Capitulo 48
iEnrique cambió el tema con naturalidad, pero dentro de él algo no estaba tranquilo. Había aprendido a escuchar su intuición, y esa sensación extraña que le provocaba Diana no era gratuita. Fingió una sonrisa y se dirigió hacia la cocina, mientras Victoria lo observaba desde la sala.
La mujer sintió un leve escalofrío. No sabía si era miedo… o simplemente un presentimiento.
Diana siguió con la mirada a Enrique mientras se alejaba. La forma en que caminaba, segura y relajada, la enfurecía y la fascinaba al mismo tiempo. En su mente, la imagen de Victoria se convirtió en un obstáculo que debía desaparecer.
Si ella no existiera, todo sería más fácil, pensó, ocultando una sonrisa tras su taza de té.
—¿Te sientes bien? —preguntó Marta, notando ese brillo extraño en los ojos de su nieta.
—Perfectamente —respondió Diana—. Solo estoy feliz de ver a la familia unida.
Mentira.
Por dentro estaba planeando algo que cambiaría todo.
Victoria entró nuevamente en la habitación para mirar a sus hijos. Se inclinó sobre ellos y les acarició las mejillas con ternura. Le parecían tan frágiles… y al mismo tiempo eran su mayor fortaleza.
—No voy a permitir que nada les pase —susurró.
No notó que Enrique estaba apoyado en el marco de la puerta, escuchando.
—Yo tampoco —dijo él con voz firme.
Ella se giró, sorprendida. Hubo un segundo de silencio entre los dos. No era el mismo hombre frío de antes; había algo más profundo en su mirada.
—Victoria… —comenzó a decir, pero se detuvo. No quería apresurar nada. Ni herirla de nuevo.
Ella solo asintió, como si entendiera algo que él no se atrevía a explicar.
Melissa, mientras tanto, no había dormido. Sentada en el borde de su cama, observaba el amanecer por la ventana. Sentía rabia… pero también una calma peligrosa.
Victoria no tenía idea de la tormenta que se acercaba.
En la sala, Diana decidió actuar.
—Victoria, ¿podría ayudarte con algo más tarde? Me encantaría pasar tiempo con los niños —dijo dulcemente.
Victoria dudó un segundo. No sabía por qué, pero algo dentro de ella le gritaba que tuviera cuidado. Sin embargo, no quería parecer grosera.
—Claro —respondió con una sonrisa suave—. Me ayudaría mucho.
Diana bajó la mirada para ocultar su satisfacción.
En ese momento, Enrique regresó y la observó de reojo.
La sonrisa de su prima era… demasiado perfecta.
Y él sabía por experiencia que las sonrisas perfectas siempre ocultaban algo.
En algún lugar de la ciudad, Franco encendía un cigarrillo, mirando fijamente el horizonte.
—Todo se está descontrolando… —susurró.
Un nombre se repetía en su mente:
Victoria.
Y otro, como una amenaza silenciosa:
Melissa.
Sabía que tarde o temprano, sus caminos iban a chocar.
Y cuando eso ocurriera, alguien saldría lastimado.
Enrique permaneció unos segundos en silencio, observando cómo Victoria acomodaba las sábanas de los bebés con una delicadeza que lo desarmaba. Era increíble pensar que aquella mujer, a quien había lastimado tantas veces, seguía siendo capaz de amar de esa manera.
—Victoria… —repitió, con voz baja.
Ella levantó la mirada. No había enojo en sus ojos, pero tampoco total confianza. Había aprendido a protegerse.
—Dime.
El hombre respiró hondo. Nunca le había costado tanto encontrar palabras. Con todos los demás, siempre sabía qué decir… pero con ella, sentía miedo de equivocarse.
—Sé que no tengo derecho a pedirte nada —empezó—. Pero quiero intentar hacer las cosas bien esta vez.
Ella lo escuchó sin interrumpirlo.
—No quiero que pienses que estoy aquí solo por los niños. Estoy aquí porque… —hizo una pausa, tragando saliva— porque cuando no estás, siento que todo se me derrumba.
Victoria sintió un nudo en la garganta. Parte de ella quería creerle. Otra parte levantaba murallas.
—Las palabras son bonitas, Enrique —respondió con calma—. El problema es que, cuando vienen de ti, siempre terminan lastimando.
El comentario fue como un golpe directo al pecho. Él bajó la mirada.
—Lo sé —murmuró—. Y créeme… también me duele.
Ella frunció el ceño.
—¿Te duele qué? ¿Que alguien finalmente te diga que no?
No fue un reproche gritándolo… fue peor. Fue una verdad dicha con serenidad.
Él cerró los ojos por un momento.
—Me duele perderte —confesó—. Me duele pensar que, aunque esté a tu lado, ya no estoy en tu corazón.
Hubo un silencio pesado.
Victoria retrocedió un poco, como si esas palabras la hubieran empujado.
—No digas eso —susurró—. Porque sabes que sí estás… y ese es el problema.
Sus ojos brillaron con lágrimas contenidas.
—Yo te amé con todo lo que era, Enrique. Y tú jugaste con eso.
Él levantó la cabeza rápidamente, acercándose un poco, pero con cuidado, como si temiera espantarla.
—No fue un juego.
—Entonces fue peor —respondió ella—. Porque lo hiciste consciente. Sabías que ibas a lastimarme… y aun así lo hiciste.
El hombre sintió una mezcla de vergüenza y dolor. Por primera vez, se vio a sí mismo a través de los ojos de ella… y no le gustó lo que vio.
—No quiero que vuelvas a llorar por mí —dijo con voz firme—. Si tengo que ganarme tu confianza desde cero, lo haré. Si tengo que esperar años, esperaré.
Victoria lo miró fijamente. No sabía si creerle. No sabía si era real… o solo otra promesa que terminaría rota.
Pero había algo diferente en él.
No era el hombre arrogante, seguro de sí mismo, incapaz de aceptar errores. Este Enrique estaba vulnerable.
Y esa vulnerabilidad la confundía.
—No quiero promesas —dijo finalmente—. Solo hechos.
Él asintió, aceptando el reto.
—Entonces deja que te lo demuestre.
Sin pedir permiso, tomó con suavidad su mano. No como antes… no con posesión. Sino con respeto.
Victoria sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. No la apretó. No intentó besarla. Solo permaneció allí, en silencio, sosteniéndola.
Por primera vez, ella no se sintió obligada.
Se sintió… elegida.
Y también aterrorizada.
Porque sabía que si volvía a caer, esta vez no habría regreso.
Desde el pasillo, alguien observaba la escena.
La mirada de Diana se endureció. Cada gesto, cada palabra, cada contacto entre ellos alimentaba su rabia.
—No va a ser tan fácil —susurró para sí misma.
Y en otra parte de la ciudad, Melissa sonreía frente al teléfono al recibir un mensaje:
El amor de Victoria no solo estaba siendo puesto a prueba…
Estaba en peligro.