¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 39
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Capitulo 39

El señor Enrique no había soltado a Victoria de la mano, y eso no fue impedimento para que Franco se acercara hasta ella.

—Hola, Victoria, ¿cómo estás? Quiero decirte que hoy luces preciosa —dijo él.

Victoria, con una sonrisa tímida y un poco avergonzada por lo que el hombre acababa de decirle, le dio las gracias.

—Quién diría que la mayoría de estas personas que están aquí piensan que tú, querido hermano, eres el esposo de esta hermosa mujer. Algunos hasta están preguntando en qué momento te casaste y vas a tener tu segundo hijo, sin imaginar que esta mujer fue mi prometida, la cual aún amo… y ahora espera dos hijos de mi sobrino, que sigue casado.

—Digo esto con todo respeto hacia ti, Victoria. Tampoco quiero que sientas que te estoy ofendiendo ni mucho menos hacerte sentir mal, pero es la realidad. Mírales la cara a todas esas personas que están aquí, incluso diría que algunos te miran con envidia. Y si supieran que aún sigues aferrado al recuerdo de tu difunta esposa…

El señor Enrique quedó mirando a su hermano fijamente, tratando de descifrarlo y al mismo tiempo entender por qué ese odio tan desmedido hacia él. Siempre había sido un hermano comprensivo, había cubierto cada cosa mala que él hacía, y aun así no lograba que su hermano sintiera amor por él. Enrique sostuvo la mano de Victoria con más firmeza, alejándola de Franco, y eso solo hizo que el hombre sintiera más odio hacia su hermano.

Fernanda había caminado hasta donde estaba su hermana, tomada de la mano del señor Enrique. Su cabeza estaba llena de preguntas: si realmente los hijos que esperaba Victoria eran de ese hombre, y si esa era la razón por la cual no le había dicho quién era el padre.

La chica se sintió frustrada, porque si eso fuera verdad, su cuñada tendría aún más razón para juzgarla. Se acercó a su hermana tratando de tranquilizar la incomodidad que sentía al ver cómo el señor Enrique sostenía su mano con tanta firmeza y lo protector que estaba siendo con ella.

—Hola, Vicky, ¿cómo estás? Quiero decirte que hoy luces hermosa. El embarazo te sienta de maravilla. Aunque creo que me estás evitando, quiero que sepas que ocupas un lugar muy importante en mi corazón, y también quiero recordarte que soy tu hermana, no solo José y Vivian.

Victoria abrazó a su hermana con ternura, comprendiéndola. Desde pequeña, Fernanda siempre había sido muy celosa, y Victoria le recordó que ella era una persona muy importante en su vida. Mientras las dos conversaban, Diana se acercó con esa arrogancia que siempre la caracterizaba. Ni siquiera saludó; todo lo que salió de sus labios fueron palabras hirientes.

—Miro que, a pesar de llevar ropa de marca, sigues siendo la misma pueblerina. Por cierto, nunca vas a lucir a la altura de mi hermano, pues siempre te ves tan… económica. Y tú, ¿por fin lograste atrapar a un De la Torre? Ah, no… estoy equivocada. No lo han atrapado. Más bien diría que te has convertido en su amante. Pensaste que quedando embarazada de él ibas a lograr algo. Eres solo una vieja ridícula. Por si no te has dado cuenta, eres mucho mayor que él.

Fernanda la ignoró por completo. Ya estaba acostumbrada a las palabras de su cuñada. Solo miró a su hermana, pidiéndole una explicación con la mirada. Victoria sintió que las manos le sudaban de los nervios; no sabía cómo empezar a explicarle lo que estaba pasando con Enrique.

En ese momento, fue salvada por la señora Raquel, que se acercó con una inmensa sonrisa.

—Hola, Victoria, ¿cómo estás? Me alegra tenerte aquí. Déjame decirte que el embarazo te sienta de maravilla. No sabía que estabas saliendo con mi cuñado, pero hacen una excelente pareja.

Victoria se sintió muy avergonzada. Quería salir corriendo de aquella fiesta; se arrepentía de haber asistido.

Melisa se acercó donde estaban las mujeres, y al escuchar lo que dijo la señora Raquel comenzó a reírse. Entre más se reía, más incómoda se sentía Victoria.

—Ay, señora Raquel, usted siempre tan amable… pero veo que no está muy bien informada. Esta mujer que usted mira aquí, que aparenta ser decente, no es más que una descarada. Y por cierto, el hijo que espera no es de su cuñado… sino del hijo de su cuñado. Aunque me duela decirlo, es la amante de mi esposo.

Mientras Melisa decía aquello, miró a Victoria de arriba abajo. Fernanda quedó de una sola pieza; no podía creer que lo que decía esa mujer fuera cierto. Su hermana siempre había sido intachable. ¿Cómo iba a meterse con el sobrino de su ex prometido?

—No conoces a mi hermana, no tienes por qué hablar así de ella. Sé que nunca se metería con un hombre casado, ni andaría con el hermano de su ex prometido —respondió Fernanda.

La sonrisa de Melisa aumentó.

—Ay, querida, estás atrasada. No le estoy levantando ninguna calumnia. Esta mujer es una cínica arrastrada que, como no pudo atrapar a Franco, intentó atrapar a mi esposo. Y como no pudo, ahora intenta atrapar al padre.

Sin que nadie lo esperara, Vivian levantó la mano y bofeteó a Melisa.

—No quiero que vuelvas a decir ni una frase más sobre mi hermana. No la conoces. No es como tú, una mujer que se arrastra a los pies de un hombre que ya no la ama. Te encanta vivir de apariencias. La cínica aquí eres tú.

Las mujeres quedaron con la boca abierta al ver cómo reaccionó Vivian. Algunos invitados estaban sorprendidos. Victoria tomó a Fernanda de la mano y se alejó de esas miradas.

Ya solas, Fernanda miró directamente a su hermana.

—Quiero que me digas quién es el padre de tus hijos. Espero que lo que dijo esa mujer allá afuera no sea cierto.

Victoria levantó la mirada al cielo, contuvo la respiración y las lágrimas, y trató de que su voz sonara firme.

—No tengo absolutamente nada con el señor Enrique. Y si quieres saber quién es el padre de mis hijos, te lo diré… y sí, es el hijo del señor Enrique De la Torre.

Fernanda, al escuchar aquello, se sentó en un sillón del jardín. Miró hacia la nada por un largo rato. Luego volvió la mirada a su hermana:

—Sabes que para mí siempre has sido una mujer impecable, pero esto que estoy escuchando me decepciona. A partir de ahora no eres mi hermana. No voy a cargar con tu vergüenza ni con tus pecados. No sabes cómo me ha costado adaptarme a esta familia, todos los insultos que he recibido, los cuales he callado por amor a mi esposo. Y ahora, ¿sabes cómo me van a llamar por tu culpa? La casa fortuna.

Vivian no podía creer lo que escuchaba.

—¿En serio, Fer? ¿Tú, de todas las personas, diciendo eso? Tú sabes cuántas cosas ella dejó atrás por ti. Dejó de vivir, de ser feliz, de respirar… hasta podría decir que te dio su oxígeno. ¿Cuántas veces te curó las heridas, cuántas te consoló, cuántas estuvo despierta cuando te enfermaste? ¿Cuántas lloró cuando te casaste, y aun así te dio libertad para ser feliz? Y ahora tú eres la juez de la mujer que dejó todo por ti, por mí, por José. Ni siquiera has escuchado su versión.

Fernanda no dijo nada. Dio la vuelta y las dejó ahí.

—No debes sentirte mal por lo que dijo —le dijo Vivian a Victoria—. Está dolida y no sabe cómo asimilar lo que pasó. Pero te ama.

Victoria no dijo nada. Levantó la cara al cielo y, al bajarla, su rostro estaba empapado en lágrimas. Se sentía rota. Había ido a la fiesta para compartir con su hermana, y ver su reacción la había destrozado.

—Déjame un momento a solas… necesito pensar.

Vivian la respetó y la dejó sola. Victoria permaneció allí, mirando hacia la nada, hasta que alguien puso una mano en su hombro.

—Lo siento, Victoria. Todo esto es culpa mía. Si años atrás te hubieras convertido en mi esposa, no estarías viviendo esta vergüenza —dijo Franco.

Sin voltearse, Victoria respondió:

—No es tu culpa, Franco. Son etapas que uno debe vivir. Tú por lo menos tuviste el valor de decirme lo que sentías en ese momento. Lloré, me dolió, te odié… pero ahora que tengo la madurez suficiente, siento que fue lo mejor. Quizás la vida nos iba a separar después, y habría sido más doloroso. Pero ahora te ofrezco mi amistad. No puedo decirte que sigo enamorada de ti, porque no es así.

—Porque te enamoraste de él, ¿verdad? —insistió Franco—. Él no te merece, nunca te amará como yo. Para él solo eres un capricho. Yo soy el hombre que siempre te va a amar.

—Creo que estás confundido. Tú no me amas. Si me hubieras amado, habrías corrido hacia mí hace mucho tiempo… y eso nunca pasó.

Victoria vio que se acercaba la mujer que la había insultado primero, y trató de irse, pero Diana la sostuvo con una sonrisa malévola.

—Miro que tiene usted, señorita Hernández, muchos hombres para consolarse. Si no le funciona con Franco, corre a los brazos de mi otro tío, y si no, al hijo. Creo que va a acabar con esta familia.

—Usted no me conoce, así que no debería juzgarme tan deprisa.

—Es cierto, no la conozco… pero lo que he escuchado de usted no ha sido nada bueno.