Capitulo 38
Te has dado cuenta de que ahora yo parezco la hermana mayor y tú la menor, ¿verdad? Pero, aunque no lo creas, esa actitud que has tomado me agrada; estás actuando como una adolescente que, cuando hace algo malo, hay que regañarla. No me digas que estabas jugando al gato y al ratón con el señor de la Torre.
—¿Por qué no comienzas contándome todo lo que hicieron anoche? No me digas que solamente durmieron, porque no te lo creo.
—Aunque no lo creas, no hicimos nada. No te voy a negar que fue difícil para mí, pues tener a ese hombre a mi lado y no hacer el amor con él es un reto.
—Y aprovechando que tú me estás interrogando, ¿por qué no me dices si ya te acostaste con Andrés?, ¿si te gustó?, ¿si te cuidaste?
—La verdad es que no he dado ese paso con él, pero he estado a punto. Es un hombre extremadamente sensual, pero cada vez que vamos a llegar a ese punto siento miedo, y él me ha dicho que me dará el tiempo que necesite, hasta que yo esté segura.
Victoria observaba cómo a su hermana se le iluminaban los ojos cuando hablaba de Andrés. Era evidente que estaba perdidamente enamorada de ese caballero y esperaba, con todo su corazón, que él no la desilusionara. La abrazó y luego se dirigió a su recámara. Al llegar, se acostó boca arriba y acarició su vientre.
Su celular comenzó a sonar y, al ver el nombre en la pantalla, respondió rápido: era el padre de Enrique, el hombre que todos los días estaba pendiente de ella.
—Buenos días, señorita Hernández, ¿cómo amanece?
—Buenos días, señor de la Torre.
—No quiero que me vuelvas a llamar señor de la Torre. ¿Por qué no me dices “Enrique número dos”? —dijo el hombre con una sonrisa—. Te llamaba para decirte que hoy yo seré la persona que irá a recogerte para ir al cumpleaños de mi hermano. Sé que estás invitada y no acepto un no por respuesta. Sabes que tu hermana te estará esperando.
Victoria le dio las gracias y cortó la llamada, prometiéndole que estaría ahí. No quería ir, pero le había prometido a su hermana que asistiría, y ella siempre cumplía sus promesas.
El celular volvió a sonar: esta vez era un mensaje. Al abrirlo, vio un número desconocido y una foto de Enrique junto a su esposa.
“No importa cuántas veces él se revuelque contigo, siempre volverá a mí. Y quiero que sepas que tus hijos siempre serán unos bastardos, a los cuales Enrique nunca reconocerá. Él nunca ha estado preparado para ser padre. Tú siempre serás el pasatiempo de mi esposo.”
Al leerlo, Victoria sintió frustración, desilusión y rabia. Respiró profundo, calmó sus emociones e ignoró el mensaje.
Después de dormir un rato, salió de la habitación. Su hermana había preparado un almuerzo delicioso.
—Adivina qué nos acaba de llegar: nuestro querido hermano, que nos ama tanto, nos envió unos hermosos vestidos. Dice que es porque hemos hecho un excelente trabajo; espera que tú lo luzcas y que habrá un fotógrafo tomándote fotos.
Victoria tomó el vestido. Era precioso. Al probárselo, le quedaba perfecto, como si lo hubieran hecho especialmente para ella. El vestido lucía espectacular en su cuerpo.
—Te ves preciosa con ese vestido; incluso debo decir que el embarazo te sienta de maravilla.
Después de conversar y almorzar juntas, Victoria pasó un largo momento en el jardín que ella misma había creado. Ya no era solo una casa: era un hogar.
Mientras tanto, Enrique encontró a Melisa aún en la cama. Se preocupó: ella siempre había sido activa, dedicada a su carrera. Verla así lo inquietó. Ella, con rostro triste y adolorido, le dijo lo mal que se sentía. Él intentó llevarla al médico, pero ella se negó. Le dio algunos medicamentos, pidió que le prepararan una sopa —que él mismo le dio— y se quedó con ella hasta quedarse dormido.
Melisa aprovechó ese momento para tomar su celular. Con la huella logró desbloquearlo. Al ver la cantidad de fotos que él tenía con Victoria, se irritó profundamente: con ella tenía pocas; con Victoria, un álbum entero. Tuvo que inhalar varias veces para no estrellar el celular contra la pared.
Cuando él despertó y le preguntó cómo se sentía, ella sonrió con ternura:
—Gracias, amor, por preocuparte por mí. Ya me encuentro mejor. Eres el mejor hombre del mundo, el que llevo tatuado en mi corazón. Eres la persona más importante de mi vida y no imagino mi vida sin ti.
Enrique miró la hora: 6:30. Recordó el compromiso con su tío Antonio, el hombre que siempre había estado para él, incluso enfrentándose a su madre.
—Sabes que hoy mi tío cumple años. Iré a felicitarlo un rato y luego vuelvo.
—Tranquilo, amor —dijo ella levantándose—. Yo iré contigo. Siempre he estado a tu lado en sus cumpleaños, y esta vez no será la excepción.
Ella estaba segura de que Victoria estaría allí… y quería dejar claro quién era la esposa.
Enrique no quería que fuera.
—Creo que es mejor que te quedes en casa para que te recuperes.
—No te preocupes, me alistaré —respondió, sin aceptar un no.
Él fue a la ducha, sin notar que Melisa entró completamente desnuda.
—Te deseo, mi amor. Llevamos mucho tiempo sin hacer el amor y eso me está volviendo loca. No digas nada… y toma.
Era hermosa, perfecta… pero él no reaccionó. No era como con Victoria: bastaba que ella rozara su pierna para que él perdiera el control.
—Lo siento, pero si hacemos el amor ahora, llegaré tarde. Sabes que no me gusta ser impuntual; la puntualidad define a un hombre.
Ella intentó acariciarlo, pero él se negó, tomó un baño rápido y salió. El odio de Melisa hacia Victoria ardió todavía más. Ahora sabía que debía acabar con ella.
Enrique se vistió con un traje negro impecable: poderoso, atractivo. Melisa bajó con un vestido rojo ajustado, hermosa. Lo besó suavemente. Él estuvo a punto de decir algo, pero ella salió primero.
—Si no te has dado cuenta, ya son las ocho —dijo—, y dijiste que no te gusta ser impuntual.
Al llegar a la casa de su tío, Enrique notó cambios. Era una fiesta grande, con mucha gente. Varias chicas se ponían nerviosas solo con verlo entrar.
Diana, al verlo, sintió que el corazón se le aceleraba. Y, aunque siempre había odiado a Melisa, ahora sentía que compartían algo: el mismo enemigo… Victoria.
Se acercó:
—Hola, Melisa, hoy luces hermosa. Tú también, nena, luces espectacular. Hola, Enrique, ¿cómo estás?
Él se sorprendió.
—¿Te encuentras bien, Diana? ¿No estás enferma? —dijo, tocándole la frente.
Ese gesto la estremeció por completo.
—¿Por qué crees que estoy enferma?
—Porque es raro que me saludes. No me digas que te caíste de la cama, perdiste la memoria y te despertaste amándome… o pretendes envenenarme hoy —dijo guiñándole un ojo.
Y su amor enfermizo creció aún más.
A las 9:30, Victoria entró de la mano del padre de Enrique, con su hermana al lado. Estaba radiante. Al verla embarazada, todos voltearon. Nadie sabía que él tenía “esposa”. La sorpresa fue general.
Si la mirada matara, Victoria ya estaría muerta: Melisa la miraba con deseo de destruirla. Enrique la miraba con amor. Franco, con hambre. Diana la odiaba sin motivo. Y Fernanda, en cambio, le sonreía con ternura y la abrazó.