¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 40
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Capitulo 40

Victoria miró que quedarse dándole una explicación a una persona que solo quería ofenderla no tenía sentido; ella se preguntaba por qué esa mujer la estaba atacando si nunca había tenido un problema con ella.

Salió del lugar y, mientras caminaba con pasos rápidos porque estaba decidida a marcharse, su hermana la tomó de la mano.

—¿Quieres que nos vayamos? Sabes que no tienes que quedarte en un lugar donde estés incómoda.

—Sí… creo que es lo mejor, me iré —respondió.

Mientras Victoria intentaba salir rápido de aquella fiesta a la cual había asistido solo por su hermana, una voz muy familiar la detuvo.

—¡Victoria! ¡Victoria!

Ella giró con rapidez y se encontró con la señora Marta, quien sostenía un bastón. Su mirada ya no era la de una mujer arrogante, sino una mirada cansada y triste.

La mujer quedó mirando a Victoria de arriba abajo y lo primero que ella esperaba era un insulto, pues no recordaba a aquella mujer siendo amable. Pero la señora Marta hizo una sonrisa apenas visible.

—Tanto tiempo sin vernos… sigues igual de hermosa.

Esa frase la sorprendió, pues siempre lo que había recibido de aquella mujer había sido rechazo, haciéndola sentir poca cosa. Quizás esa había sido la razón por la cual Franco había decidido no casarse con ella.

La mujer, al mirar el enorme vientre de Victoria, preguntó:

—¿Te casaste? Espero que seas muy feliz, porque realmente eres una mujer maravillosa, la cual admiro demasiado. Quizás por mi arrogancia y mi forma de ver la vida en ese entonces no supe valorar la mujer que eres.

En todo ese tiempo, Victoria no había dicho nada; solo escuchaba cada frase sin interrumpir. Incluso llegó a pensar que la mujer la estaba tomando del pelo, pero al notar la seriedad con la que hablaba, entendió que sus palabras eran sinceras. Respiró profundo y, con voz calmada, dijo:

—No, señora Marta, no me he casado… pero creo que muy pronto usted se dará cuenta de quién estoy embarazada.

Victoria iba a darse la vuelta, pero la mujer la tomó de la mano.

—Quisiera pedirte perdón por la forma en la que te traté en el pasado. No fui una buena persona contigo y me equivoqué, no solo contigo sino con muchas personas.

Mientras decía eso, unas lágrimas rodaron por su rostro. Victoria quedó sorprendida; nunca en todo el tiempo que la había conocido había visto una pizca de debilidad en ella.

Victoria se dio cuenta de que ella no era nadie para juzgarla. Levantó su mano y secó la lágrima.

—No se preocupe, ya me he olvidado de eso. El tiempo ha avanzado y yo avancé con él. Dejé mi dolor en el pasado y estoy intentando construir mi vida. Veo que ya se va, ¿pero por qué no se queda conmigo?

Viviana tomó la mano de la señora y la guió hasta una mesa. La señora Marta, tierna, con su pelo completamente blanco y aquel bastón que la hacía ver indefensa… ¿quién podía creer que era la misma mujer que Victoria había conocido? Al sentarse, la mujer comenzó a contarle lo que había sido su vida, la pérdida de su esposo, y entonces Victoria entendió por qué había cambiado tanto.

Enrique, al mirar dónde estaba sentada Victoria, quedó sorprendido y molesto. No podía creer que su abuela estuviera manipulando a Victoria para luego tratarla mal. Nunca había entendido por qué su abuela paterna no había logrado quererlo. Caminó con pasos rápidos hacia la mesa, a pesar de que Melisa había intentado detenerlo.

Ni siquiera se tomó el tiempo de saludar a su abuela; solo dijo:

—¿Qué pretendes hacer? No te quiero cerca de ella —señalando a Victoria.

Eso tomó por sorpresa a Victoria, pero al verlo ahí, los ojos de la señora Marta brillaron.

—Creo que la forma en que le estás hablando a tu abuela no es la correcta —dijo Viviana.

El hombre no la escuchó y solo repitió, muy bajo pero en tono de orden para Victoria:

—No te quiero cerca de ella.

Victoria, al ver las lágrimas rodar por las mejillas de la señora, volvió a secárselas.

—La vida me ha enseñado a perdonar, a escuchar y luego a juzgar. Cuando juzgamos rápido no nos tomamos el tiempo de analizar quién realmente está en el error, y en muchas ocasiones debemos perdonar para avanzar. Y más cuando es un familiar, porque aunque digas que lo odias, en el fondo siempre te va a doler. Y la mejor forma de que deje de doler es perdonar.

—Y por cierto —añadió mirando a Enrique—, no quiero que te me acerques. No quiero a la histérica de tu esposa señalándome o amenazándome. Estoy cansada de eso. Sabes, Enrique… no te quiero cerca de mí.

Enrique, sin importarle la multitud mirándolos, se arrodilló al lado de Victoria. Acarició su vientre con ternura y depositó un suave beso.

—Eres mi mujer, Victoria, y quiero que eso te quede bien claro.

Llamó a uno de sus hombres y, delante de su abuela, dijo:

—No te le despegues. Si le pasa algo malo, ten por seguro que tú serás el responsable.

El hombre asintió, quedándose a un lado de Victoria como una estatua, haciendo crecer aún más la incomodidad de ella.

Melisa y Diana se miraron; Enrique estaba perdidamente enamorado de esa mujer. Ya no le importaba lo que la gente pensara. Le dio un beso en la frente a Victoria, le dijo un “te amo” y se alejó. El padre de Enrique, desde lejos, observó todo y entendió la importancia que tenía Victoria en la vida de su hijo. Era más importante de lo que él imaginaba.

El señor Antonio, que había visto todo desde lejos, se acercó a su sobrino, lo abrazó y le preguntó:

—¿Qué tienes con la señorita Hernández?

—Sabes, tío, que a ti no te puedo mentir. Eres una de las pocas personas que sabe cada secreto mío, incluso secretos que ni mi padre conoce. Así que te diré la verdad: Victoria es la mujer de la cual me enamoré.

Perdidamente de ella. Y ahora no imagino mi vida sin ella. Cuando no estoy a su lado siento que me falta todo. Con ella me siento pleno y feliz como nunca antes.

El hombre escuchó atentamente y luego le dijo:

—Debes tener cuidado, pues Franco nunca te lo va a perdonar. Y te lo digo yo, que lo conozco bien… él nunca ha podido olvidarla.

—No importa quién se atreva a ponerle un dedo encima —respondió Enrique—, le corto la mano.

Aunque sonaba como una amenaza más, su tío sabía bien que era capaz de eso y mucho más. Enrique no era solo el empresario impecable que todos conocían; tenía negocios que ni su padre sabía, y podía desaparecer a cualquiera que estorbara en su vida. Si no lo había hecho con su tío, era solo porque era familia.

Después de esa charla, el hombre decidió acercarse a la mesa donde estaba Victoria. La saludó con ese cariño que siempre le había tenido. Victoria lo abrazó con ternura; él siempre había sido amable con ella.

—Feliz cumpleaños, aunque le deba regalo.

—¿Sabes cuál es el mejor regalo que me has dado hoy? Esos niños que están a punto de nacer. Y ya sé que son de mi sobrino favorito.

Victoria abrió los ojos sorprendida; no sabía que Enrique le había contado sobre su embarazo. Se sintió avergonzada, pues en el pasado todos la habían conocido como la prometida de Franco.

El hombre se alejó y Victoria siguió conversando con la señora Marta. Ya no le importaban las miradas alrededor. La señora tomó su mano y le dijo lo orgullosa que estaba de que fuera a tener unos bisnietos del nieto al que había negado amar por orgullo y ambición. Ahora estaba arrepentida.

—Sabes que en mi casa me siento muy sola. Ya nadie me presta atención; cada uno vive deprisa y, a veces, siento que estorbo.

Victoria sintió pesar por ella.

—Cuando quiera puede irse a vivir a mi casa. Le encantará, es muy grande y he sembrado unas flores hermosas en el jardín.

A la hora de cantarle el cumpleaños al señor Antonio, la mayoría de los invitados se levantaron y Victoria hizo lo mismo. La señora Raquel llegó a su lado.

—Quiero que no te preocupes por lo que dijo Melisa. Siempre ha sido una víbora; esa mujer no me cae nada bien.

Mientras Victoria se despedía del cumpleañero y de la señora Raquel, buscaba a Enrique para decirle que ya se iría. Se preguntaba dónde se había metido; no lo había visto en todo ese rato. Salió de la enorme casa y Melisa fue tras ella. La mujer estaba furiosa y, justo cuando Victoria iba a subir al carro, escuchó:

—Tú eres una zorra.

Melisa, que siempre había sido calculadora, había perdido la cordura. Se lanzó sobre Victoria y comenzó a golpearla con tanta fuerza que Victoria cayó al piso y la mujer siguió atacándola. El guarda que Enrique había puesto para cuidarla llegó rápido, pero ya era tarde. Estaba preocupado: seguramente su jefe lo mataría.

Jamás imaginó que Melisa lo había engañado diciéndole que Enrique lo buscaba. Había aprovechado el momento al ver a Victoria sola para deshacerse de la mujer que ahora era un estorbo en su camino. Viviana se había quedado para hablar con Fernanda, sin imaginar lo que estaba ocurriendo afuera.

La misma Melisa se asustó al ver a Victoria tirada en el piso, sangrando. Sabía que a Enrique no le gustaría nada eso.

El guarda tomó a Victoria entre sus brazos, la llevó dentro de la casa y algunos invitados preguntaban qué había pasado. Enrique quedó en shock al verla sangrando. Corrió hacia ella, la tomó entre sus brazos y, al ver que no reaccionaba, quedó paralizado.