¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 27
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Capitulo 27

Enrique caminaba por los pasillos de las Empresas De La Torre. Pocas veces iba a visitar a su primo Gustavo, quien era el encargado de manejarlas. La primera persona con la que se encontró —para su mala suerte— fue su prima Diana, que lo miró con esa arrogancia y altivez que le recordaban, años atrás, a su abuela.

El hombre decidió ignorarla. Siempre que se cruzaba con ella, de su boca salían cosas horribles. Al llegar a la oficina de su primo, entró. Ahí estaba Gustavo, con su mirada seria; pero al verlo sonrió, se levantó y lo abrazó.

—Me gusta tenerte aquí. ¿Quieres un café?

Enrique asintió. Gustavo tomó el teléfono y ordenó dos cafés.

—Y no me digas que “bien” —añadió—. Te conozco… y sé que no lo estás.

Diana irrumpió sin tocar.

—¿Y tú quién te crees para pasar por mi lado y ni siquiera saludarme? No te creas más que yo. ¿O quieres que te recuerde de dónde vienes? Hasta donde sé, tu madre antes de juntarse con mi tío era la sirvienta. ¿Quién diría que el gran Enrique De La Torre, al que todos rinden pleitesía, es hijo de una serpiente?

Gustavo la miró con firmeza.

—¿Y quién te dijo que podías entrar aquí sin permiso? ¿Y por qué él está aquí y tú no? ¿Crees que es un juego? Diana, tienes 32 años y sigues comportándote como una niña caprichosa. Ahora, sal de mi oficina. Cuando aprendas a respetar, serás bienvenida.

Se acercó a ella.

—Por si no lo sabes, Enrique es el mayor accionista de esta empresa. Si no fuera por él, no tendrías esos zapatos tan caros. Cuando mi tío Franco manejaba las empresas, estaban a punto de quebrar. ¿Tampoco te contó eso? Y, por cierto, tu exesposo… el que dejaste porque estaba en quiebra, no perdió su empresa gracias a “este hijo de la sirvienta”, como acabas de llamarlo. Si aprendieras un poco de él, no serías una buena para nada.

Diana lo miró de arriba abajo, impresionada. Nadie le había contado aquello. Y mientras más lo observaba, más atractivo le parecía. ¿Por qué era tan cruel la vida, que los hombres que le gustaban jamás se fijaban en ella? Para colmo, uno de ellos era un amor prohibido. Prefería demostrar odio antes que aceptar lo que sentía. Su seriedad, esa mirada penetrante, su porte elegante… y ese cuerpo. Solo imaginarlo desnudo la hacía estremecer.

Enrique habló tranquilo, pero firme:

—No te preocupes, Gustavo. Estoy acostumbrado a sus groserías. Pero escucha bien, Diana: la próxima vez que vuelvas a hablar así, te daré tres nalgadas para que aprendas respeto. Y jamás vuelvas a mencionar a mi madre de esa manera.

Diana cerró los ojos, mordió su labio. El tono de él la desarmó. Aquellas palabras, lejos de intimidarla, la encendieron.

—Buenos días —entró Franco, cortando los pensamientos retorcidos de ella.

Gustavo suspiró. Estaba cansado de discutir todos los días con él.

—¿Y ahora qué te trae por aquí? Supongo que no vienes por dinero.

—Quiero trabajo —respondió Franco.

—¿En qué? ¿Repartiendo café?

Franco iba a contestar cuando notó a Enrique.

—¿Y tú qué haces aquí? —bufó—. Se te olvida que tiene más derecho que tú y que yo —dijo Gustavo—. Gracias a él, la empresa sigue en pie. Por tu culpa casi se va a la quiebra.

Franco apretó la mandíbula. Ya sabía que su sobrino era dueño de casi toda la herencia.

—¿Y por qué andas tan juicioso últimamente? —preguntó Gustavo—. Ni casinos, ni bares, ni tu exesposa…

—Porque me reencontré con mi antiguo amor y la voy a conquistar. Seré un hombre diferente.

—No sé de quién hablas —respondió Enrique.

—Claro que sabes: de tu cuñada. Gracias a mí conociste a tu fascinante esposa Fernanda.

—Primero, esa mujer no volverá contigo —respondió Enrique con frialdad—. Segundo: no te acerques.

—Claro que lo haré. No te metas.

—Te diré algo —Enrique lo miró fijo—: ese amor del pasado se queda en el pasado. El presente de esa mujer soy yo.

Franco se levantó furioso.

—¿Y quién te pidió que hablaras así?

—Como lo escuchas: hablo de la señorita Hernández. Quiero que te alejes de mi mujer.

Diana no podía creerlo: su tío y su primo peleando por “una buena para nada”. Tenía que conocer a esa tal Victoria. Ahora entendía por qué la amiga de Melisa preguntaba tanto por ella.

Enrique salió furioso y fue directo a la nueva casa de Victoria. Al entrar, sintió calor de hogar. La buscó por toda la casa; no estaba. Al salir al jardín, la vio sentada. Se acercó.

—Enrique… —dijo ella sin girar—. Sabía que eras tú.

—¿Y cómo sabes que no es mi padre?

—Tu perfume… siempre te reconoceré. No digas nada. Te necesito.

Ella giró lentamente. Solo llevaba una camiseta. Él la abrazó, acariciando su abdomen.

—Te amo. Te necesito.

—No hagas esto… es muy difícil para mí.

—¿Y crees que para mí no lo es? —murmuró, acomodándole el cabello detrás de la oreja.

La tomó entre sus brazos, la llevó dentro. El beso fue intenso, desesperado. Sus manos recorrieron su piel; al sentirla tan dispuesta, perdió el control.

—No digas nada —susurró él—. Prometo que, después de esto, me alejaré hasta resolverlo todo. Déjame amarte.

Ella recordó los momentos libres que compartieron: la cascada, su habitación, sus locuras. Él la condujo a su recámara —de entre ocho habitaciones—, y no le sorprendió que supiera cuál era. Era Enrique De La Torre: todo lo controlaba.

Se sentó en la cama.

—Quítate la ropa para mí.

Victoria obedeció, prenda por prenda. Él detalló cada centímetro, acercándose para besarla, perdiéndose juntos. Cuando descendió lentamente y la llevó al límite, ella se aferró a él, entre gemidos:

—Prométeme que vas a estar conmigo… que puede existir un “nosotros”…