Capitulo 45
Mientras Franco pensaba en devolver la llamada, su puerta fue tocada. El hombre caminó despacio; algo en su pecho le advirtió que nada bueno venía detrás de esos golpes. Al abrir, allí estaba Melissa de Montiel. La mujer lucía como siempre: elegante, hermosa, con esa mirada de superioridad que a él tanto le molestaba… y que nunca había olvidado.
—Me doy cuenta de que lo que tienes que decirme es algo muy importante, ¿cierto? —dijo Franco con ironía—. Porque si no fuera así, no estarías tocando mi puerta. Recuerdo que meses atrás me dijiste que nunca más volverías aquí… y mírate ahora. ¿Quién lo diría? La gran Melissa de Montiel, donde juró que jamás volvería.
—¿Por qué no cierras la boca? —escupió ella—. No estoy para tus bromas estúpidas. Ahora entiendo por qué esa inútil, buena para nada campesina no se enamoró de ti. Eres demasiado flojo, demasiado inútil, demasiado cobarde… y eso, no importa el rango que tengamos, a las mujeres nos hace no tomarlos en serio.
Cada frase de Melissa irritaba más a Franco. La rabia le subía como fuego. Se acercó a ella de golpe y la sujetó del cuello.
—¿Por qué no me dices de una vez a qué viniste? —gruñó—. O lárgate de mi casa. No estoy para tus estupideces.
Ella no hizo caso. Se sentó en el sofá con calma, cruzó las piernas con elegancia, como si nada hubiera pasado.
—¿Sabes? A pesar de que eres un De la Torre, nunca te vas a comparar con tu hermano, el padre de Enrique… y mucho menos con Enrique. Jamás imaginé que el hombre con el que me casé fuera tan astuto… tan psicópata. Incluso eso hace que lo ame más. Solo de pensar en el hombre que es, me siento excitada.
Franco la miraba sin parpadear.
—¿Y si te dijera que Enrique no es el hombre que aparenta ser? —continuó ella—. Que tiene en algún lugar de esta ciudad un sitio para torturar personas. Y antes de que preguntes por qué lo digo… porque estuve ahí. No me mires como si estuviera loca, porque no lo estoy.
Se inclinó un poco hacia él.
—Vengo a proponerte algo. Quiero que empieces a enamorar a Victoria, al punto de que ella quiera volver contigo. Revivir ese amor del pasado que tanto dices que existió. El plan que tenía… veo que es demasiado peligroso. Sé que cualquier cosa que le haga a esa mujer, Enrique me desaparecerá.
Franco rió con amargura.
—Vaya… por fin te das cuenta de que para Enrique no eres nadie. Y no, no te voy a ayudar. Acabas de decir que soy un fracasado, un inútil, un bueno para nada… ¿y ahora me pides ayuda? Lárgate de mi casa. Estás completamente loca.
Franco sacó a Melissa de su casa sin mirarla atrás. Luego se sentó en el mismo mueble donde ella había estado. Pasó un largo rato pensando en todo lo que le había dicho.
¿Y si era cierto?
¿Y si su sobrino tenía una doble vida?
Pensó que sería buena idea investigarlo… y luego exponerlo ante la prensa.
Desde aquel día, Franco no volvió a hablar con Melissa, ni visitó la clínica. Sabía que Enrique había reforzado la seguridad para impedir que él se acercara a Victoria. Vio lo posesivo que se estaba volviendo con ella… pero no estaba dispuesto a rendirse.
Había pasado exactamente un mes. Victoria sostenía a sus dos niños en brazos mientras una lágrima rodaba por su mejilla. No era de tristeza; era de felicidad. Por fin se irían a casa.
Enrique le dio un suave beso en la frente y acarició su mejilla.
—Ustedes son mi mundo.
Al decirlo, sus ojos brillaron como nunca. Victoria le sonrió. Ese hombre no se había despegado de ella ni un segundo: tomó su mano, curó su herida, secó sus lágrimas y le regaló palabras de aliento.
Cada día, Enrique sorprendía más a Andrés. Nunca había conocido esa faceta suya: entregado, protector, dulce, tierno, cariñoso. ¿Quién podría creer que detrás de ese hombre existía alguien realmente cruel cuando sentía que se cometía una injusticia? Ese lado no lo conocía Victoria… ella solo veía al hombre amable.
Ese día, la abuela de Enrique caminó por el pasillo de la clínica. Al llegar donde estaba Victoria, la saludó con una enorme sonrisa. Victoria respondió de la misma manera. ¿Quién habría creído que esa mujer, tan cruel en el pasado, ahora se mostrara tan amable?
Enrique no confiaba en ella.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó con voz profunda—. ¿No se cansa de que le diga que no la quiero cerca de mis hijos?
Victoria suspiró, tomó la mano de Enrique y depositó un suave beso en ella. El enojo del hombre se disipó al instante.
—Creo que todo el mundo merece una segunda oportunidad.
Él quiso protestar, pero decidió no hacerlo.
—Es momento de salir de aquí —dijo Victoria.
Tomó la mano de la mujer para que no se quedara atrás. Enrique la miró, preguntándole con la mirada qué estaba haciendo. Ella solo sonrió. El hombre decidió no discutir.
De camino a casa, ninguno habló. Victoria iba concentrada en la brisa… y en esos pequeños niños que miraba con tanto amor.
Al llegar, allí estaban todos: sus seres queridos y una bienvenida inesperada. Su hermano José lloraba; Mauricio sonreía enormemente; Fernanda mantenía esa mirada de arrepentimiento; y Vivian, que a pesar de ser una mujer madura, al ver a Victoria volvió a ser una chiquilla que corría a sus brazos.
La abuela de Enrique bajó del carro, sorprendiendo al padre de Enrique. No podía creer lo que Victoria había logrado: algo que jamás imaginó posible. El padre sostuvo a uno de los niños en brazos y una lágrima rodó por su mejilla, que limpió rápidamente.
Aunque solo había pasado un mes, Victoria miró el jardín y sintió que las flores estaban más hermosas, más grandes.
—El señor la ha cuidado muy bien —dijo una voz desconocida.
Victoria giró lentamente y se encontró con un rostro diferente.
—Mucho gusto. Soy la mujer que siempre ha trabajado para el señor Enrique. Él me ha traído a su nuevo hogar.
La voz era delicada, tierna y amable. Victoria sonrió, le dio la mano y la bienvenida.
Desde lejos, un carro observaba la escena. Melissa volteó a mirar a Franco.
—¿Te das cuenta? —susurró—. Si no los separamos, esa mujer nunca volverá a ti. Y quiero que sepas algo… así sea lo último que haga en mi vida, ellos nunca van a estar juntos.