¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 36
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Capitulo 36

Mientras él acariciaba el vientre de la mujer, ella se había calmado. Lo miraba con amor y, entre dientes, dijo:

—Muchas veces el amor no es suficiente cuando comienza con una mentira.

A pesar de que lo había dicho tan bajo, el hombre logró escucharla, pero hizo de cuenta que no había escuchado nada.

Ya las manos de él no estaban en la barriga de la mujer; ahora acariciaba, disimuladamente, la pierna de ella. Comenzó a subir cada vez más la mano. Al mirar lo que él estaba haciendo, ella le preguntó:

—¿Qué estás haciendo, Enrique?

Él no respondió nada y siguió con lo que estaba haciendo. Las manos del hombre hacían que la mujer se erizara mientras él recorría despacio, pero con firmeza, su pierna, ocasionándole muchas sensaciones. Solo ese gesto la hizo vibrar de deseo.

Ella intentó retirar la mano del hombre, pero él la subió con rapidez, tocando su zona prohibida. El hombre esbozó una sonrisa perversa.

—Realmente llegué a pensar que te molestaba lo que estaba haciendo, pero me doy cuenta de que no. Tu boca puede mentir, pero tu cuerpo no. Toda tú, Victoria, tiene mi huella… y a lo que yo le pongo huella, tenlo por seguro, nadie es capaz de borrar.

Al mirar la forma en que él hablaba y con esa seguridad, la mujer quitó la mano del hombre con fuerza.

—Mira, Enrique, me tienes cansada de que me trates como un objeto. Pienso que eres un chiquillo malcriado que cree que puede someter a las personas a sus reglas, pero yo no entraré en ellas. Estoy muy cansada. Ahora te exijo que me lleves a mi casa.

El hombre hizo de cuenta que no escuchaba nada. Le tomó la mano con suavidad y depositó un beso en ella.

—Me encantaría que pases la noche conmigo. Te he extrañado demasiado. En todo este tiempo no he logrado dormir bien.

Ella se preguntaba si el hombre se estaba volviendo loco o si, simplemente, no escuchaba lo que le estaba pidiendo. El celular de él comenzó a sonar, y Enrique intentaba ignorar la llamada al mirar el nombre de la persona que lo llamaba.

—Está bien, señor De la Torre —dijo ella—. Haga de cuenta que yo no estoy aquí. Puede contestarle la llamada a su esposa. Eso le hará entrar en razón: usted es un hombre casado y yo soy una mujer completamente soltera. Puedo cenar con quien se me dé la gana y salir con quien se me dé la gana. Como ve, no tengo relación con nadie; no estaría siendo infiel.

El rostro del hombre cambió totalmente. Ahora estaba completamente rojo de ira. La atrajo hacia él.

—Mírame bien, Victoria. No soy un chiquillo: soy un hombre. Y por lo que veo, soy el único hombre que has tenido en tu vida, porque el resto no han sido verdaderos hombres. Quiero que te grabes algo: si eres una mujer comprometida, no puedes salir a cenar con nadie. Y, sobre todo, no eres una mujer soltera. Si te vuelvo a ver cenando con Franco, no te gustaría ver lo que le puedo hacer. No me conoces, Victoria. Puedo ser el hombre más tierno… o el más peligroso, si me lo propongo.

—Ah, y otra cosa —añadió—: a pesar de que te dije que no quería verte de modelo de tu hermano, lo sigues haciendo. ¿Sabes por qué la revista sigue al público? Porque yo así lo quiero. Y si me haces enojar, quizás mañana desaparezca… igual que los diseños de tu hermano.

Victoria contuvo la respiración un largo rato, dándose cuenta de que Enrique la estaba amenazando y que el hombre era demasiado controlador. Lo que menos quería era hacerle daño a su hermano, un hombre que había luchado mucho para llegar donde estaba. Había trabajado tan duro que no sería ella quien destruiría lo que él había construido.

Su hermano estaba a punto de lanzar su nueva colección, y ella sabía que lo que Enrique decía era verdad: el hombre era demasiado poderoso y, solo con chasquear los dedos, era capaz de destruir todo lo que su hermano había logrado.

—Sé que no eres capaz de hacerle eso a mi hermano. Tú no sabes cuánto ha trabajado —dijo ella—. No serías tan cruel, Enrique.

—No me conoces, Victoria. Si sigues en esa revista es porque vi que no podías estar todo el día encerrada en casa. Eres demasiado activa, y sé que eso te causaría depresión. Lo último que quiero es hacerte daño. Vi que eso te hacía feliz y decidí no oponerme. Por eso cambié de fotógrafo: no quería que fuera un hombre, sino una mujer. No estaba de acuerdo con el fotógrafo que tenía tu hermano y decidí cambiarlo.

Ella no podía creer lo que escuchaba.

—Estás completamente loco, Enrique. Estás intentando manejar mi vida a tu antojo. ¿Cómo se te ocurre hacer que una persona pierda su trabajo solo por un capricho tuyo? ¿Qué es lo que realmente quieres de mí? ¿Volverme loca?

—Lo último que quiero es que te vuelvas loca. Y si pasa, yo mismo te devuelvo a la normalidad. Pero no quiero verte cerca de Franco.

—¿Eso es lo que te preocupa? —respondió ella—. Relájate. Con Franco no tengo nada, ni lo tendré. Quizás una amistad. Por él no siento nada. Ojalá pudiera decir lo mismo de ti… nada.

—Señor, creo que es mejor que deje a la señorita Hernández tranquila. El médico recomendó que no estuviera alterada —dijo Andrés.

Enrique lo miró fijamente. No dijo nada, pero eso fue lo que más preocupó a Andrés.

—Llévame a la empresa, por favor —pidió ella.

El hombre condujo hasta el lugar que su jefe había pedido. Al llegar al enorme edificio, Enrique tomó la mano de Victoria para que bajara del auto, pero ella no quería hacerlo.

—Está bien, no voy a pelear contigo —dijo él—. Pero necesito hablar contigo.

Un poco renuente, la mujer bajó del auto y lo siguió. Al llegar al último piso, que ya conocía, abrió la puerta del apartamento y quedó fascinada con el olor: todo estaba impregnado con ese perfume tan exquisito que él usaba.

Ella tomó asiento mientras él caminó directamente a la habitación. Al salir, ya no llevaba el traje elegante: ahora tenía una sudadera y una camisa que lo hacía lucir casual, pero muy sexy. Ella se quedó mirándolo un largo rato, como una idiota, y luego desvió la mirada.

—¿Qué quieres de beber? —preguntó él.

—No quiero nada de beber, Enrique. Tengo hambre.

Eso lo tomó por sorpresa.

El hombre fue a la cocina, buscó en la nevera y agradeció que Andrés siempre la tuviera llena. Sacó un pedazo de salmón y comenzó a prepararlo. Al cabo de un rato salió con un plato exquisito. Al verlo, ella olvidó todo y se dirigió rápidamente hacia la mesa.

Mientras comía con ganas, dijo:

—¿Sabes qué quiero comer? Papas fritas, hamburguesa, perro caliente…

—Sabes que no puedes comer eso, Victoria. Debes alimentarte bien.

—¿Y por qué crees que lo estoy mencionando? —respondió—. Porque no las he comido. Y quiero una hamburguesa. Aunque… déjame decirte que esto te quedó delicioso. Ahora tráeme el jugo.

Él se levantó, fue a la nevera, preparó un jugo y se lo sirvió. Pero cuando ella lo llevó a sus labios, frunció el ceño.

—No me gusta el jugo al clima. No tiene hielo.

El hombre levantó una ceja, resignado, y volvió a la cocina. Le puso hielo y se lo trajo. Ahora sí, ella lo bebía a gusto.

—En todo este tiempo no has dicho nada, Enrique. Estoy cansada. Mira mis pies —se los mostró—. Están hinchados.

Él se arrodilló, tomó uno y lo acarició.

—Creo que es mejor ir al médico.

—No te asustes. Es normal. No es fácil llevar dos niños en el vientre. No me quejo, pero he estado todo el día de pie.

—Te caería bien un baño tibio —dijo él, entrando al baño y llenando la bañera.

Ella negó con la cabeza.

—No quiero bañarme. Solo quiero ir a casa. No quiero quedarme contigo.

—Está bien —respondió—. Te das el baño, conversamos un rato y luego te llevo.

Entró tras ella. Ella intentó apartarlo:

—Tranquilo, no necesito ayuda.

Pero él bajó el cierre del vestido, desabrochó su brasier y vio caer la prenda. Aunque la ropa interior no era sensual, él estaba completamente erizado. La ayudó a entrar a la bañera. Al darle la mano, sus senos quedaron a la vista y él tragó saliva, frustrado por no poder hacerle el amor.

Mientras tanto, Melisa había llamado varias veces, pero el celular de Enrique iba a buzón. Estaba furiosa. Una foto de Enrique saliendo del restaurante con Victoria la descontroló. Arrojó el celular contra la pared. Ya sabía que necesitaría otro.

Si el hombre que había contratado para desaparecer a Victoria no lo hacía, entonces lo haría ella misma.

Tomó su teléfono de repuesto y llamó a Franco: no contestó. Llamó a Dayana: tampoco. Desesperada, decidió llamar a Diana. Ella respondió enseguida. Con voz tranquila, Melisa la invitó a tomar una copa de vino, cosa que tomó a Diana por sorpresa: nunca había intentado tener una amistad con ella.