Capitulo 32
A su vez, al carro, su chofer le preguntó hacia dónde iba, pero en ese momento ni ella misma sabía a dónde iba. Solamente necesitaba relajar su mente para no gritar; sabía que la calma ayudaba a pensar mejor.
—Quiero que me lleves a esta dirección —dijo la mujer.
El chofer, mientras la miraba por el retrovisor, se preguntaba quién había hecho enfadar a su jefa. Sabía que era una mujer demasiado calculadora, pero él era muy bien pagado por mantener la boca callada. La llevó al lugar que ella había pedido.
Al llegar a la casa de Victoria, Melisa tocó la puerta tres veces. Cuando estaba a punto de irse, pensando que la mujer no quería abrirle, la puerta se abrió. Al entrar a la casa, Melisa intentaba relajarse.
—Buenas noches, señora De la Torre. ¿No cree usted que es demasiado tarde para estar a esta hora en mi casa? Si viene a buscar a su esposo, quiero que sepa que no está aquí. Y también quiero dejarle claro que no pretendo convertirme en su amante.
—Sé perfectamente que no está aquí, pero sí estuvo. Mire, señora Hernández, le voy a decir algo que quizá usted no sepa: usted no es la primera amante que se consigue mi esposo. Y quizá, porque soy mujer, usted me causa pena. Me imagino que una mujer a su edad… que un hombre joven le hable dulce, la haga sentir amada y deseada… puede hacerla perder la cabeza.
—Pero si le soy sincera, lo que más me molesta no es que mi esposo me haya montado los cachos, sino que lo haya hecho con una mujer insignificante como usted. Tan poca cosa. Incluso estaba pensando en desaparecerla, pero creo que no lo haré, porque la persona que la va a destruir no seré yo, sino el mismo hombre del cual usted está profundamente enamorada.
Mientras la mujer hablaba, Victoria permanecía de pie, escuchando cada cosa que le decía. Y aunque por dentro estaba sangrando, mantenía una mirada serena. Cada frase la hacía sentir rota, pero sabía que no podía mostrar debilidad.
—Si yo quisiera destruirla —continuó Melisa—, solamente tendría que filtrar a la prensa: “La ex prometida de Franco De la Torre ahora es amante de Enrique De la Torre”. Y sí, perjudicaría a mi esposo… pero él sabe salir perfectamente bien librado de los escándalos. ¿Cómo le iría, en cambio, a su hermano, el “diseñador perfecto”?
—Mire, señora De la Torre —respondió Victoria, respirando hondo—. Para empezar, creo que, para ser un simple pasatiempo como los que ha tenido su esposo —y que abandona rápidamente—, usted está demasiado preocupada. No debería estarlo, porque como dice usted, él siempre regresará a su lado. La que debería estar preocupada soy yo, por haberme enamorado de un hombre que muy pronto me abandonará. Así que, si me permite, le pido por favor que se vaya de mi casa.
—Y que sea la última vez que viene a amenazarme. Quiero que sepa que no le tengo miedo. Y como acaba de decir, soy una mujer “demasiado vieja”, casi una anciana, ¿no es así? Pues quiero decirle que tengo 36 años, sé lo bueno y lo malo, y quizá lo que realmente la preocupa es mi experiencia. Tal vez su esposo en mí encontró algo que no tiene con usted. Pero, como ya le dije, no pienso convertirme en su amante, porque no tenía idea de que él era un hombre casado: nunca la mencionó. Veo que para él su matrimonio no es importante.
Al mirar cómo Victoria le estaba hablando, Melisa levantó la mano y le dio una tremenda cachetada. Victoria quedó sorprendida, no se lo esperaba. Pero tampoco se quedó atrás: levantó la mano y se la devolvió.
Eso hizo que Melisa perdiera la razón. Ella, que siempre calculaba todo, esta vez perdió toda cordura y se lanzó encima de Victoria, golpeándola con fuerza. Al caer al piso, Victoria comenzó a proteger su pequeña barriguita. En ese momento Viviana ingresó a la casa y, al ver a las dos mujeres peleando, intentó separarlas. Al no lograrlo, corrió hacia afuera para pedir ayuda a Andrés.
El hombre, al entrar y mirar cómo Melisa tenía a Victoria, las separó rápidamente. Pero la mujer no entraba en razón: estaba completamente fuera de sí. Entonces, él levantó la mano y le dio una fuerte cachetada que la trajo de vuelta a la realidad.
Ella no podía creer que ese “inútil” la hubiera golpeado. Pero, tarde o temprano, sería otro más que desaparecería de su vida. Andrés, al darse cuenta de lo que había hecho, se sintió muy mal: era la primera vez que le levantaba la mano a una mujer. Siempre había sido respetuoso; por esa razón había dejado a la mujer que fue su compañera por mucho tiempo: era demasiado agresiva, y, aunque la amaba, prefirió separarse.
Sacó a Melisa de la casa y, al subirla al carro, le pidió al chofer que la llevara a su hogar. Marcó varias veces a Enrique, pero el hombre no respondía. Andrés estaba demasiado preocupado, no solo porque había golpeado a la esposa de su jefe, sino porque se sentía terriblemente mal por lo que había hecho.
Al día siguiente, Andrés estaba sentado en la sala del apartamento del piso 50 del edificio que nadie sabía que pertenecía a su jefe. Leía unos documentos que habían llegado: eran de Franco, quien quería ser socio. Le pareció ridículo: ¿de dónde iba a sacar él semejante cantidad? Además, su jefe no necesitaba un socio. Pero notó que aquel hombre pensaba en grande, y eso no estaba mal.
Al mirar entrar a su jefe —impecable como siempre—, solo dijo:
—Lo siento.
Enrique vio la cara de preocupación de Andrés y no entendía por qué le pedía disculpas.
—¿Ahora qué hiciste que me estás pidiendo disculpas? —pensó que su esposa ya le había contado todo—.
Pero no era así.
—Quiero que sepas que lo que hice no fue con intención de ofenderte. En ese momento no tenía opción y tenía que hacerla recapacitar. Encontré a tu esposa golpeando a Victoria, y tú sabes que, en el estado en que ella está, no debe tener ese tipo de problemas. Por más que intenté que reaccionara, no lo hacía… así que, en un momento de desesperación, le di una cachetada.
—¿Y cómo está Victoria? ¿La llevaste al médico?
El hombre quiso salir del departamento, pero Andrés lo detuvo. No podía creer que su jefe estuviera más preocupado por Victoria que por la bofetada que le dieron a su esposa. Comprendió que ahora Victoria era lo más importante para él.
—Aparte de dejarla llorando, vi que estaba bien. Pero, si realmente quiere divorciarse de su esposa, ¿por qué no se la lleva a París y, en un lugar tranquilo, le habla con claridad? Creo que puede hacerle mucho daño a Victoria si esto sigue así.
Enrique tomó asiento.
—Te confieso algo —dijo, pasándose la mano por el cabello—. Me he dado cuenta de que no amo a mi esposa. Siento por ella cariño y agradecimiento…
—Señor, eso me lo ha dicho muchas veces —respondió Andrés—. Pero lo que me parece raro es que su padre, cuando usted habla de ella, siempre le dice que no es la mujer que usted cree. Como si supiera algo que usted no sabe.
—¿Quieres que la mande investigar? No. Sería fallarle a la única persona que estuvo conmigo en el momento más difícil de mi vida. Creo que ahora actúa así por mi causa. Debo dejar que todo se calme y luego volveré a hablarle del divorcio.
Al salir Melisa de la casa, Victoria sintió un fuerte dolor abajo y dio un grito que asustó a Viviana. Corrió hacia su hermana para preguntarle qué tenía, pero Victoria solo se quejaba:
—Me duele mucho… creo que debo ir a la clínica.
Al levantarse, vio que había comenzado a sangrar.
El padre de Enrique, que vigilaba constantemente las cámaras de seguridad, vio la escena y salió rápidamente. Al llegar, ya no estaban. Sabía adónde irían, así que se dirigió a la clínica. Preguntó por Victoria Hernández: estaba en urgencias.
El hombre caminaba de un lado a otro, rogando que lo que el médico había insinuado no se hiciera realidad. Sabía que sería un golpe muy fuerte, no solo para su hijo, sino para él, que estaba ilusionado con ser abuelo.
Había pasado exactamente una semana desde el incidente y Victoria seguía internada. El padre de Enrique no se había despegado de su lado. Sentía la necesidad de cuidarla. A pesar de que estaba delicada, no había perdido sus más grandes tesoros.
Enrique se había ido de viaje con su esposa, y no había noticiero ni revista de chismes que no hablara de la “pareja perfecta”. Victoria no sabía nada: su hermano, su suegro y su hermana se lo habían ocultado.
En el fondo de su corazón, ella anhelaba que él fuera a visitarla… pero eso no ocurrió. Y aunque no era cierto lo que decían las revistas, ante los ojos del mundo él lucía como el hombre más enamorado de su esposa. En las fotos, ella siempre sonreía; él, serio como siempre… aunque, en algunas, la miraba fijamente, con una ternura imposible de ocultar.