Capitulo 35
Hasta donde yo tengo entendido, tu mujer se llama Melissa y es totalmente diferente a Victoria. También tengo entendido que eres un hombre casado. Lo que no logro entender es por qué Victoria es “tu mujer”, si sigues siendo un hombre casado —repitió el hombre—. Entonces, Victoria no vendría siendo tu mujer, sino tu amante… y esto lo digo con mucho respeto hacia ella.
—Quiero que te grabes dos cosas —respondió Enrique—: la primera, Victoria es en mi vida lo que yo quiero que sea.
Mientras los dos hombres hablaban, al escuchar esa frase, Victoria sintió que su corazón se encogía. Ya no latía tan fuerte como hacía un segundo; ahora una punzada le atravesaba el pecho. Se sentía decepcionada.
Enrique volvió a mirarla fijamente. Esta vez ella estaba totalmente roja, pero eso a él no le importó.
—Si no quieres que te saque arrastrada de aquí, contaré hasta tres para que te pares de esta mesa. ¿Acaso se te olvidó lo que te dije? Te tengo vigilada. ¿Con qué derecho sales con este imbécil? ¿No te prohibí hacerlo?
En ese momento, ella se preguntaba desde cuándo él mandaba en su vida.
—Creo, sobrino, que no te conviene un escándalo ahora —intervino Franco—. Hasta donde sé, en la revista sales como el hombre más enamorado de tu esposa, disfrutando una segunda luna de miel. Y sería muy feo que mañana aparezcas en la misma página de chismes peleando en un restaurante por una mujer diferente a la que el público conoce.
—No me interesa lo que digan de mí mañana —respondió Enrique—. Pero que me la llevo… tenlo por seguro. Ah, y por cierto, por si no lo sabías: yo soy el padre de los hijos que ella espera. Y no solo eso… ahora soy dueño de su corazón, aunque ella no lo quiera aceptar.
Apenas terminó de decirlo, se levantó.
—Párate, Victoria.
Ella seguía sentada, a pesar de la orden.
—Te acabo de decir que te pares. Si no, te saco cargada.
Victoria se levantó. Franco estaba que explotaba de ira, pero entendió que no era el momento. Ya habría tiempo para destruir la arrogancia de su sobrino.
Mientras salían del restaurante, Enrique intentó tomarle la mano, pero ella la retiró de inmediato.
—Súbete al carro. No intentes tomar un taxi.
Al entrar, saludó educadamente a Andrés, aun estando furiosa. Intentó calmarse para poder hablar con Enrique.
—Mira, Enrique, estoy cansada de tu actitud. Siempre me tratas como si fuera un objeto. Te largaste tres meses y, de repente, apareces en mi vida a exigirme con quién debo estar. Tú no eres nadie para hacer eso.
El hombre guardó silencio, intentando controlar su ira.
—Entonces ahora vamos a jugar a tu modo —continuó ella—. Allá dentro me estabas exigiendo como si yo fuera tu mujer. Quiero que se te grabe lo que acabas de decir: eres mi mujer, la madre de mis hijos, y no debes andar con ese imbécil de Franco paseándote por toda Francia.
—Te largas tres meses con tu esposa a disfrutar de la vida, y regresas como un chiquillo malcriado a decirme qué hacer. En todo ese tiempo no me mandaste ni un mensaje, ni un “cómo están los niños”. No te importó que estuviera una semana en una clínica después de que tu esposa me golpeó… y ahora vienes a exigirme, Enrique.
No solo Enrique retuvo la respiración al escuchar eso; también Andrés. ¿Qué explicación le daría ahora a su jefe? Lo más seguro es que lo acusaría de traidor. Pero ¿cómo iba a llevarle la contraria al padre de Enrique? Estaba entre la espada y la pared.
Aun sin decir nada, Andrés entendió por la mirada de su jefe que luego tendrían una conversación seria.
—Lo siento —dijo Enrique al fin—. No sabía nada. No tenía idea de que habías estado en la clínica. Si lo hubiera sabido, habría sido el primero en llegar a tu lado.
Su expresión cambió. Ahora su mirada era suave, llena de ternura. Pero ella seguía enfadada.
—¿En serio me dices que no te diste cuenta? —replicó—. Me mantienes vigilada. ¿Crees que no lo noto? Cada paso que doy siento que alguien va detrás de mí.
—No lo hago para vigilarte —respondió—. Lo hago para protegerte.
—¿Protegerme? —susurró con ironía—. No será más bien porque no soportas perder el control. Todo debe estar bajo el control del señor Enrique de la Torre.
—Eres solo un chiquillo malcriado, manipulador, mentiroso… y me tienes cansada. Quiero que se te grabe esto: solo eres el padre de mis hijos. Entre tú y yo no existe nada más. No quiero que te me acerques.
Sin que ella alcanzara a reaccionar, él se acercó, la sujetó con fuerza y se aferró a esos labios que tanto había extrañado. Mientras la besaba, comprendió que aquella mujer, a la que meses atrás llamó “sin gracia”, se había convertido en su perdición.
Melissa subió la copa a sus labios y la saboreó como si fuera lo más exquisito del mundo. Luego miró al hombre frente a ella.
—Creo que la edad te está afectando. Te has vuelto un inútil. ¿Por qué no has terminado el trabajo que te encargué?
—Quiero que sea la última vez que me hablas así. No soy el mismo hombre.
—Claro que lo eres —respondió fría—. Sigues haciendo el mismo trabajo. Y yo soy una clienta que te paga muy bien. Ya deposité la mitad de lo que pediste, pero no veo resultados.
—La mujer que quieres que “despache” está muy bien cuidada. No tiene un guardaespaldas… tiene tres.
Melissa bebió nuevamente. Aquella revelación la sorprendió.
—No sabía que Enrique le había puesto guardaespaldas. ¿Tan importante es para él? —murmuró—. Por la actitud que tiene… es evidente que se enamoró. Lástima. Muy pronto irá a visitar a su primer amor.
—Ahora ves que no es tan fácil —añadió el hombre—. Te costará más.
—Está bien. Si quieres más dinero, lo tendrás. Pero quiero un trabajo perfecto. Nada debe relacionarme con eso.
Sabía que Franco ya la había amenazado, y que era peligroso —tal vez más que ella—. Si descubría lo que estaba planeando, bastaría un chasquido de sus dedos para destruirla.
Mientras Enrique la besaba, Victoria sintió por primera vez la patada de uno de sus bebés. Colocó su mano con ternura sobre el vientre. Él también lo sintió y besó suavemente el lugar.
Sus ojos brillaban.
—Ustedes son mi mejor regalo de cumpleaños.