Capitulo 41
El hombre se levantó de donde estaba con la mujer en brazos y, mientras se subía rápidamente a su coche, giró, quedó mirando a uno de sus guardaespaldas y le dijo:
—Lleva a Melissa… ya tú sabes dónde.
Enrique entró corriendo con la mujer en brazos; ella ya estaba en la camilla. Giró, quedó mirando al médico que había comenzado a tomar su pulso y, con un rostro indescifrable, le dijo:
—Quiero que hagas todo lo posible para salvarlos… en tus manos pongo toda mi vida.
Ya alrededor de Victoria no había un solo médico, había muchos. El doctor, al darse cuenta de la importancia que tenía aquella mujer para el señor De la Torre —uno de los mayores inversionistas de la clínica— sabía que no podía fallar.
—Señor De la Torre, le pido por favor que salga de la sala.
El hombre no había soltado la mano de Victoria. Ese hombre que siempre lucía inquebrantable tenía ahora lágrimas rodando por sus mejillas. La doctora vio lo afectado que estaba; sabía que debía sacarlo de la sala. Con una voz llena de profesionalismo volvió a pedirle que se retirara, pero él no quería hacerlo. Ella suspiró y le dijo:
—¿Quiere salvarla? Entonces déjeme hacer mi trabajo.
Al salir de la sala, Enrique caminaba de un lado a otro. Un segundo se le hacía eterno y dos, una semana. Después de media hora de no parar de caminar, había llegado su padre, también Franco, incluso su abuela estaba ahí; la hermana de Victoria lloraba desesperadamente y Fernanda tenía un rostro lleno de culpabilidad. La mirada de José lo hacía responsable, y la de su padre estaba llena de angustia.
Franco se acercó a su sobrino, lo miró de arriba abajo y escupió todo el veneno que llevaba dentro:
—¿Sabes por qué Victoria está entre la vida y la muerte en este momento? ¡Por tu culpa! Y si se muere no solo tú la habrás perdido… también yo. Porque ella siempre será la mujer que he amado con toda la fuerza de mi alma. Reza para que no se muera… porque si lo hace, yo mismo te mataré.
Entre la desesperación de no saber nada de la mujer que amaba, Enrique perdió el control. Olvidándose del lugar en el que estaba, sacó un arma y se la apuntó directamente a la cabeza a su tío.
—Créeme que no me importará pegarte un tiro aquí mismo.
El padre de Enrique estaba sorprendido. ¿Desde cuándo su hijo andaba armado? No lo necesitaba, siempre estaba rodeado de guardaespaldas.
A Gustavo no le sorprendió en lo absoluto que Enrique tuviera un arma. Se acercó y le dijo:
—Enrique, tienes que calmarte. Sabes que este no es el lugar para actuar así. Siempre has sido un hombre centrado, eso es lo que me hace, al mirarte, saber que eres demasiado maduro para tu edad… ¿qué estás haciendo? ¡Tus ojos están inyectados en sangre!
Incluso el mismo Franco había contenido la respiración y sentía que se había orinado los pantalones.
Mientras Gustavo hacía entrar en razón a Enrique, salió una doctora.
—Señor De la Torre…
Enrique giró con rapidez, contuvo la respiración esperando lo que la mujer diría. Al ver que ella no hablaba, explotó:
—No se quede callada… ¡hable!
La doctora no callaba por lo que iba a decir, sino por la mirada aterradora del hombre.
—Tiene que firmar un papel para hacerle una cesárea a la señorita Hernández.
—Hábleme claro —dijo él.
—El sangrado de la mujer no se ha podido controlar, así que debemos hacer una cesárea. Pero ella ya reaccionó hace un momento… y pidió que salváramos a sus hijos.
—Claro —respondió Enrique.
—Los niños estarán en incubadora hasta que sus pulmones puedan madurar.
—¿Y ella?
—No puedo asegurarle nada… su presión está muy alta. Pero es una decisión que ella tomó, y nosotros como médicos debemos respetarla.
Enrique no siguió hablando: entró de prisa a la habitación. Al ver que Victoria respiraba por medio de un aparato, se sintió fatal. Al mirarla, lágrimas comenzaron a recorrer sus mejillas. La ira que llevaba desapareció, transformándose en preocupación. Le dio un suave beso en la mejilla y otro en la frente.
—Princesa… estarás bien. Estoy aquí para protegerte.
Victoria respiró con dificultad y, con una voz angustiada, le dijo:
—Enrique… tienes que firmar. Pero si pasa algo… cuida muy bien de mis hijos. Y quiero que recuerdes todo lo bello que hemos vivido, olvidando lo malo —dijo con una sonrisa triste.
Al salir de la habitación firmó el papel que ella misma había pedido. Se sentó en la sala sin decir ni una palabra. Todos esperaban que hablara, pero él se quedó en silencio. Su padre sabía que cuando su hijo actuaba así era porque estaba demasiado preocupado.
Cuando salió la doctora, Enrique fue el primero en levantarse. Ella habló rápido; sabía que él odiaba el silencio.
—Señor De la Torre, sus hijos están en incubadora. Venga conmigo para que los vea.
Enrique caminó con pasos rápidos. Al llegar, vio a dos personitas diminutas dentro de aquella caja. Mientras los observaba con ternura, preguntó:
—¿Cómo está su madre?
—Es una mujer muy fuerte… está bien. Por un momento pensamos que la perdíamos, pero se aferró a la vida.
El hombre acarició el cristal mientras veía que cada uno llevaba su apellido.
Al llegar a la habitación donde habían pasado a Victoria, la mujer dormía. Él tomó su mano con dulzura y la llevó a sus labios. Le dio las gracias por haberle dado esas personitas.
La bata de la mujer se había subido. Al bajarla con cuidado, se dio cuenta de la gran herida que tenía en el abdomen. Sintió curiosidad, quedó mirando aquella herida… mirando todo lo que una mujer debía hacer para dar vida. Cómo eran capaces de olvidar su dolor y pensar solo en amor. Ante sus ojos, Victoria no era Victoria, era una superheroína.
En ese momento deseó tener a su madre para abrazarla y agradecerle por darle la vida. Ahora entendía todo el sacrificio que hacía una mujer.
Puso sus labios sobre la herida con suavidad, dándole un beso como si pudiera disminuir el dolor. La arropó con ternura y salió de la habitación. Miró al hombre que había puesto a cuidarla y le dijo:
—Si no quieres perder la vida esta vez, más te vale cuidarla bien. Porque recuerda que cualquier cosa que le pase… te pasará a ti.
Aunque todos querían preguntar, nadie lo hizo. Sabían que no respondería. Pero Vivian estaba cansada de no saber nada de su hermana. A pesar de ser baja, lo miró fijamente y le dijo:
—¿Cómo está mi hermana? Y no te quedes callado… quiero que hables, porque esta vez yo te golpearé.
Al ver a su hermana pequeña así, José también se levantó. Fernanda permaneció inmóvil, demasiado avergonzada por cómo había juzgado a su hermana. Gustavo, aunque no había dicho nada, sabía cómo se sentía. La estrechó entre sus brazos y le susurró:
—Todo estará bien. Tu hermana te adora.
El llanto de Fernanda aumentó, porque la mujer que estaba en esa habitación no solo era su hermana… era su madre.