Capitulo 49
,Enrique no había soltado su mano; seguía sosteniéndola y, sin quererlo, solo ese gesto hacía que todo en Victoria se revolviera. Sentía nervios, el corazón le latía más rápido, deseo… Él lo había notado. La trajo con sutileza hacia sí, la miró fijamente, tomó un mechón de su cabello y lo acomodó detrás de su oreja. Luego acercó sus labios y la besó suavemente en el cuello.
La mujer sintió una descarga de adrenalina. Se alejó un poco, volvió y preguntó:
—¿A qué estás jugando, Enrique? No me digas que ahora estás intentando seducirme porque quieres tener sexo.
—¿En serio crees que yo, en este momento, estoy buscando eso? —dijo, atrayéndola nuevamente hacia él. Pero esta vez fue más lejos: sostuvo el glúteo de la mujer con fuerza—. ¿Ves cómo ya estás toda para mí? Victoria, me perteneces. Y si quiero hacer el amor, lo haré. Te deseo como nunca antes he deseado a una mujer.
Sin dejarle responder, estampó sus labios sobre los de ella y comenzó a besarla apasionadamente.
Diana, desde donde estaba, se levantó con la excusa de ir al baño. La señora Marta llevaba rato observando el comportamiento de su nieta, preguntándose por qué, de repente, había cambiado tanto con Enrique. Sin embargo, decidió no juzgarla: en el pasado había sido igual que ella, y ¿por qué no creer que su nieta también podía cambiar?
Con la misma excusa de ir al baño, Marta caminó por la inmensa casa. Al pasar frente a la puerta abierta y ver cómo Enrique besaba a Victoria, sintió celos… deseo… y, por un momento, imaginó que ese beso se lo daban a ella.
Se alejó rápidamente para que nadie notara su presencia y regresó a la sala.
—Vaya —dijo la abuela—. Tú sí que haces tus necesidades rápido.
La mujer no respondió. Cruzó las piernas con delicadeza; su mente seguía perdida en lo que había visto. Aquel deseo reprimido por tantos años ahora se estaba convirtiendo en una obsesión. Cerró los ojos e imaginó las manos de Enrique, ese cuerpo perfecto, esos labios, esa mirada… Y sin darse cuenta, estaba demasiado excitada. Pero, a diferencia del pasado, no se frustró. No sintió rabia. Tampoco miedo. Al contrario: le gustó… porque por fin se estaba dejando fluir.
Victoria no había terminado de reaccionar a esas caricias tan sutiles y, a la vez, tan intensas que Enrique le estaba dando. El hombre introdujo su mano en la intimidad de la mujer; sintió la cicatriz en su abdomen, sonrió y murmuró:
—¿Ves cómo estás? Si quisiera, en este mismo instante te tomaría… tu cuerpo habla por ti.
La soltó con suavidad, le dio un beso en la frente y se dirigió al baño, arrepintiéndose de no haberle hecho el amor. Sabía que tendría que bajar su erección con agua fría… pero también sabía que ella había quedado más caliente que él.
Cuando Victoria reaccionó, se dio cuenta de que ahí estaba de nuevo el Enrique arrogante. Y sonrió, porque, aunque no lo admitiera, le causaba gracia.
El hombre salió de la ducha envuelto en una toalla. Ella fingió no verlo, aunque deseaba tocar esas gotas de agua que resbalaban por su pecho. Mordió su labio. Enrique dejó caer la toalla adrede y se acercó.
—Puedes mirarme —le dijo, sonriendo—. Soy todo tuyo.
—Vístete, Enrique. ¿No te da vergüenza? ¿No ves que están los niños?
—Los niños son demasiado pequeños para darse cuenta —respondió acercándose aún más—. Pero si eso quieres… está bien.
Entró al armario y salió con un traje negro hecho a su medida. Le quedaba perfecto.
Se acercó, le dio un beso y dijo:
—Voy a la empresa.
Al salir a la sala, su abuela y su prima aún estaban allí. Diana lo observó sin disimulo; ya se había dado cuenta de que disfrutaba hacerlo. Se levantó, le dio dos besos en la mejilla.
—Diana me tiene sorprendido —dijo él, sonriendo—. Espero que no me ataques por la espalda.
Su abuela también se levantó y le dio dos besos. Él salió. Andrés lo esperaba.
—Enrique, necesito que esta semana me la des libre —dijo Andrés mientras conducía—. Quiero preparar una cena romántica para la mujer que amo.
—Pensé que eras frío.
—Siempre fui amoroso. El frío eras tú.
—No digas que soy como tu padre —rió Enrique—. Dime que soy tu hermano.
—Está bien. Desde hoy eres mi hermano.
En la empresa, todos lo saludaron con respeto. Su secretaria le avisó que alguien lo esperaba: su tío Franco.
—Vaya, vaya… —dijo Enrique—. ¿Qué hace el señor Franco de la Torre en mi empresa?
Franco sonrió.
—Nunca imaginé que ese chiquillo blandengue llegaría tan lejos.
Hablaron. Se tensaron. El veneno se desbordó.
Franco insinuó el secreto de Enrique, su lugar oculto, su lado oscuro. Enrique no negó nada: lo miró fijamente y dejó claro que, por Victoria, sería capaz de cualquier cosa.
Y Franco también.
Después de que Enrique se fue, la señora Marta se despidió de Victoria y de los niños. Diana, con la excusa de ayudar, se quedó.
—Nunca imaginé que mi primo estuviera con una mujer como tú —dijo suavemente—. No porque seas fea… sino porque él siempre fue vanidoso. Le gustaban mujeres como Melissa. Y para ser sincera… creo que está contigo por los niños.
Cada palabra hería a Victoria, pero se mantuvo serena.
—En tus ojos veo algo más que amor de prima —respondió—. Veo deseo. Pero es imposible. Para él solo eres eso: una prima.
Diana sonrió, aunque le dolió.
—Lo amo hace mucho… Y quizá sea yo quien te lo quite. Al fin y al cabo… eres la amante.
Victoria se levantó.
—Estoy ocupada.
Diana salió, temiendo que Victoria se lo contara a Enrique… pero lista para decir la verdad.
Melissa, con las piernas cruzadas y una copa de vino, lo dijo sin rodeos al hombre frente a ella:
—No veo resultados. Voy a contratar a otro.
—El trabajo es difícil —respondió él—. La mujer está muy custodiada. Y su esposo… es peligroso. Si él se entera, no encontrarían mi cuerpo.
Pidió más dinero. Se fue.
Melissa quedó frustrada, enfrentando por fin la verdad: su esposo tenía una segunda vida. Una vida oscura. Horrible. Y aun así, algo en ella sentía curiosidad… y miedo.