Capitulo 34
Está bien —dijo la mujer—, y el hombre había retenido la respiración. Su corazón palpitaba rápidamente; incluso sus manos habían comenzado a sudar. Se sentía demasiado feliz de que ella hubiera aceptado aquella invitación, porque ese día iba preparado para un “no”, pero no estaba dispuesto a darse por vencido. Miró que su insistencia había dado un buen resultado.
Mientras ella se subía al auto, su hermana, con la mirada, le estaba diciendo que no lo hiciera. No estaba de acuerdo con que estuviera nuevamente cerca de aquel hombre que tanto daño le había hecho en el pasado. De camino al restaurante, el hombre conducía con lentitud y no había dicho ni una palabra, porque no sabía cómo empezar la conversación.
Después de estar un largo rato en silencio, intentó relajar sus nervios y preguntó:
—¿Cómo has estado, Victoria? ¿Cómo está tu bebé?
Ella se sorprendió, porque cuando él había visto que estaba embarazada la había gritado.
—Mis bebés se encuentran muy bien —respondió.
Al escuchar “mis bebés”, él se quedó sorprendido. Nunca llegó a pensar que serían dos. Pero tampoco dijo nada.
—Me alegra mucho.
La mujer le dio las gracias, y en ese momento él anhelaba volver al pasado para que esos bebés fueran suyos. Sabía muy bien que, desde muy joven, ella siempre había querido tener una familia muy grande.
Al llegar al restaurante miró lo lujoso que era.
—Creo que no era necesario venir a un lugar tan lujoso…
—Creo que tú mereces lo mejor —dijo él.
Ella decidió no responder. El hombre le abrió nuevamente la puerta del auto, y al salir miraba todo el lugar: no podía negar que era demasiado hermoso.
Al entrar, notó que el interior era aún más impresionante que el exterior. Tenía una hermosa vista. Él le corrió la silla, como todo un caballero, para que se sentara. Ella se daba cuenta de que el hombre realmente había cambiado… quizás eran los años.
Él quería preguntarle quién era el padre del bebé. Había sacado muchas conclusiones, y la primera de ellas era que ese hijo podía ser del imbécil de su sobrino. Pero miró que no era el momento de hacerlo, pues apenas empezaba a acercarse a ella.
Entre más la miraba, más se daba cuenta de que no la había valorado cuando la tuvo a su lado. Ahora, que era algo imposible, veía lo hermosa que era, la sencillez que tenía… y esa sonrisa cálida que siempre lo había cautivado.
Mientras ella observaba la carta detenidamente, él dijo:
—Lo siento, Victoria, por haber sido un imbécil en el pasado. Aunque no lo creas, siempre te he tenido en mis pensamientos y nunca te he podido olvidar.
Ella dejó la carta a un lado y lo miró fijamente.
—Creo que lo que sientes por mí no es amor. Si hubiera sido amor, me habrías buscado hace mucho tiempo. Pero ahora, que me vuelves a ver, vienes y me dices que nunca me has olvidado. Eso me hace pensar que estás confundido. Si ese amor fuera real, habrías intentado corregir tu error hace mucho tiempo, Franco. Pero no lo hiciste… y ya es demasiado tarde.
Hizo una pausa y continuó:
—No te voy a mentir, no es mi forma de ser. En este momento de mi vida hay un hombre que se ha robado mi corazón. Y, aunque sé que nunca voy a poder estar en su vida, no lo puedo olvidar.
Respiró profundo.
—Lo único que puedo brindarte ahora es una amistad. No puedo decirte que sigo teniendo los mismos sentimientos por ti, porque aunque no fue fácil olvidarte, con el paso de los años lo hice. Y sí… me costó muchísimo, Franco.
Con el tiempo se había convertido en una mujer solitaria. Todos los hombres que llegaban a su vida recibían un “no”. Estaba llena de desconfianza, de miedo… incluso con la autoestima demasiado baja, sintiéndose menos.
—Hasta que llegó él —continuó—. Un hombre que, a pesar de sus mentiras, me devolvió la ilusión. Una de ellas —la más importante— es que voy a ser madre. Tú sabes que ese siempre fue mi sueño. Y la segunda… es que mi corazón volvió a latir, pero esta vez con más fuerza. Su mirada, su arrogancia, su forma de ser… despertaron en mí algo que creí perdido.
Con cada palabra que ella decía, él se sentía más decepcionado de sí mismo, dándose cuenta de lo que había perdido. Pero no estaba dispuesto a darse por vencido. Sentía la necesidad de volver a conquistarla, de volver a sentir que era suya… y, si no era así, prefería que no fuera de nadie, y menos del imbécil del cual ya sabía que ella estaba enamorada.
Por ahora, se conformaba con empezar a ser su amigo, para ganarse su confianza. Sonrió con dolor, tomó la mano de la mujer con ternura y depositó un suave beso en ella.
—Está bien, Victoria. Si lo que quieres es que sea tu amigo… lo acepto.
A pesar de que Enrique no compartía la misma cama con Melissa, seguía tratándola con la misma ternura y respeto. Ella era más amorosa, más dedicada, más comprensiva… y eso lo hacía sentirse culpable de no tener los mismos sentimientos por ella.
Iba de camino a su casa. Desde que había llegado, se había concentrado únicamente en el trabajo para no pensar en Victoria. Pero no servía de nada: siempre estaba pendiente del mensaje que podía llegarle de la persona que cuidaba de ella.
Un mensaje apareció en su celular. Al mirar la foto que le habían enviado, su ira despertó.
—Ya no iré a casa. Llévame a esta dirección.
Andrés no preguntó nada. Simplemente obedeció.
Durante todo ese tiempo, Andrés siempre había estado pendiente de Victoria: la llevaba, la recogía, y fue testigo de todas las veces que rechazó a Franco. Se sentía culpable por no haberle dicho a su jefe que ella había estado una semana en la clínica. El padre de Enrique se lo había pedido. Sabía que era lo mejor para los dos… y sobre todo para Victoria, porque sabía que la esposa de Enrique podía hacerle daño. Pero también tenía claro que, cuando su jefe se enterara, iba a perder su confianza… y, peor aún, iba a despertar su ira.
Mientras tanto, Victoria y Franco cenaban cómodamente. Recordaban el pasado de una forma bonita, sin incomodidad. Él no intentaba conquistarla: estaba actuando como lo que ella le había pedido… un amigo.
—Me di cuenta de que te casaste y que tienes un hijo. Me imagino que es igual a ti… debe ser muy apuesto.
El halago de la mujer le provocó muchas sensaciones.
—Claro que sí lo es —dijo, tomando suavemente su mano—. Pero si te soy sincero, si tuviera la madurez que tengo ahora… ese hijo lo hubiera tenido contigo.
El celular de Franco sonó. Al ver el mensaje, se sorprendió: Melissa le había enviado una foto exacta del lugar donde estaba cenando con Victoria. Lo estaba “felicitando”, dándose cuenta de lo lejos que podía llegar… pero él también lo era.
“Espero que la mantengas así, si no quieres que un día alguien sin querer le haga mucho daño… quizá mandarla al otro mundo.”
Franco apretó la mandíbula.
“No te atrevas a tocarle un pelo —respondió—, porque si eso llega a pasar… recuerda que yo soy peor que tú.”
Guardó el celular y miró a Victoria con una sonrisa cálida.
—Sabes, Victoria… aunque no lo creas, eres muy valiosa para mí. Nunca permitiría que te tocaran un pelo.
Enrique, al entrar al restaurante y mirar por todos lados, no la encontraba. Se sentía frustrado. ¿Qué hacía ella ahí con el imbécil de su tío?
Hasta que por fin los vio. Conversaban cómodamente. En Victoria no se notaba incomodidad; al contrario, lucía tranquila, con una sonrisa cálida en sus labios. La ira de Enrique aumentó.
Caminó con pasos apresurados hasta la mesa. Corrió una silla y se sentó sin haber sido invitado. Franco lo miró con ganas de asesinarlo, pero lo ignoró. Su mirada se dirigió a Victoria. Ella se preguntaba qué hacía allí, desde cuándo había vuelto, y por qué sentía que la estaba vigilando… ¿cómo sabía exactamente dónde estaba? Demasiadas preguntas en un segundo, sin tiempo para respuestas.
Al mirar alrededor para confirmar que nadie los observaba, Victoria notó la cantidad de guardaespaldas que él llevaba. Se sintió intimidada y retuvo la respiración por un segundo.
Con el rostro endurecido, miró a Franco directamente. Con aquella voz profunda y llena de arrogancia, preguntó:
—¿Con qué derecho te atreves a sacar a mi mujer?
Franco sonrió. ¿Desde cuándo Victoria era “su mujer”?
Aunque la frase fue dicha con calma, a Victoria se le erizó la piel. Sintió nervio… y emoción. Su traicionero corazón latió con fuerza al escuchar esas palabras:
Mi mujer.