¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 46
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Capitulo 46

La noche cayó lentamente sobre la casa, envolviéndola en un silencio extraño. Victoria había acostado a los niños y permanecía sentada a su lado, observándolos dormir. Sus pequeños pechos subían y bajaban con suavidad, ajenos a todo lo que se movía a su alrededor.

Enrique los miraba desde la puerta. No decía nada, pero su presencia era constante, casi vigilante. Victoria lo sentía, aunque no lo miraba.

—No tienes que quedarte —dijo ella finalmente—. Puedo hacerlo sola.

—Lo sé —respondió él—. Pero quiero quedarme.

Victoria no discutió. En el fondo, aquella calma la desconcertaba más que cualquier discusión. Enrique ya no insistía, no reclamaba, no preguntaba… simplemente estaba. Y eso la desarmaba.

Cuando salió de la habitación, Victoria se dirigió a la cocina. Al encender la luz, encontró sobre la mesa una taza de té ya preparada. Se quedó mirándola unos segundos.

—No tenías por qué hacerlo —murmuró.

—Quería —respondió él desde el pasillo—. Dijiste que te ayudaba a dormir.

Ella tomó la taza y bebió un sorbo. Estaba tibio, justo como le gustaba. Sintió un leve nudo en el pecho.

—Gracias.

Era una palabra simple, pero a Enrique le bastó para sonreír en silencio.

Desde la ventana del auto, Melissa observaba la casa iluminada. Apretó los labios con rabia. Aquella escena era exactamente lo que no podía permitir: Victoria cómoda, protegida, segura… ocupando un lugar que siempre creyó suyo.

—Está empezando a confiar —dijo Franco con voz baja—. Eso no es bueno.

—Para ella —corrigió Melissa—. Para nosotros es perfecto.

Franco no respondió. Tenía los ojos fijos en la casa, calculando. Sabía que atacar de frente sería un error. Enrique era peligroso cuando se sentía amenazado. Había que ser sutil.

—No iremos por él —continuó Melissa—. Iremos por ella.

Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios.

—Cuando una mujer cree que ha encontrado estabilidad… es cuando más fácil cae.

Al día siguiente, Victoria salió al jardín con los niños. El sol apenas despuntaba y el aire era fresco. Se sentó en una banca, respirando hondo, intentando convencerse de que aquella tranquilidad era real.

No vio el sobre hasta que uno de los niños lo pateó con el pie.

Frunció el ceño y lo recogió. No tenía remitente.

Al abrirlo, su pulso se aceleró.

Una fotografía cayó al suelo.

Era ella… saliendo de la clínica. Enrique estaba a su lado, pero la imagen había sido tomada desde un ángulo que hacía parecer que él la sujetaba con fuerza, casi con agresividad.

Dentro del sobre había una nota escrita a mano:

“No todo lo que parece protección lo es.

Algunos hombres cuidan… para poseer.”

Victoria sintió un frío recorrerle la espalda.

Miró hacia la casa. Enrique la observaba desde la ventana, sin saber nada.

Por primera vez desde que había llegado, la duda se instaló en su mente.

Esa noche, Victoria no dijo nada. Sonrió, habló poco y evitó mirarlo demasiado. Enrique lo notó, pero no preguntó. Había aprendido que presionar solo alejaba.

Desde la habitación, mientras acomodaba la ropa de los niños, Victoria volvió a leer la nota.

¿Y si no estaba equivocada?

¿Y si Enrique no era tan diferente a los demás?

A lo lejos, en la oscuridad, Melissa observaba desde su auto, satisfecha.

—Ahora sí —susurró—. Ahora empieza el verdadero juego.