¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 43
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Capitulo 43

Melisa intentó controlar el llanto, pero era imposible. Enrique seguía mirándola como si no fuera una persona, como si fuera algo que había que aplastar. Intentó arrastrarse un poco hacia atrás, pero la cadena amarrada a su tobillo resonó en el piso, recordándole que no tenía salida.

—Enrique… yo… —balbuceó, casi sin voz.

—Me dejé cegar por los celos… lo siento mucho. Sabes que siempre te he amado y he estado para ti. Es la primera vez que hago esto porque sentí que te perdía.

Cuando la mujer dijo esas palabras, el rostro de Enrique cambió un poco, dándose cuenta de que lo que ella decía era verdad, pues siempre había sido una excelente persona con él y había estado a su lado. Pero eso no quería decir que no la fuera a castigar.

—¿Me estás queriendo convencer de que no te haga nada? Entonces quiero que me convenzas bien, porque lo que acabas de decir, aunque sea cierto, me acaba de irritar.

La mujer tragó saliva con dificultad. El hombre al que siempre había manipulado había comenzado a dudar de ella, y eso no le favorecía en lo absoluto. Sabía que ahora Enrique iba a desconfiar de cualquier cosa que dijera.

—Fue un error… me dejé cegar por los celos y la ira de ver cómo tú la estabas tratando —dijo la mujer en un mar de lágrimas—. Sabes que siempre te he amado. ¿Sabes qué se siente ver a la persona que amas amando a otra? No sabes lo que se siente… se siente como si te abrieran la piel, el corazón se enfría y sientes un dolor inexplicable…

—Tú, que dices estar profundamente enamorado de esa mujer… ¿qué sentirías si ella de repente se para frente a ti y te dice que no ha podido olvidar a su primer amor… que por lo que tengo entendido es Franco? Seguramente sentirías lo mismo que yo, y quizás le harías muchas cosas a ese hombre. Entonces dime… ¿crees tú que por eso merezco un castigo?

—Está bien, Melisa. Digamos que fue un error, digamos que te perdono. Pero quiero que sepas algo: no voy a estar con una mujer como tú. Primero, porque sería mentirme. Segundo, porque nunca voy a perdonarte lo que hiciste. Y tercero… te quedarás aquí para que reflexiones. Ya miraré si te suelto o no.

Se agachó frente a ella, tan cerca que Melisa sintió su respiración.

—No sé por qué, pero siento la necesidad de investigarte, Melisa. Siento que no eres la mujer que siempre creí… siento que me ocultas algo, pero no sé qué es.

Le dio la espalda por unos segundos, respirando profundo. Andrés observaba todo desde una esquina, con el rostro tenso. No sabía si intervenir o dejar que Enrique hiciera lo que tenía que hacer.

El hombre había escuchado todo lo que Melisa dijo y también lo que Enrique respondió. Se acercó a él, le puso la mano en el hombro y le dijo con esa voz profunda que tenía:

—Enrique… creo que es mejor que la dejes ir. Si actuó por celos, ¿por qué no la investigas mejor? Y si descubres algo más, ahora sí la castigas. Los celos le llegan a cualquiera.

Melisa no se esperaba que el imbécil de Andrés la estuviera defendiendo, pero en ese momento estaba agradecida.

Enrique volvió hacia ella, y por primera vez, Melisa vio algo diferente en sus ojos. No era rabia. No era odio. Era decepción. Una tan profunda que dolía más que cualquier golpe.

—¿Sabes qué es lo peor de todo, Melisa? —dijo él, cruzándose de brazos—. Que yo te defendí. Te cuidé. Te puse por encima de todo… y tú mataste la confianza que sentía por ti.

—¿Qué… qué vas a hacer conmigo? —susurró ella, sin aire.

—¿Qué voy a hacer contigo? Nada. Esta vez. Y eso se lo debes agradecer a Andrés. Pero quiero que sepas algo: mira este lugar, memorízalo, porque cualquier cosa que hagas, yo lo voy a saber. Ya no soy el mismo imbécil que creía ciegamente en ti. Ahora, en la persona que menos confío… es en ti, Melisa. Y yo no doy segundas oportunidades. ¿Lo entiendes?

Al salir de aquel lugar, Enrique caminó por la inmensa empresa. Todas las personas lo miraban con admiración y respeto. ¿Quién podía creer que esa empresa de 50 pisos, años atrás, solo tenía la parte de abajo? Esa que nadie conocía, excepto Enrique y Andrés.

Al llegar al último piso, el hombre se quedó mirando por el ventanal, intentando relajarse. Pero Andrés habló:

—Me alegra que no le hayas hecho nada a esa mujer. Tú nunca has matado a una mujer, y eso habla bien de ti. Incluso cuando algunas se lo merecían… solo las has asustado, amenazado, pero nunca les has hecho nada.

—Realmente no le hice nada porque todo lo que dijo es verdad… No sé qué pasaría si un día Victoria me dijera que sigue enamorada del imbécil de Franco. Creo que lo mataría. Entonces entendí que una persona por celos es capaz de hacer cosas imperdonables… y yo sería uno de ellos.

Andrés no dijo nada, pero para calmarlo sacó su teléfono.

—Mira lo que me acaban de enviar —dijo.

Era una foto de los hijos de Enrique que Vivian le había enviado. Los niños salían con una enorme sonrisa. Ya no tenían el enojo ni la preocupación que él recordaba. Ahora se veían tranquilos. Y en ese instante, se dio cuenta de que Victoria estaba mejor.

El rostro de Enrique cambió por una enorme sonrisa.

—Son tan pequeños que creo que caben en mi mano… Los miro tan frágiles que siento miedo de perderlos.

—No los vas a perder. Estarán mucho tiempo contigo. Y te volverán loco —respondió Andrés.

Victoria abrió los ojos lentamente. Miró para todos lados, un poco desorientada. Pasó la mano por su abdomen… y estaba plano. La mujer comenzó a gritar. Fernanda, que dormía a su lado, abrió los ojos de inmediato.

—Tranquila. Todo está bien. Los niños están en la incubadora. Nacieron antes de tiempo, deben tener un cuidado especial… pero muy pronto los vas a tener entre tus brazos.

Victoria intentó incorporarse, pero la herida le provocó un dolor tan agudo que gritó. Aun así, lo volvió a intentar; quería ir a ver a sus hijos. Fernanda llamó desesperada al médico.

Cuando el médico entró, Victoria exigió:

—Lléveme a ver a mis hijos.

El hombre la miró. Era evidente que si no la llevaba, ella intentaría ir de todas formas.

—Está bien, la llevaré —dijo al fin.

La acomodó en una silla de ruedas, pero al salir de la habitación, el hombre encargado de cuidarla los detuvo.

—¿A dónde van? El señor De la Torre dijo que ella no podía moverse. No pienso arriesgarme.

—Tranquilo, no pasará nada. Si quieres, ven con nosotros.

El hombre aceptó y caminó detrás de Victoria.

Cuando ella llegó a ver a sus pequeños, no lo podía creer. Ahí estaban esas dos personitas que tanto había anhelado tener entre sus brazos. No podía cargarlos… pero podía verlos. Eran tan pequeños, tan dulces. Se puso de pie a pesar del dolor y les habló con ternura. Una lágrima rodó por su mejilla, pero esta vez era de felicidad.

—Perdón por no haber sido tan fuerte… —susurró.

Ella quería quedarse ahí, pero el médico le explicó que al día siguiente la llevaría de nuevo.

Cuando volvió a su habitación sin sus hijos, el vacío le golpeó el pecho. Fernanda tomó su mano.

—Lo siento, hermana… No tienes que pedirme perdón. Te entiendo. Y no te juzgo.

Eso solo la hizo sentir más culpable. Su hermana siempre la apoyaba.

Victoria se quedó dormida, agotada por la anestesia. Franco entró en la habitación, tomó su mano y besó sus dedos. No podía creer que ella le hubiera dado dos hijos al imbécil de su sobrino. Si no fuera por sus malas decisiones, esos niños serían suyos. Pero ya no era momento de lamentarse: era momento de recuperarla.

—Tú eres mía… no de ese bebé imbécil que solo te ha utilizado. Si supieras que solo se acercó a ti por el odio que me tiene… no es amor lo que siente por ti, es capricho —murmuró acercándose a los labios de Victoria.

Entonces la voz de Enrique lo detuvo.

—¿Qué haces, imbécil? Ni te atrevas a hacer lo que estás pensando.

—Victoria no es tuya. La perdiste —continuó Enrique—. Yo sí puedo decir que es mía. Y la próxima vez que te vea haciendo algo como lo que ibas a hacer ahorita… quizás te corte un brazo, te arranque la lengua o te quite los dientes.

—Vaya sobrino… cualquiera que te escuche pensaría que eres un psicópata, un asesino en serie.

—¿Y qué pensará Victoria cuando le diga que tú estás con ella por venganza? Porque tú no te acercaste a ella por amor, sino para fastidiarme la vida. Tampoco compraste la finca El Paraíso para recuperar la herencia familiar: la compraste para vengarte de mí y de mi madre. También sé que has comprado cada joya que he vendido. Sé que eres el socio mayoritario de la empresa… porque siempre quieres demostrarme que eres mejor que yo. Pero te equivocas… somos igual de ambiciosos.