Capitulo 44
El silencio que quedó entre los dos hombres era tan pesado que parecía llenar toda la habitación. Enrique y Franco se miraban como dos depredadores a punto de saltar. Ambos sabían demasiadas verdades sobre el otro, y eso hacía que la tensión fuera todavía más peligrosa.
Victoria seguía dormida, ajena a todo… pero su respiración temblorosa, el vendaje en su abdomen y su rostro pálido hicieron que Enrique apretara la mandíbula. No soportaba verla así. No soportaba que Franco estuviera en esa habitación.
—Lárgate —ordenó Enrique, sin apartar la vista de Victoria.
Franco sonrió con esa sonrisa cínica que siempre había usado para provocarlo.
—No. Ella también es la mujer que amo… y voy a cuidarla.
Enrique dio un paso adelante, tan cerca que sus frentes casi se tocaron.
—El único que la ama aquí soy yo, así que trágate ese “amor” y lárgate —escupió—. Y vas a salir de este cuarto antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—¿Arrepentirte tú? —Franco soltó una risa baja—. No me hagas reír. Tú no te arrepientes de nada… excepto de que ella me haya amado primero.
Enrique lo agarró del cuello de la camisa y lo empujó contra la pared. Franco apretó los dientes, pero no se defendió; sabía que si lo hacía, despertaría a Victoria.
—Te lo voy a repetir por última vez, imbécil —gruñó Enrique—. No te acerques a ella. No la toques. No le hables. No respires cerca de ella. Si no entiendes, te lo explico con otro método.
Andrés entró justo en ese momento, viendo a Enrique con el rostro transformado por la furia.
—¡Enrique, suéltalo! —le dijo, acercándose—. ¡Ella está dormida, cálmate!
Franco aprovechó el momento para zafarse. Se acomodó la camisa y miró a Enrique con una soberbia que solo aumentó la tensión.
—Me pregunto qué dirá Victoria cuando se dé cuenta de que tú te acercaste a ella solo para fastidiarme la vida. Vamos a ver si sigue igual de enamorada de ti. Y ¿sabes quién va a estar para consolarla? Su primer amor. O sea, yo.
—¿Acaso eres imbécil? —respondió Enrique—. ¿Cómo que “cuando despierte”? Si Victoria no está en coma. Hace rato que ya despertó, si no te has dado cuenta. Solo está dormida, y cuando abra los ojos, tú ya no vas a estar aquí, porque no haces parte de su vida. Ella misma te lo dijo. Eres parte de su pasado. Su presente soy yo.
Franco iba a responder, pero Andrés lo detuvo.
—Ya, sal de aquí —le dijo con firmeza—. No es momento para estupideces.
Franco lo miró con desprecio, pero salió del cuarto sin decir nada más. Antes de cerrar la puerta lanzó la última puñalada:
—Tarde o temprano se alejará de ti, imbécil, porque sabes que lo que ella más odia es la mentira… y que la utilicen.
El sonido de la puerta al cerrarse dejó una sensación amarga. Enrique pasó una mano por su rostro, intentando contener el enojo, pero su respiración seguía agitada.
Se acercó a Victoria, la miró con una ternura profunda y le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No te voy a dejar, ¿me escuchas? —susurró, aunque ella no podía oírlo—. No voy a dejar que nadie te lastime. Ni siquiera yo.
Su voz tembló. Esa idea lo asustaba.
En ese momento, Victoria movió los dedos. Su respiración cambió. Fernanda, que estaba en la habitación, se levantó deprisa.
—Tranquila —le dijo a Enrique—, ya fui a ver a los niños y están bien. Se parecen mucho a ti —añadió con una sonrisa, sabiendo que tenía que intentar tranquilizarlo, porque si no Victoria iba a querer volver a verlos.
Enrique suspiró al darse cuenta de que Victoria se había levantado de la cama. Sintió miedo de que los puntos del abdomen se le fueran a abrir.
—¿Por qué la dejaste levantarse? ¿Sabes que no debe hacer ningún esfuerzo?
—No pude contenerla —respondió Fernanda—. Cuando pasó la mano por su abdomen al despertarse y no sentir a sus hijos, estaba demasiado alterada. No sabes lo que me costó tranquilizarla, así que no hubo más opción que dejarla ir a verlos.
—No te preocupes, Enrique… estoy perfectamente bien —dijo Victoria, secándose las lágrimas—. Lo único que quiero en este momento es tener a mis hijos en brazos. ¿Cuándo me los van a traer?
El hombre sintió su pecho oprimirse. No sabía cuándo los sacarían de la incubadora. Los médicos no le habían dicho nada, así que decidió mentir.
—Muy pronto los tendrás entre tus brazos.
Ella frunció el ceño, confundida.
—¿Cómo que “muy pronto”? ¿No han dicho exactamente el día en que me los traerán? Ve y pregunta. ¿Qué haces ahí parado?
El hombre salió deprisa de la habitación. Incluso Fernanda se sorprendió de cómo Enrique obedecía a Victoria.
Cuando llegó a la sala donde estaban los bebés, los observó por largo rato. Luego buscó a un médico.
—¿Cuándo darán de alta a los niños? —preguntó—. ¿Cuándo podrá su madre tenerlos en brazos?
El médico le explicó que no podían sacarlos de la incubadora hasta dentro de un mes. Eso preocupó muchísimo a Enrique. Sabía que darle esa noticia a Victoria la pondría histérica.
—Creo que es mejor que tú vayas y se lo expliques —le dijo el médico.
Al entrar a la habitación, Enrique no venía solo; el doctor lo acompañaba.
—El doctor te dirá cuándo tendrás a los niños en tus brazos —dijo Enrique—, pero quiero que no te alteres. Recuerda que es por el bien de ellos.
Victoria lo miró fijamente, demasiado preocupada por lo que fuera a decir aquel médico.
—Señora Hernández —comenzó el doctor—, los niños están perfectamente bien, pero como nacieron prematuros deben permanecer en la incubadora por un mes. Usted puede venir a verlos cuando quiera.
—No voy a irme de aquí sin mis hijos, doctor. No los voy a dejar abandonados.
—No los estarás abandonando, hija —dijo Fernanda—. Solo que, cuando el médico te dé de alta, tú debes ir a casa.
Todos en la habitación vieron que no había poder humano que lograra hacerla cambiar de opinión.
—Está bien, señora Hernández —dijo el doctor, saliendo del cuarto.
—Están bien —repitió Enrique, con una sonrisa nerviosa—. Muy bien. Los viste hace un momento, ¿recuerdas?
—Y sé que están perfectamente —dijo Victoria suavemente—. Se parecen mucho a ti. Cuando los miré era como si te estuviera mirando a ti. Sentí mi corazón latir tan fuerte… nunca había sido tan feliz.
El hombre se acercó, tomó su mano y le dio un suave beso mientras le ponía un hermoso anillo.
—Sabes que no debes hacer esto, Enrique. Eres un hombre casado… No me digas que me ibas a proponer matrimonio.
—Este anillo no es de matrimonio —respondió él—. Es un símbolo de agradecimiento, de amor… y un juramento de que nunca te voy a dejar sola.
Victoria sintió su corazón desbordarse. Nunca imaginó que Enrique fuera tan romántico, tan dulce y tan tierno. Lo abrazó con fuerza y le dijo cuánto lo amaba. Enrique también sentía que el corazón se le iba a salir del pecho. Se sentía el hombre más afortunado del mundo por tenerla… y no se arrepentía de nada. Porque si no hubiera pasado lo que pasó, no la habría conocido.
Andrés los observó desde la esquina, sorprendido.
Al salir de la habitación, Fernanda tenía una enorme sonrisa.
—Nunca imaginé que el gran Enrique de la Torre se convirtiera en un hombre dominado por una mujer. El hombre imponente… al que todos le temen, al que le hacen reverencia, no porque sea mayor, sino por la cantidad de dinero que tiene. Él, que donde pasa transmite poder… ahora está mandado por una mujer.
Cuando salieron, Enrique miró a Andrés.
—Ve y suéltala —ordenó—. Pero sácala con los ojos vendados. Que nunca se dé cuenta dónde estuvo realmente.
Andrés obedeció. Al llegar al sitio, encontró a Melisa dormida.
—Buenos días, señora Melisa… veo que ha dormido bien. Me alegra. Es cómodo este lugar, lo sé, pero ya tiene que irse. No se acostumbre.
El hombre se acercó, le vendó los ojos y ella se asustó.
—¿A dónde me llevas, imbécil?
—A su hogar.
Al salir del sitio, la subió al carro y la llevó directamente a la casa. Cuando estuvieron en la sala, le quitó la venda.
—¿Me quieres explicar dónde me tenían realmente? —preguntó Melisa.
Andrés se sentó, cruzó las piernas y sonrió.
—Y si le dijera que en esta casa hay un sótano y la teníamos aquí… ¿me cree?
—¿Me crees estúpida? Claro que no estábamos aquí. ¿Por qué me subiste al carro y manejaste hasta acá?
—Y si le dijera que eso lo hice para engañarla… ¿usted sabe que los asesinos en serie tienen su escondite donde nadie se lo imagina?
—Que tenga una linda tarde. Ah, y por cierto: trate de no cometer los mismos errores, porque quizás no se le vuelva a perdonar —dijo el hombre, saliendo del lugar.
Melisa subió a su habitación. Al abrir su armario, no había ni una sola prenda de Enrique. La mujer se sentó en el piso y lloró por largo rato. Lo maldijo a él… y se maldijo a sí misma.
Sabía que no podía volver a fallar. Todo debía hacerlo bien planeado. Ahora entendía que su esposo no era una perita en dulce como ella pensaba. Era un hombre demasiado peligroso. Si ella abría la boca, nadie lo sabría, porque él era demasiado astuto. Delatarlo no era opción; si en todo ese tiempo no había sido descubierto, era porque todo lo hacía calculado… y esa había sido su falla: no calcular bien lo que hacía. Se había dejado cegar por la ira, por los celos, y eso no la llevaba a nada bueno.
Entró a la tina, se dio un largo baño, salió y se miró en el espejo por un buen rato. Sonrió… una sonrisa que daba miedo. Peinó su cabello con delicadeza, luego tomó su teléfono y marcó a Franco. El hombre contestó de inmediato.
—¿Ahora qué quieres? Te dije que no le hicieras daño… y lo hiciste.
—No estoy para tus reproches en este momento. Necesito hablar contigo… algo muy importante —dijo la mujer, y cortó la llamada.
Franco se quedó mirando el teléfono, preguntándose qué quería Melisa ahora… y por qué sentía ese presentimiento tan extraño.