¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 31
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Capitulo 31

Al sentir que alguien le cubría los ojos, Victoria contuvo la respiración. Giró rápidamente y se encontró con Franco. El hombre le sonreía con ternura, pero ella permaneció seria. Recordó el pasado: cuando él iba a visitarla, le llevaba rosas, le cubría los ojos y, con una sonrisa y un beso, le decía que aquellas flores eran tan hermosas como ella. En ese tiempo, Victoria sentía que flotaba; la respiración se le cortaba y el corazón le latía demasiado rápido.

Pero esta vez, lo único que sintió fue ira.

—Buenas tardes, señor De la Torre. Le quiero pedir un favor: no vuelva a hacer ese tipo de cosas conmigo. Ya no soy la misma mujer que conoció, esa a la que usted mismo decidió abandonar porque no era suficiente en su vida.

La sonrisa del hombre desapareció. El ramo de rosas quedó suspendido en sus manos; no sabía si entregarlo o retirarlo.

—Lo siento, Vicky. No quise ofenderte. En ese entonces era inmaduro… Quisiera retroceder el tiempo y tener la madurez que tengo ahora para no cometer los mismos errores.

—Como ve, señor De la Torre, el tiempo no se puede devolver. Y así como el tiempo avanzó, yo avancé con él. Ese sentimiento que tenía por usted desapareció con los años.

Franco se sintió frustrado. Intentó darle las rosas, pero ella no tenía intención de recibirlas. La miró fijamente.

—¿Será por los años… o porque hay otro hombre? Quizás alguien que te recuerda a mí. Y peor: es un De la Torre, menor que tú, casado… y para rematar, mi sobrino. ¿No te daría vergüenza que digan que primero estuviste con el tío y luego con el sobrino? ¿Qué pensará tu hermana, que te cree perfecta?

Victoria apretó la mandíbula. ¿Quién era él para juzgarla? Comprendió que explicarle algo sería inútil.

Se dio la vuelta para irse, pero él le tomó la mano.

—Si yo fuera tú, tendría cuidado. La esposa de Enrique jamás lo dejará… y él tampoco. Siempre hace lo mismo: se busca una amante y luego vuelve a casa con la mujer que eligió. Es vanidoso. Jamás te mostraría en público. Los De la Torre son así.

Ella se soltó y lo miró con calma.

—¿Por qué estás tan seguro de que estoy saliendo con tu sobrino?

—Porque lo sé todo. Y precisamente por eso te advierto. No quiero que vuelvas a sentir el dolor que yo te causé… También quisiera volver a conquistarte y demostrarte que ya no soy el mismo.

—Lo siento, señor De la Torre. No estoy interesada. No siento nada por usted. Ni siquiera podría ofrecerle una amistad: en mis amigos confío… y usted no me genera confianza.

Lo dejó allí, subió al carro de su hermano y cerró la puerta. Mauricio bromeó:

—No sé qué te echaste, pero los De la Torre andan detrás de ti como garrapatas. Si estuviera soltero te pediría la receta… pero soy un hombre felizmente enamorado.

En casa, Victoria se dejó caer en el enorme sofá. Respiró profundo, lentamente, hasta sentir cómo el cuerpo se relajaba. El sueño la venció.

Enrique llegó. Al verla dormida, se quedó observándola. Lucía tan tranquila… Acarició su rostro, besó sus labios suavemente y luego su vientre.

Ella abrió los ojos y lo encontró acariciándola. Su corazón se aceleró, las sensaciones la envolvieron… pero reaccionó. No podía volver a caer. Se incorporó.

—¿Qué haces aquí?

—¿Por qué no me contestas las llamadas?

Ella recogió su cabello y caminó hacia la habitación. Él la seguía.

—Te estoy hablando, Victoria. ¿Por qué actúas así?

Ella se detuvo, lo miró a los ojos.

—Porque además de amarte, me amo más a mí. No voy a convertirme en tu amante ni a destruir un hogar. Duele —y mucho— amar a un hombre imposible que llegó tarde… y con mentiras. Lo único que nos unirá serán nuestros hijos. Si quieres estar en su vida, bien. Pero yo no estaré en la tuya.

Quiero las llaves de mi casa. A partir de hoy, cuando vengas, tocarás la puerta.

Él colocó las llaves sobre la mesa, lento.

—No quiero verte cerca de Franco. Ni de ningún otro hombre.

Está bien… no volveré a buscarte con palabras de amor hasta resolver mi vida. Pero eres la mujer que robó mi corazón.

Intentó besarla; ella se apartó. Él notó su tristeza… y se fue.

En el carro, Wilson lo miró por el retrovisor.

—¿A dónde vamos, señor?

—A mi lugar favorito. Necesito pensar.

Llegaron a una pequeña casa llena de flores: su infancia, su madre, su felicidad. Enrique acarició el retrato.

—Cuánta falta me haces… Voy a ser padre… y lo he hecho todo mal.

Se dejó caer en el sofá. Su padre se sentó a su lado.

—Si quieres hablar, soy todo oídos.

—Si empiezo, solo te pasaré mi frustración… Mejor no, padre. Solo te pido algo: me voy de viaje. Cuida de ella. Es mejor que no esté sola… conmigo no quiere estar, y la entiendo.

Pasó la noche allí. Todo seguía igual, intacto, como si su madre apenas hubiera salido.

Mientras tanto, Melisa miraba la fotografía. La rabia le hervía. Quería gritar, golpear… incluso destruir. Algún día se desquitaría. Arrojó el celular a la cama y, tras tomarlo otra vez, salió de la casa con el bolso en la mano.