Capitulo 37
El hombre acariciaba la cabellera de la mujer con tanta ternura, dándose cuenta de que ella era la persona por la cual su corazón había vuelto a latir. Y aunque no lo dijera, era la única que le hacía sentir miedo… miedo de que se fuera de su vida, miedo de perderla. Mientras ella sentía el agua tibia recorrer su cuerpo, se fue quedando dormida, y él seguía en la misma posición, solo observándola. ¿Cómo iban a ocultar ese amor que había nacido en medio de una mentira?
Una caricia en su mejilla la despertó.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Son las diez de la noche —contestó él.
Ella se paró rápidamente intentando salir, pero él la tomó de la mano. Mirando su enorme vientre, depositó un suave beso sobre él.
—Hoy no te irás. Te quedarás conmigo. No te preocupes, Victoria… no hay una parte de ti que no conozca, incluso aquel lunar que tienes en las nalgas.
Ella abrió los ojos grandemente por lo que acababa de escuchar. Miró para todos lados y, al girar, notó que él sostenía su vestido y su brasier.
—Creo que dormir con esto es muy incómodo —dijo él—. Así que, ¿por qué no buscas algo cómodo y te lo pones?
Salió de la habitación y ella se quedó mirándolo, sin poder creer que estaba siendo controlada por un hombre menor que ella.
Al salir a la sala encontró a Andrés sentado; era de imaginar que el hombre lo iba a esperar. Enrique se sentó, lo miró fijamente y dijo:
—Quiero que comiences a hablar, y espero que la explicación que me des sea coherente. Sabes que eres como un padre para mí y el hombre en el que más confío. ¿Por qué carajos no me dijiste que Victoria estuvo en la clínica? ¿Por qué no me llegó ningún reporte de la persona que la está siguiendo? Algo me dice que mi padre tiene mucho que ver en esto.
—En eso tienes razón —respondió Andrés—. Si no te llegó ese reporte, es porque tu padre así lo quiso. Y sabes que llevarle la contraria es demasiado difícil. Al darse cuenta de que te habías ido de viaje con tu esposa, decidió no avisarte que Victoria estaba en la clínica. Él siente que tu esposa es un peligro para ella. No hubo poder humano que lo hiciera cambiar de opinión. Prefirió dedicarse él mismo a cuidarla. ¿Sabes cuántas veces le pedí que te avisara? Muchas.
Andrés se levantó, se acercó a Enrique y le dio un abrazo que el hombre no respondió. Eso fue suficiente para entender que seguía enojado.
—No sé qué secreto tiene tu padre sobre tu esposa, pero para él… ella no es lo que aparenta —dijo antes de salir del departamento.
Enrique se quedó sentado, analizando esa última frase. Sabía que preguntarle a su padre solo le traería evasivas. Sintió la necesidad de investigar a su esposa, pero también sentía que sería traicionarla. No porque la amara… sino por el enorme agradecimiento que le tenía.
Entró a la recámara y encontró a Victoria con una de sus camisas. Por su enorme barriga, se veía apretada. El hombre acarició su pierna.
Entre dormida, ella murmuró:
—Enrique, déjame dormir.
Él se acostó a su lado y la atrajo con delicadeza. Sentirla cerca lo hacía el hombre más feliz. Se acercó a su oído y le susurró un “te amo”, al que ella respondió entre sueños con un “yo también”.
Diana llegó al lugar donde Melissa la había citado. La vio sentada con la misma arrogancia que siempre la irritaba, pero puso su mejor cara y la saludó con dos besos.
—Me encantaría decirte que estoy muy bien —dijo Melissa—, pero no sé mentir. Necesito desahogarme. ¿Conoces a una mujer llamada Victoria? La prometida de tu tío Franco… ahora amante de mi esposo.
Diana levantó una ceja.
—No es nuevo para mí. Mi tío está obsesionado con esa mujer. Ahora no hace más que coleccionar cada revista en la que ella sale.
Mientras Melissa hablaba, Diana se sentía… feliz. Nadie lo sabía, pero Enrique siempre había sido su amor secreto, ese amor prohibido que había decidido odiar porque sabía que jamás lo tendría. Era su oportunidad: hacerse amiga de Melissa, acercarse a Enrique… y alejar a Victoria.
—No soy tu amiga —dijo al fin—, pero lo primero que debes hacer es ser la esposa más cariñosa y dedicada. Y lo segundo: alejar a esa mujer de la vida de tu esposo. Lo único que quiere es su dinero. Como no pudo atrapar a Franco, ahora va tras Enrique.
Melissa analizó cada palabra. En eso tenía razón… pero ¿cómo alejarla, si ahora esa mujer estaba esperando dos hijos de su esposo?
Al llegar a casa, Melissa notó que Enrique no había vuelto. Por primera vez desde que se casó, lloró como una niña, desesperada por perder al hombre que amaba. Miró el enorme cuadro de su boda, lo acarició y murmuró:
—Prefiero verte muerto que con otra mujer.
Ese amor… ya era enfermizo.
Las ganas de ir al baño despertaron a Victoria. Estaba atrapada en los brazos de Enrique. Lo miró un rato, acarició su rostro y besó suavemente sus labios.
—No importa cuántas veces me enoje contigo… eres el amor de mi vida. Llegaste tarde, pero llegaste —susurró.
Enrique abrió los ojos y secó su lágrima.
—No es un amor imposible —dijo, acariciando su vientre—. Es un amor posible.
Ella sonrió triste.
—Se te olvida que soy mayor que tú.
—En años, sí. Pero en experiencia, yo soy mayor que tú. A todo le tienes miedo… y eso se llama inexperiencia.
—Si ser inexperta es no querer estar con un hombre casado, entonces lo soy. No pretendo ser tu amante —respondió, entrando al baño.
Él fue tras ella. La ayudó a levantarse y susurró:
—Esta mano siempre te sostendrá.
El celular sonó. Era Vivian, preocupada. Luego vio mensajes de Fernanda recordándole el cumpleaños del señor Antonio. Respondió prometiendo asistir.
Mientras intentaba vestirse, Enrique la observaba.
—¿Por qué tanta prisa? Quédate a desayunar conmigo.
Ella suspiró.
—Me quedé en contra de mi voluntad.
Él le subió el cierre del vestido.
—Antes de irte, desayuna.
Pero cuando salió de la ducha… ella ya se había ido.
En el taxi, algo le pareció raro, pero lo ignoró. Al llegar, Fernanda la reprendió.
—Lo siento, pensé que Andrés te había avisado —respondió Victoria.
Enrique, al encender su celular, vio las llamadas de Melissa… y decidió devolverle la llamada.