Capitulo 42
Melisa miraba para todos lados, pero no veía nada. Todo estaba totalmente oscuro. La mujer sintió que la piel se le erizó y, por primera vez en su vida, se sintió demasiado aterrorizada. Mientras preguntaba en dónde estaba y nadie le contestaba, se imaginó mil cosas. Seguramente Enrique la estaba asustando para que aprendiera la lección.
Nunca imaginó que el hombre fuera capaz de hacerle eso por una simple desconocida, pero ya se vengaría de ella, y esta vez no iba a ser tan bruta de actuar impulsivamente. La iba a desaparecer, y nadie iba a saber que era ella. Se sentía arrepentida por haber actuado por ira; si hubiera calculado todo como siempre lo hacía, no estaría en aquel lugar.
Andrés prendió las luces, le quitó la venda y la mujer se quedó un largo rato mirando para todos lados, demasiado sorprendida con aquel sitio, pues tenía todo lo necesario para torturar a una persona. Contuvo la respiración por un largo rato y luego, con un hilo de voz, preguntó:
—¿Me puedes explicar qué es este lugar, Andrés?
Pero el hombre no le respondió. No lucía como el mismo Andrés que ella conocía: tranquilo, incluso como el perro faldero de su esposo. Ahora se veía totalmente diferente, y la mirada… totalmente oscura.
Incluso su vestimenta era distinta: solo llevaba una camisilla y unos jeans, haciéndolo lucir demasiado varonil. Nunca imaginó que debajo de ese traje que siempre usaba hubiera un hombre tan exquisito y provocativo. Luego reprimió esos pensamientos y preguntó con claridad:
—¿Me puedes decir qué es este lugar, imbécil?
—Ahora sí nos estamos entendiendo, señora Melisa. ¿Por qué no saca a relucir la mujer que realmente es usted? No una disfrazada de santa paloma, sino esa diabla que lleva dentro. Pues, si quiere saber de quién es este lugar… bienvenida al torturadero de su esposo. Si yo le dijera a cuántas personas les han cortado los dedos aquí, a cuántos les han arrancado la lengua, a cuántos violadores les han cortado las extremidades… pero todos ellos han sido hombres. Usted es la primera mujer. Así que bienvenida.
—No es cierto lo que estás diciendo. Ahora no me digas que mi esposo es un psicópata y yo no lo sabía. Dime quién te contrató, porque Enrique te azotará por esto que me estás haciendo. Le diré que quieres manchar su nombre.
Andrés echó a reír.
—Mire que usted no conoce a su esposo. Y su esposo tampoco la conoce a usted. Apenas la va a comenzar a conocer. Usted solo conocía el lado bueno. El lado malo… la va a aterrorizar.
Creo que por primera vez no actuó con inteligencia, porque mire dónde está: en el lugar que su esposo nunca imaginó que usted conocería. Para él, usted era una mujer frágil, una mujer que debía agradecerle mucho, y eso era lo único que hacía que no se divorciara.
¿Y sabe algo? Esa mujer a la que usted golpeó—que espero que se recupere pronto—es el amor de Enrique. La ama más que a su primer amor, la que supuestamente fue asesinada por robarla… cosa que dudo. Creo que a esa historia le falta un pedazo, y no sé por qué presiento que usted tiene algo que ver —dijo el hombre apuntado la con una navaja.
La mujer sintió la piel erizarse; sintió su corazón latir con fuerza. No por el cuchillo… sino porque su secreto podía salir a la luz.
—¿Eres imbécil o qué? ¿Me estás acusando de mandar asesinar a mi prima? ¿Cómo se te ocurre decir algo así? —dijo la mujer, tratando de llorar.
Andrés levantó una ceja y caminó hacia ella.
—Si no fuera porque usted es la mujer de mi jefe, de mi amigo, de un hombre que me quiere como a un padre, en este momento la torturaría hasta que me dijera la verdad. Pero no puedo hacer eso. Creo que cualquier cosa que le hagan… se las hará él.
Quiero que llame a Enrique ahora mismo.
—Quiero mi teléfono.
—En este lugar no hay señal. Y es un lugar que nadie hallará, a menos que Enrique así lo decida. Incluso, aunque usted saliera de aquí, podría describir este sitio y nunca lo hallaría. Es un lugar que existe aun cuando desista de existir.
El hombre dijo la última frase y salió, dejando a la mujer completamente fría. Si todo lo que él había dicho era verdad… entonces no conocía a su esposo. Haría lo que fuera para que nadie supiera que había matado a su prima, porque estaría en serios problemas.
Al llegar a la casa que había compartido con Melisa, Enrique ya no sentía que ese fuera su hogar. Subió hasta la recámara que habían compartido y vio el inmenso cuadro colgado en la pared. Lo miró por un largo rato… y no sintió nada.
Le pidió a la señora que trabajaba con ellos que empacara todas sus cosas. Cuando él estaba por salir, la mujer se paró en la puerta:
—Señor… no me deje. Yo he trabajado aquí por usted. Llévame con usted.
La señora siempre había sido amable, leal, siempre le tenía su comida caliente.
—¿Y si no te gusta el lugar a donde voy? Creo que deberías quedarte donde estás acostumbrada.
—No, señor. Quiero irme con usted —respondió ella con una voz firme y segura.
Y él no tuvo el valor de negarse.
Cuando llegó a la casa de Victoria y abrió la puerta, le dijo:
—Bienvenida. Este será tu nuevo hogar. Espero que puedas llevarte muy bien con la dueña de esta casa.
La mujer entró sus cosas en la habitación de Victoria, y Enrique le pidió que las acomodara a un lado de las de ella. Luego salió al jardín y miró las hermosas flores plantadas. La mayoría eran las favoritas de su madre. Se dio cuenta de que Victoria no olvidaba nada de lo que él le decía… y entonces la valoró el triple.
Se recostó en la cama y llevó la almohada a su nariz. Tenía el olor de ella, y ese olor lo fue relajando hasta quedarse profundamente dormido. Después de un largo rato, lo despertó la mujer:
—Señor, debe cenar.
Al abrir los ojos y mirar la hora quedó sorprendido: había dormido demasiado. Victoria… le daba paz.
Cenó con rapidez. La mujer estaba sorprendida por lo rápido que comía; pensó que tenía hambre, pero no era eso. Enrique tenía una cita pendiente.
Salió de la casa y, al llegar al lugar donde hacía tiempo tenía que estar, habló con firmeza:
—Melisa, veo que te encuentras cómoda. Bienvenida al lugar que más me relaja.
Los ojos de la mujer parecían salirse de sus órbitas. Jamás pensó que ese lugar fuera realmente de Enrique. Él lucía como el mismísimo demonio; incluso ella tenía miedo de mirarlo a la cara y ver la forma en que sostenía aquella navaja.
—Me imagino que Andrés ya te dio la bienvenida. ¿Te gusta este lugar? Este sitio lo creé cuando perdí a tu prima. Era donde pasaba más tiempo. Cazaba cualquier violador o ladrón y lo traía aquí.
Pero quiero que sepas algo: todos los que he traído aquí han hecho algo muy malo… y por eso decidí castigarlos.
El hombre se acercó, la tomó del cuello y la levantó como si nada, haciendo que perdiera la respiración. Y luego la soltó con una tranquilidad escalofriante, como si no hubiera estado a punto de ahogarla.
—¿Sabes? La persona que golpeaste estando embarazada es la mujer de la que me enamoré. Y no solo eso… es la mujer que llevaba dentro a las dos personitas más importantes de mi vida. Y tú quisiste matarlos.
Las lágrimas de Melisa corrían por sus mejillas. Sabía que tenía que dar una explicación coherente… o iba a morir ahí mismo.