¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 29
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Capitulo 29

El hombre sujetaba a la mujer con fuerza. Y aunque ella sentía dolor, su ira era tan grande que no le prestó atención. Lo miró fijamente a la cara y solo dijo:

—Nunca pensé que el hombre al que he amado tanto fuera a decepcionarme de esta manera. No solo porque estás encaprichado con la ex de tu tío, sino porque te metiste con una mujer que es poca cosa.

—Lo siento… lo último que quiero es herirte. Para mí eres una mujer maravillosa y no sabes cómo me siento. Quisiera amarte como tú me amas, pero en los sentimientos no se puede mandar —respondió él—. Intenté darte ese amor incondicional todo este tiempo, y me di cuenta de que, por ti, solo siento cariño y agradecimiento. Quiero que sepas que siempre voy a estar para ti.

Al verlo llorar, y recordar que había sido la única persona que estuvo con él en su momento más difícil, la tomó entre sus brazos y la abrazó con ternura para consolarla. Mientras tanto, Victoria observaba todo desde la ventana, comprendiendo que ella era solo una intrusa entre los dos. Quizá estaba destruyendo ese hogar por un capricho de Enrique. Supo que había llegado el momento de alejarse, aunque lo amara.

Sintió una lágrima deslizarse por su mejilla. La limpió de inmediato. Estaba cansada de ser la mujer frágil que siempre agachaba la cabeza mientras los demás creían tener derecho a pisotearla. Sintió frustración e indignación… consigo misma.

Secó sus lágrimas. Entró a la casa como si nada ocurriera. Incluso su hermana se sorprendió por la actitud firme que había tomado; y, aun así, le agradaba verla así: valiente, dejando de ser la mujer frágil que siempre había sido.

—A partir de ahora no quiero que Enrique vuelva a entrar a mi casa. Esta casa es mía, está a mi nombre, y la compré para mí y mis hijos. Creo que, por lo menos, eso merezco. Ya fue suficiente. Hoy iremos a la empresa de José: necesito que me dé trabajo… o buscaré un local para poner nuestra pastelería. ¿Qué te parece?

—¿Y cómo te fue con el señor Quintero?

—No quiero hablar de ese hombre. Desde este momento, no existe en mi vida.

—Está bien. Respeto tu decisión… pero sabes que siempre los unirá algo: esos dos bebés que estás esperando.

—Te diré algo —respondió Victoria—: una cosa es ser padre… y otra cosa es ser pareja. Ese derecho no se lo voy a negar; sería egoísta. Pero, a partir de ahora, no lo quiero en mi vida.

Tomó una tostada.

—Pero sí puedo seguir viendo a Andrés… ¿no te enojarás?

La hermana estalló en risa.

—Tu vida no tiene nada que ver con la mía. Y sigo pensando que el señor Andrés es un excelente hombre. Solo date tiempo para conocerlo, antes de entregarte… para que mañana no termines arrepintiéndote como yo.

Al llegar a casa, Melissa lloró como una niña. Y eso destrozó a Enrique. Para él, ella era una excelente mujer: la que siempre estuvo, la que secó sus lágrimas, la que lo levantó cuando cayó. No quería lastimarla… pero ¿cómo ordenar al corazón que dejara de amar a Victoria? Era imposible.

Ella se arrodilló en el piso.

—No te alejes de mí —suplicó—. Si insistes con el divorcio… prefiero morir antes que vivir sin ti.

Enrique se arrodilló también, la abrazó con fuerza. Ella sonrió en silencio. Pensó que, en vez de modelo, debió ser actriz: siempre supo fingir a la perfección. Y algo oscuro cruzó su mente: eliminar a Victoria. Esa mujer era un estorbo.

Fingió dormirse. Enrique la cargó y la llevó a la habitación.

—Lo último que quiero es hacerte daño —murmuró, acariciando su rostro.

Apenas él salió, Melissa se sentó frente al espejo, tomó su peine y comenzó a peinarse con una sonrisa triunfante. Agradecía a la persona que había contratado por encontrar al panadero de Victoria. Ahora entendía por qué el hermano no le quiso dar la dirección.

Tomó el celular y escribió a Franco:

«Nunca pensé que fueras tan imbécil. Ahora entiendo por qué estabas tan preocupado: querías tener a mi marido controlado. Como no me dijiste la verdad, te cuento algo: tu querida Victoria y Enrique son amantes. Los encontré en su nueva casa».

Esperó respuesta… nada. Llamó tres veces. Por fin, Franco contestó.

—¿Ahora qué quieres? No me digas que me extrañas.

—Cállate, imbécil. Mira el mensaje que te envié.

Cuando colgó y leyó, Franco comprendió por qué su sobrino se ponía tan a la defensiva cada vez que él mencionaba a Victoria. Se sintió ridículo por no haberlo visto antes… o quizá sí lo vio y no quiso aceptar la verdad.

—¿Sabes algo, Enrique? —pensó—. Podrás quitarme todo… pero a esta mujer la conocí primero. Y antes de verte con ella… te mato. Y si es necesario, también a ella.

Miró la dirección que Melissa le había enviado. Quiso ir de inmediato, pero se contuvo. Él mismo había decidido dejarla. Ahora, lo único que podía hacer… era intentar recuperarla.

Al salir de casa, Victoria esperaba su Uber. Un carro se estacionó junto a ella. Era Andrés.

—Señora Hernández, ¿cómo está? Veo que va de salida… y yo venía a visitar a mi querida Vivian.

—Lo siento, Andrés —respondió—. Olvidé que habíamos quedado de vernos.

—Así que eso soy… algo que se olvida —dijo, bajando del auto con un enorme ramo de rosas y entregándoselo.

—No te preocupes por mí. Iré sola. Atiende tu visita. No quiero que un día termines como yo… con un amor que llegó tarde.

—No se preocupe —sonrió él—. Yo la llevo… y luego paseamos, para que mi hermosa Vivian no se preocupe.

La excusa fue perfecta. Andrés suspiró aliviado: su jefe quería saber cada paso de Victoria. Nunca imaginó que fuera tan posesivo.

Melissa marcó un número que hacía años no llamaba. Nadie contestó. Pensó que quizá había cambiado de teléfono. Al rato, devolvieron la llamada.

—Pensé que te habías olvidado de mí —dijo una voz masculina.

—No empieces. Y no quiero que vuelvas a mencionar el trabajo que hiciste hace años —respondió ella, fría—. Te pagué muy bien.

Hubo silencio.

—Exactamente por eso te llamo —continuó Melissa—. Quiero que me hagas otro trabajo. Y esta vez… te pagaré aún mejor.

Cristóbal sonrió. Sabía que esa llamada podía valerle mucho dinero.