Capitulo 30
Al entrar a la empresa de su hermano, miró que todos los trabajadores corrían de un lado para otro. Se preguntó qué estaría pasando y agilizó el paso. Cuando llegó a la oficina, tocó la puerta. Quien abrió no fue su hermano: era Mauricio, con una enorme sonrisa.
—Te tengo una gran noticia: serás la nueva imagen de esta campaña. Tu hermano decidió subir la foto que te tomamos a las redes y ha sido un éxito.
Hizo una pausa y añadió:
—Y no solo eso: también eres la nueva imagen de esta revista de moda.
Ella tuvo que sentarse. Seguía de pie, escuchando al hombre hablar tan emocionado.
Mientras Victoria sostenía la revista y miraba la portada, notó que lucía increíble. Casi no podía creer que fuera ella.
—Nunca pensé que me vería tan bien… creo que me estoy empezando a descubrir por primera vez —susurró.
El vestido que le habían puesto ese día resaltaba sus caderas; y ni hablar de su busto. Era una mujer curvilínea, fantástica… y apenas ahora se daba cuenta de su propia belleza.
La revista no solo estaba siendo vista por Victoria, sino por mucha gente. Entre ellos, Franco. Mientras sostenía el ejemplar, miraba lo hermosa que lucía. Acarició la foto con delicadeza y depositó un suave beso sobre los labios pintados de rosado que se veían provocativos.
—Nunca pensé que la edad te afectara tanto —dijo Diana sentándose a su lado—. Ahora, en vez de buscar una mujer, lo haces con una revista. Creo que deberías ir a tu cuarto… o al baño.
Franco negó con calma.
—Querida sobrina, te equivocas. No soy un pervertido.
—¿De verdad? Pues a mí me parece que sí —replicó ella—. Eso de satisfacer tus deseos con una revista está de baja calidad. Jamás pensé que un hombre como tú sería capaz de eso.
—Estás muy equivocada —contestó él—. La mujer que estaba besando en esta revista es el amor de mi vida.
Le pasó la revista. Diana observó la imagen por largo rato.
—Así que esta es la tal Victoria… Pensé que era más fea. —Sonrió—. No diré que es bonita, pero tampoco es fea. Aunque, viéndolo bien, tú y ella harían buena pareja. No entiendo por qué la dejaste.
Luego se inclinó hacia él:
—Aunque ya sé por qué: eres vanidoso… y le huyes a la responsabilidad. ¿O no por eso dejaste a tu hijo Orlando con su madre? ¿Qué pensará Sara cuando sepa que te reencontraste con tu gran amor? Seguro la odiará… ella aún espera que vuelvas.
Suspiró.
—Además, esa mujer luce mayor para andar con Enrique. Y es desvergonzado de su parte estar primero con el tío y luego con el sobrino.
—¿Y qué te hace pensar que tienen una relación? —preguntó Franco.
—¿En serio me preguntas eso? La actitud de Enrique ese día… la declaró prácticamente suya.
Franco sonrió con ironía.
—Querida sobrina, olvidas algo: yo sé tu secreto. Estás perdidamente enamorada de Enrique. Por eso decidiste odiarlo desde joven: sabes que nunca podrás tener nada con él. Si hubieras sido amable, al menos estarías a su lado como su primita. Pero con ese carácter… lo alejaste.
Diana se levantó bruscamente.
—No vuelvas a repetir eso.
—Tranquila —respondió él—. Es un secreto que he guardado por mucho tiempo. Y seguirá así… porque, cuando necesite un favor, tendrás que hacerlo. ¿Qué pensaría tu padre, el “hombre perfecto”, si supiera que su hija se enamoró de su primo hermano?
Ella ignoró sus palabras y subió a su habitación. Ya allí, pensó largo rato. Lo que su tío había dicho tenía lógica: si no hubiera sido tan arrogante, quizá estaría cerca de Enrique… aunque fuera como prima. Sacó una revista donde él había salido hacía un mes. Se veía increíble.
Delineó cada facción con el dedo. Ese hombre era su perdición. Por eso nunca quiso ser amiga de Melissa.
El celular de Andrés comenzó a sonar. Intentó ignorar la llamada: lo estaba pasando demasiado bien junto a la mujer que había robado su corazón. No podía creer que, a sus 42 años, estuviera en un parque de diversiones como un niño.
Tras insistir la llamada, contestó. Era Enrique, furioso.
—¿Sabes para qué se hicieron los teléfonos? Para comunicarse. Llevo rato llamándote.
—Lo siento, Enrique. Estaba ocupado.
—Sí, acepté que la llevaras. No finjas. Seguro tu padre te dio acceso a las cámaras de la casa…
Andrés suspiró.
—Si te calma: sí, la llevé. —Colgó.
El celular volvió a sonar. Creyó que era él otra vez, pero era Gustavo:
—Solo te llamaba para saludarte… y recordarte el cumpleaños de mi padre. No faltes. Ah, y no sabía que mi cuñada era modelo. Salió perfecta en la foto.
Cortó. Enrique quedó helado. ¿De qué foto hablaba? Entonces recordó: las fotos de Victoria. Había prohibido publicarlas. Pidió a su secretaria la revista. Tardaba demasiado. Buscó en las redes del hermano de Victoria… y allí estaban, en primera plana.
Tuvo que admitirlo: ella lucía perfecta. Pero imaginar a otros hombres admirándola lo irritó. Había sido claro: no publicar. Podía llevarlo a la quiebra si quería… se contuvo. Si hacía algo así, Victoria lo odiaría.
Intentó llamarla; fue directo a buzón. Lo había bloqueado. Llamó a Andrés, casi gritando: necesitaba hablar con ella.
—Cálmate —respondió Andrés—. ¿Qué pasó?
—Dame el número del hermano de Victoria.
Recordó que José lo había contactado días atrás. Llamó de inmediato.
—¿Cómo se te ocurre subir sus fotos sin mi consentimiento?
José no entendía nada.
—¿Consentimiento de qué hablas?
—Te dije que no las subieras.
José se echó a reír.
—¿Te estás volviendo loco? La que debía darme el permiso… ya me lo dio.
Mintió. Las había subido sin consultarle. Luego suspiró:
—Mire, señor De la Torre, cálmese. A quien debe pedir consentimiento es a Melissa. Esa sí viene a gritarme, a preguntar por mi hermana… como usted ahora. Y, por cierto, recuerde que es un hombre casado.
—He tenido una mañana difícil —gruñó José—. Luego hablamos de las fotos.
—¿De qué hablas? —preguntó Victoria al entrar.
—De ese psicópata posesivo que cree que te posee: Enrique. Me llamó para prohibirme que suba tus fotos.
Ella apretó los labios. Ya era hora de poner límites. No era una muñeca. Decidió seguir trabajando con su hermano.
Pasó el día entre risas con algunos empleados, aunque otros la miraban mal. Tendría que acostumbrarse: no a todos les agradaría.
Al salir, esperaba sola afuera. Sentía que alguien la observaba. Miró a su alrededor… nadie. Buscó su teléfono para avisar que se iría en taxi. De pronto, alguien cubrió sus ojos.
Su respiración se congeló.