¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 33
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Capitulo 33

Mientras Victoria acariciaba su vientre con ternura, se sentía culpable por haberse dejado llevar por la ira del momento. Miró lo irresponsable que había sido: sabía que, si hubiera perdido aquellos bebés, nunca podría perdonarse. Para ella, estar embarazada era un milagro; quizá por eso no podía odiar a Enrique, porque le había dado lo que más había anhelado en su vida.

Dándose cuenta de que llevaba una semana en el hospital, intentaba negarse a sí misma que no era importante que Enrique no la visitara, pero, en el fondo, se sentía triste. Anhelaba que él hubiera ido, así hubiera sido solo por un día. Sin embargo, eso no había pasado.

Fernanda fue a visitar a su hermana con su esposo, y Gustavo, al ver a su tío Enrique en la sala de espera, se acercó y se sentó a su lado. Lo miró fijamente, con voz cargada de preocupación.

—¿Sabes que Enrique nunca nos va a perdonar haberle ocultado que Victoria ha estado una semana en la clínica?

—Lo sé perfectamente —respondió el hombre—. Pero no lo hice porque no quiera que esté al lado de la mujer que ama ni de sus hijos. Todo lo contrario: estoy tratando de protegerla. Sabes que la esposa de Enrique no es lo que aparenta… y, además, Franco está completamente obsesionado con Victoria ahora que la volvió a ver.

—¿Por qué siento que sabes algo de esa mujer que yo no sé? —insistió Gustavo—. Tío, háblame claro. ¿Qué sabes de ella?

El padre de Enrique se levantó lentamente, le dio dos palmadas en el hombro y suspiró.

—Hay cosas que es mejor no saber… al menos, por ahora. Necesito pruebas para ponerlas delante de mi hijo. Sin pruebas, solo sería un hombre levantando calumnias contra la mujer que, supuestamente, ha estado a su lado.

Entró luego a la habitación. Encontró a las dos hermanas conversando tranquilamente. Fernanda, al mirarlo tan atento con Victoria, llegó a imaginar que estaba enamorado de ella; no entendía por qué, desde el primer día, él no se había despegado de su lado.

El hombre tomó la mano de Victoria con ternura.

—Señorita Hernández, la noticia que voy a darle la hará muy feliz. El médico acaba de darle el alta. Al fin descansará de la comida del hospital.

Tras recibir las indicaciones médicas, Victoria salió de la clínica. Al llegar a aquella inmensa casa que habían comprado para ella, miró todo a su alrededor… y, aun así, no sentía que fuera su hogar. Anhelaba su pequeña finca.

Miró por la ventana hacia el jardín y vio que las flores que había plantado comenzaban a crecer. Decidió ir a su recámara y le pidió a su hermana que no la molestara: necesitaba dormir.

Pero no podía conciliar el sueño. El pensamiento era siempre el mismo: Enrique.

¿Por qué no podía sacarlo de su mente?

¿Por qué se había metido tanto en su vida?

Recordaba cada caricia, cada palabra, cada gesto, su mirada, esa arrogancia que la hacía perder la cordura… y sentía su corazón latir cada vez más rápido. Tras mucho batallar, terminó quedándose profundamente dormida.

Al día siguiente, tocaron el timbre. Abrió los ojos lentamente: eran las seis en punto de la mañana. Pensó que quizá era su hermano. Se levantó con pereza y abrió la puerta. Era el guardaespaldas asignado por el padre de Enrique. A pesar de que ella se había negado, le había sido imposible llevarle la contraria al hombre.

Él recibió primero el paquete —las órdenes eran claras: si algo le pasa a esa mujer, tú serás el culpable—. Conociendo bien el carácter de Enrique, no se arriesgaría.

—Buenos días, señorita Hernández. Disculpe por despertarla, pero acaba de llegar este paquete —dijo, con cortesía.

Victoria lo recibió tranquila; pensó que era algún detalle de su hermano. Destapó la caja… y contuvo la respiración. No fue emoción: fue miedo. Encima había una nota, escrita con letras grandes:

“Muy pronto estarás bajo tierra.”

La sostuvo un largo rato entre los dedos. Luego miró las fotos: Enrique y Melissa.

Ella sonriendo, él tomándola de la cintura. Ambos lucían perfectos, casi la pareja ideal.

Se sintió rota. No había pedido estar en esa situación.

Si hubiera sabido, jamás se habría enamorado… pero ya era imposible.

Tomó la revista que venía en la caja y empezó a hojearla. Ahora entendía por qué su hermana había evitado que viera televisión: no quería preocuparla. Entre más leía, más comprendía que en la vida de Enrique no había espacio para ella. Todo había sido una mentira. Tendría que aprender a vivir con ese amor… y, sobre todo, ser fuerte por sus hijos.

Dejó la revista a un lado, junto con las fotos y la amenaza, y volvió a su habitación. Intentó contener las lágrimas, pero fue imposible. Lloró largo rato, hasta que comprendió que no solucionaría nada. Tenía que seguir su vida como si él nunca hubiera existido… aunque sabía que siempre estarían unidos por los hijos.

Se duchó, se cambió y bajó a preparar el desayuno. Al pasar por la sala, Vivian vio la caja y, por curiosidad, la abrió. Al ver las fotos y la amenaza, sintió un escalofrío. Fue a la cocina: su hermana estaba sentada, con la mirada perdida.

Se acercó y la abrazó.

—No le prestes atención a eso. Esa mujer está desesperada. Si no fuera así, no te mandaría cosas así. Quizá ya se dio cuenta de que su marido no la ama… y que otra mujer le ha robado el corazón.

—No siempre tienes que protegerme —respondió Victoria con voz cansada—. Soy mayor que tú. Y creo que el corazón de Enrique siempre le ha pertenecido a su esposa. ¿No la viste tan feliz? Desde hoy… voy a seguir con mi vida.

Desde ese día, Victoria intentó concentrarse en ella y en el cuidado de sus bebés. Las amenazas de Melissa eran casi diarias. Y, para rematar, Franco le enviaba flores a todas horas: estaba convirtiéndose en un acosador. Victoria se sentía agotada.

Pasaron tres meses. Ya lucía una enorme barriga; cualquiera pensaría que estaba a punto de dar a luz. Aun así, en cada sesión de fotos para los diseños de su hermano, se veía perfecta: su cabello rizado impecable, el rostro casi sin maquillaje, solo un toque de labial… y una elegancia natural.

En su oficina, Enrique miraba una y otra vez las fotos que le enviaban. El embarazo la había embellecido aún más. Quería estar a su lado, acariciar su vientre… Pero llevaba una semana de regreso y no se había atrevido a verla. Sabía que, con tantos rumores, cualquier palabra suya sonaría falsa.

Ese día, al salir de la empresa, Victoria vio a Franco esperándola con un enorme ramo de flores. Suspiró con cansancio. Estaba harta de decirle que no estaba interesada, pero, mientras más lo rechazaba, él parecía entender un “sí”.

—Yo, en tu lugar, ya le habría gritado —pensó—. Y le diría que en mi vida no tiene espacio.

—¿Crees que no se lo he dicho? —murmuró—. Se lo he dicho mil veces… pero no entiende.

Sin embargo, se detuvo. Ella también estaba enamorada de alguien… y ese amor no era correspondido. Franco, al menos, siempre le había demostrado que la amaba, aunque hubiera elegido mal.

—Hola, Victoria —dijo él, entregándole el ramo—. ¿Cómo estás?

Me encantaría invitarte a cenar. No digas nada… Sé que fui un canalla en el pasado, pero tal vez podamos ser amigos. Aunque sea con el tiempo.