¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 28
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Capitulo 28

Perder el conocimiento entre los brazos de él era su mayor debilidad. Aun sabiendo que era un hombre casado, le había resultado imposible apartarlo de su lado. A pesar de la mentira de Enrique, ella no tenía el valor de alejarlo de su vida.

Mientras lo miraba dormir, comprendía que eso era lo que siempre había querido: tenerlo a su lado. Pero, aunque lo amaba, sabía que era imposible. Tenía que aceptar —aunque le doliera— que era un hombre que no le pertenecía. Ya tenía una vida, y tarde o temprano se iría, por más que le prometiera que volvería.

Se preguntaba a sí misma si realmente quería ser la amante “solo por amor”. Y comprendió que era algo que no podía aceptar. Se levantó de la cama y caminó hacia la sala. Tenía miles de pensamientos en su mente y ninguno encontraba solución. Volverse a su finca quizá era una opción, pero sabía que tarde o temprano Enrique llegaría allá, porque no estaba dispuesto a alejarse de sus hijos.

Después de un largo rato sentada, decidió volver a la habitación. El hombre seguía dormido. Con suavidad apoyó la cabeza sobre su pecho, escuchando el latido tranquilo de su corazón y su respiración pausada.

Unas cuantas lágrimas mojaron el pecho de él y lo despertaron. Fingió dormir.

—¿Por qué me complicas la vida, Enrique? —susurró—. ¿Por qué me engañaste? Me he enamorado tanto de ti que ya no me imagino sin ti. Solo pensar que te irás y estarás con tu esposa me hiere… ¿qué fue lo que te llevó a mentir?

Cuando vio que ella se había quedado dormida, él se levantó, acarició su cabello con ternura y pasó su mano por su abdomen. Luego se inclinó y le dio un suave beso.

—Prometo no fallarte. Tú también eres parte de mí. Y aunque me aleje… siempre te llevo presente.

Se acostó nuevamente a su lado y la atrajo hacia él. La paz que le daba aquella mujer lo venció sin que se diera cuenta. Durmió hasta el grito de la hermana de Victoria, a la mañana siguiente.

Las chicas se preguntaban en qué momento había llegado el hombre. Ella ni cuenta se había dado, pues tenía la costumbre de meterse en la cama de su hermana todas las mañanas. Aquella vez, la sorprendió.

Victoria abrió los ojos y encontró la mirada crítica de su hermana. Se sintió avergonzada, pero… ¿cómo explicarle lo que sentía por ese hombre? Enrique la atrajo hacia sí.

—Quédate un rato más conmigo así.

Pero Victoria se levantó. Tomó a su hermana de la mano y salieron de la habitación.

—Lo siento… sé que debería ser un ejemplo para ti y ahora mismo no lo soy. No estoy pensando con la cabeza, sino con el corazón.

—No te preocupes —respondió la joven—. Siempre has sido correcta. Y aunque aparentes ser fuerte cuando te sientes débil, no tienes que avergonzarte. No siempre debes complacer a los demás… debes complacerte a ti misma.

Victoria se sintió orgullosa de la madurez de su hermana menor. Mientras preparaban el desayuno, alguien tocó la puerta. Pensó que tal vez era Andrés: habían hablado esa mañana y él había prometido visitarla.

Al abrir, solo pudo decir:

—¿Qué hace usted aquí?

Melissa no respondió. Entró como dueña de la casa, observándolo todo.

—¿A quién necesita? —preguntó Victoria.

—A ti.

Al salir de la cocina, Victoria quedó helada. Melissa la miró de arriba abajo.

—Buenos días, señor Hernández. Veo que le sorprende mi presencia. Quiero que sepa dos cosas: siempre averiguo lo que quiero saber y, aunque su hermano no me dio su dirección… aquí estoy.

La sonrisa de Melissa era fría.

—Nunca pensé que una mujer como usted, que aparenta educación y valores, terminaría convertida en la amante de mi esposo. Y para completar, mayor que él… y la misma mujer con la que su tío iba a casarse. Qué sorpresa. Una mujer que parece respetable… y termina siendo una zorra.

Victoria permaneció de pie, sin palabras. Cada frase dolía… porque en parte tenía razón.

—Le haré una pregunta —continuó Melissa—: ¿cree que un hombre como Enrique, joven, millonario y apuesto, va a quedarse con usted? ¿De verdad piensa que dejará su matrimonio? Míreme. Yo soy la mujer con la que él puede caminar de la mano en público. Con usted no lo haría: le daría vergüenza.

Hizo una pausa.

—El día que la conocí pensé que era una gran mujer. Incluso imaginé que podríamos ser amigas. Qué ingenua. Y no me diga que no sabía quién era yo… porque su esposo sí se lo dijo.

Su voz se volvió más baja, peligrosa:

—Si no quiere que algo malo le pase… aléjese de él. Usted no me conoce. Hay días en que hasta yo me asusto cuando me miro al espejo.

—Mire, señora Melissa —respondió Victoria, alzando la voz—. Váyase de mi casa. No tiene derecho a venir a amenazarme.

El grito hizo que Enrique saliera a la sala. Al ver a Melissa, quedó helado. Ella sonrió con ironía.

—Ahora entiendo por qué no llegaste a casa. Te quedaste con tu nuevo juguete. No te preocupes: cuando te aburras… yo estaré esperándote.

Luego miró a Victoria.

—Vine a visitar a tu amante. ¿Pensaste que no me enteraría? Imagino lo que dirá la prensa… y tu familia.

—Primero, Franco no tiene por qué decir nada —respondió Enrique, frío—. Y segundo, ellos dos no tienen nada. ¿Y la prensa? ¿Quién les va a contar? ¿Tú?

Victoria ya no soportaba más.

—Quiero que los dos se vayan de mi casa —dijo con firmeza.

—Querida, este es un problema de tres —sonrió Melissa.

Enrique tomó a Victoria de la mano… y salieron.