acercó, acarició su cabello y le dio un beso suave. Luego, cerca de su oído, con voz sutil y seductora, insistió:

—¿En qué estás pensando?

Ella levantó la mirada.

—No estoy pensando en ti… aunque la mayoría de las veces lo hago. Estoy pensando en mi finca. Extraño ese lugar tranquilo, el olor a café, su gente, la cascada… Todo eso lo extraño. La verdad es que quiero volver.

Enrique sostuvo el mentón de la mujer y la observó un largo rato.

—Ese lugar es hermoso —dijo con voz serena—. Es ahí donde pienso criar a mis hijos. Solo nosotros, formando una hermosa familia, despertando sin preocupaciones… y sin secretos.

Luego depositó un beso suave en sus labios. Ella lo respondió con pasión, haciendo que el hombre perdiera el control. No supo en qué momento había dejado caer la toalla, quedando desnudo frente a ella. Entre besos y caricias, hicieron el amor. Él se dio cuenta de que, cuando estaba con ella, todo era diferente; se sentía en casa, y era algo que no quería soltar.

Al día siguiente, el primero en levantarse fue él. La acarició con ternura, luego fue hasta la cuna de los niños y depositó un beso suave en cada uno. Se metió a la ducha, salió rápido y se vistió con prisa. Ese día tenía demasiado trabajo: reuniones, negocios por cerrar. Cuando se trataba de negocios, Enrique era puntual; amaba la perfección.

Victoria abrió los ojos cuando él ya salía de la habitación.

—¿Ya desayunaste? Debiste despertarme. Sabes que no debes irte sin desayunar.

—No te preocupes —dijo él acercándose—. Prometo hacerlo.

—Quería decirte algo —añadió ella—. Mi hermano va a lanzar su nueva colección el domingo. Me eligió como una de las modelos porque salí en la portada de su nueva línea.

—¿Me estás pidiendo permiso? —preguntó él con una sonrisa.

—No. Te estoy avisando que iré… y quizá trabaje con él.

—Lo del trabajo, olvídalo. Lo del desfile, si es lo que deseas, está bien. Ese día estaré contigo.

Después de un rato, Vivian y Victoria estaban sentadas en la cocina, cada una con una taza de té. Vivian, con voz tierna y nerviosa, dijo:

—Tengo que contarte algo.

Victoria apoyó la taza con suavidad y la miró.

—Dime, ¿qué quieres decirme?

Ella sonrió nerviosa.

—Estoy preparada para entregarme a Andrés. Me ha respetado, me ha tratado con delicadeza, pero ya quiero estar con él. Te lo cuento a ti porque siento que debo hacerlo. Siempre has cuidado de mí; me has tratado como hermana y me has amado como una madre. He aprendido que la sangre no es lo que une a las personas… es el amor.

Victoria se quedó sin palabras. Luego sonrió.

—Si eso es lo que has decidido, sabes que siempre te apoyaré. Espero que lo disfrutes y que sea algo inolvidable.

La abrazó con ternura.

—Sabes, Vicky —continuó Vivian—, no me gusta que Diana quiera estar cerca de Enrique… y mucho menos de los niños.

—A mí tampoco —respondió Victoria—. No es una persona en la que confíe, pero tampoco puedo negarle estar cerca de ellos. Es su prima, y Enrique siempre se ha llevado mal con ella. Ahora intentan llevarse mejor… aunque esa mujer está perdida, enamorada de su primo. Ayer me lo confesó.

—Pero no solo lo hago por ella —dijo Victoria—. También por la señora Raquel. Cuando murió mi madre, fue la única que me dio consejo. La señora Marta, aunque ahora parezca dulce, antes era despiadada y arrogante. Sin embargo, ha cambiado… ahora luce más humana.

Mientras conversaban, el hombre que cuidaba la casa avisó que la señora Marta había llegado. Victoria pidió que la hicieran pasar, pero se sorprendió al ver a Franco y, junto a él, a Diana.

Vivian, en voz baja, murmuró:

—¿Acaso esa mujer no tiene casa? ¿Ahora va a instalarse aquí?

Franco saludó con tranquilidad.

—Hola, Vicky —dijo—. ¿Cómo estás? Te ves hermosa. He venido a traer a mi madre.

Era una excusa bien formada. Victoria sonrió.

—No tienes que darme explicaciones, Franco. Sabes que siempre serás bienvenido. Como te dije, no puedo decir que te amo, pero sí puedo brindarte mi amistad. Lo nuestro quedó en el pasado.