¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 47
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Capitulo 47

Franco analizaba detenidamente a Melissa. Luego, con una voz profunda y demandante, le dijo:

—Ya te dije que ni se te ocurra ponerle un dedo encima a ella.

La mujer lo quedó observando por un largo rato, preguntándose si ese hombre era imbécil. ¿Acaso no se daba cuenta de que esa mujer ya no sentía absolutamente nada por él, y aun así quería seguir protegiéndola?

—Está bien. Si es lo que quieres, no le tocaré ni un pelo a esa mujer. Aunque, si te soy sincera, no sabes todo lo que quiero hacerle. Pero, para que estés tranquilo, no le haré absolutamente nada.

Aunque la frase sonó tranquila, el hombre sabía que lo que ella estaba diciendo no era así. Melissa era de esas mujeres que, cuando algo se le metía en la mente, no había poder humano que se lo sacara. Sabía que, tarde o temprano, le haría algo a Victoria.

Al arrancar el auto, ninguno de los dos dijo nada, pues cada uno llevaba sus propios pensamientos. Mientras Melissa pensaba cómo eliminar a Victoria, Franco hacía exactamente lo mismo con Enrique. El hombre se preguntaba cómo sacarlo de la vida de la mujer que amaba, esa que por cobardía había dejado en el pasado. No sabía si era obsesión o simplemente el hecho de no tenerla, pero estaba seguro de que, tarde o temprano, esa mujer sería suya. Pretendía volver al pasado y corregirlo, cosa que ya no se podía hacer.

Al llegar a su casa, se dio cuenta de que no estaba la misma mujer a la que siempre le gritaba por un café, un té o simplemente porque quería descargar su vida. Estaba completamente sola, y aun así no se sintió devastada. Lo miró como una oportunidad para pensar con claridad y analizar. Subió a su recámara, tomó su peine —como hacía siempre— y peinó su larga cabellera. Se quedó viéndose un largo rato en el espejo y sonrió, porque ni ella misma podía creer que el hombre por el cual había luchado tanto no estuviera a su lado. Pero en su vocabulario no estaba la palabra “perder”, y aun habiendo conocido el lado más peligroso de Enrique, no tenía miedo; al contrario, sentía adrenalina.

Llamó a su amiga Dayana, pero la mujer no le contestó. Se preguntaba si estaba huyendo de ella. Así que su segunda opción fue Diana, pero ella tampoco respondió. Dejó de insistir y llamó a Arturo Pérez. El hombre rápidamente contestó la llamada. Al otro lado de la línea, escuchó una voz seductora. A pesar de que no le causaba nada, ella dijo con voz firme:

—Hoy quiero pasar la noche contigo.

Le envió la ubicación de dónde quería verlo.

Cuando el hombre llegó al sitio, estaba sorprendido: no podía creer que estaba pisando la casa de Enrique de la Torre. Levantó una ceja y, con una voz irónica, dijo:

—No entiendo qué pretendes. Ahora dime por qué me estás citando en tu casa.

La mujer, mientras sostenía una copa de champaña, respondió:

—No quiero que preguntes. Simplemente quiero que me hagas olvidar.

El hombre la quedó mirando de arriba abajo, y ese deseo que siempre había sentido por ella aumentó. Se acercó y comenzó a besarla apasionadamente. Siempre había deseado tenerla entre sus brazos.

Mientras hacían el amor, el hombre se esforzaba para que en ella quedara algo inolvidable, pero no fue así. Mientras él se entregaba por completo, ella solo pensaba en Enrique. Se dio cuenta de que Arturo era un títere más, un hombre que solamente quería satisfacerla. Enrique siempre había sido lo imposible, aquello por lo que se había esforzado tanto, y era justamente lo que le causaba tanta excitación y obsesión: porque, a pesar de todo, nunca había podido dominarlo.

Mientras el hombre estaba ilusionado por fin haberla tenido, ella se sentía insatisfecha. La mujer se levantó de la cama y se quedó mirándose en el espejo. Peinó su cabello para relajarse y luego se giró. Observó al hombre, dándose cuenta de que, a pesar de ser muy apuesto y tener un cuerpo trabajado, no le causaba nada. Con una voz de mando dijo:

—Quiero que te vayas de mi casa ahora mismo.

El hombre no lo podía creer. Parpadeó varias veces, como para asegurarse de que había escuchado bien. Pero se dio cuenta de que ella hablaba en serio. Se vistió rápidamente y salió de la casa, sintiendo desilusión, pero al mismo tiempo cierta satisfacción por, al fin, haber estado con ella. Qué cara pondría el imbécil de Enrique al enterarse de esto, pensó con una sonrisa de lado.

Al día siguiente, la primera en levantarse fue Victoria. Al mirar a Enrique acostado a su lado, se preguntaba en qué momento él se había acostado allí. El hombre lucía tranquilo. Ella se quedó observándolo por un rato, mientras miraba a sus dos pequeños, tan similares a él. Luego se levantó de la cama y salió de la habitación.

Al llegar a la cocina, estaba su hermana Vivian, quien le sonreía con ternura.

—Te he preparado el desayuno, para que mires que soy una excelente hermana. ¿Cierto, señora Susana, que lo he preparado yo? —dijo la chica, guiñándole un ojo a la mujer, quien también sonreía.

—Te lo agradezco. Esto se mira delicioso —respondió Victoria, llevándose una cucharada a la boca.

El hombre que vigilaba la casa anunció que la señora Marta había llegado. Victoria, con el vaso de té en la mano, caminó hacia la sala. Al verla entrar, la abrazó con ternura, sin darse cuenta de que Diana venía detrás. Diana la quedó mirando de arriba abajo, juzgándola. ¿En serio? ¿Esa era la mujer por la cual Enrique había cambiado a la inútil de Melissa? Vaya… no tenía nada por lo cual sentir envidia.

La mujer reprimió su arrogancia y sonrió tiernamente. Saludó a Victoria con naturalidad. Ella respondió el saludo e invitó a ambas a sentarse. Entre más observaba a la mujer, más se daba cuenta de que, aunque no la conocía, había algo en ella que no le agradaba. Pero la señora Marta había sido tan amable, que decidió ignorar ese presentimiento.

—Me encantaría ver a los niños. Dicen que son preciosos y que se parecen a su padre. Eso dice mi hermano Gustavo, ¿es cierto?

Cuando hablaba de Enrique, lo hacía con tanta emoción que, si no fuera su prima, cualquiera pensaría que estaba enamorada de él.

—En este momento están durmiendo, pero creo que dentro de un rato estarán despiertos, para que puedas conocerlos —respondió Victoria.

Al terminar de decir la frase, la voz de Enrique se escuchó en la sala:

—Buenos días.

Su abuela le contestó con una inmensa sonrisa. Había logrado, al fin, lo que tanto anhelaba: llevarse bien con el nieto al que antes había menospreciado.

Diana se levantó y saludó a Enrique con dos besos en la mejilla. El hombre estaba sorprendido por la actitud de su abuela y su prima, pues siempre lo habían odiado. Se había dado por vencido en rechazarlos, así que respondió al saludo. Diana se sintió satisfecha por el avance; al mirar que él correspondía, su corazón se aceleró. Lo observó un largo rato. El hombre solo tenía puesta una pijama, su pecho al descubierto, haciéndolo lucir perfecto.

En ese momento, lo único que pasó por la mente de la mujer fue acariciarlo. Era ese deseo prohibido que tanto anhelaba: el hombre que siempre había estado en sus pensamientos. Le dio gracias a Franco por haberle dado la idea de acercarse más a él. Si hubiera pensado así en el pasado, quizá ahora sería más cercana a Enrique.

—Lo siento, primo, por no traer nada para los niños, pero tenlo por seguro que muy pronto les regalaré algo hermoso.

—Vaya… ese “primo” se escucha raro —dijo Enrique, sonriendo de lado—. Incluso estoy alerta para cuando quieras atacarme.

—¿Por qué piensas que haré eso? ¿Tan mala persona crees que soy? No me digas que ahora te nació el amor por mí, porque hasta donde tengo entendido, siempre me has odiado.

—Pues siempre te he querido —contestó ella—. Simplemente fui una persona muy caprichosa en el pasado… y demasiado inmadura.

El hombre se relajó y cambió el tema.