¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 26
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Capitulo 26

En ese preciso momento, cuando Melisa iba a salir a reclamarle, escuchó aquella frase adorable. La hizo retroceder. Nunca llegó a pensar que la mujer por la cual su esposo le estaba pidiendo el divorcio creyera que ella era una mujer encantadora. Vio que algo había pasado entre esos dos… y, sobre todo, notó que Victoria no estaba dispuesta a andar con un hombre como él. Eso era algo a su favor.

Melisa salió de donde estaba y, aun así, Enrique no había soltado la mano de Victoria. La mujer intentó zafarse rápidamente, con una cara de sorpresa, fingiendo que no sabía nada.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó.

Cuando el hombre intentaba darle una explicación, ella logró soltarse y caminó con rapidez hacia donde estaba su hermana. Al verla completamente pálida, le preguntó:

—¿Qué te ha pasado?

Victoria intentó relajarse; no era el momento para que su hermana presenciara el espectáculo que le estaba haciendo aquel hombre que, sin importarle que su esposa estuviera al lado, la hacía quedar mal.

—Creo que es momento de irme… me encuentro muy cansada.

Gustavo, al mirarla, sabía perfectamente lo que estaba pasando. También sabía que su esposa no sabía nada de lo sucedido con su primo Enrique.

—Claro que sí, Victoria —dijo el hombre—. Creo que es momento de retirarnos. La cena no salió tan perfecta como queríamos.

Victoria fingió una sonrisa que pretendía ser natural. Mintió.

—Me puedes explicar, Enrique, qué está pasando entre tú y la señora Hernández.

—Es algo que no te voy a explicar en este lugar. Si quieres, lo hablaremos en casa —respondió él, saliendo del restaurante, y ella detrás.

Cuando ya estuvo afuera, buscó por todos lados. La mujer no estaba. Se sintió frustrado: tenía que darle una explicación… y necesitaba que ella le creyera.

Al subirse al auto, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Al llegar a la casa, Melisa arrojó la cartera al sillón y se sentó, cruzando las piernas con elegancia, mientras Enrique subía al segundo piso sin decir nada.

Ella se levantó y subió tras él.

—Ahora sí, soy todo oídos. Quiero que empieces a hablar. Y no quiero que me digas que no tienes nada con ella, porque desde que nos sentamos en la mesa me di cuenta. No soy estúpida.

—Creo que no estás preparada para escuchar mi verdad.

—Claro que sí lo estoy.

—Está bien… tú lo pediste. La señorita Hernández…

—Dirás la señora, porque ya se ve mayor.

El hombre no dijo nada y siguió hablando:

—Es la mujer de la cual me enamoré. No puedo evitarlo. Ella ahora es una parte importante en mi vida… aunque no quiera saber de mí.

—¿Qué pasó entre ustedes, Enrique?

El hombre no volvió a hablar. Salió de la recámara.

—Por el momento es mejor que no sepas más. Ya sabes lo suficiente.

Fernanda había llevado a sus dos hermanas a casa y se despidió con dos besos en la mejilla. Mientras iba de camino, miró a su esposo.

—¿Crees que mi hermana le gusta a Enrique?

Gustavo fingió no saber nada.

—¿Y qué te hace pensar eso?

—No sé… la actitud entre ellos. Estaban demasiado tensos.

—Creo que son imaginaciones tuyas. Ella no está acostumbrada a un sitio como al que fuimos.

El hombre sabía que debía hablar seriamente con su primo. Nunca lo había visto actuar de esa manera: demasiado posesivo, impulsivo.

“Mi padre pasará por ti mañana. Te llevará a escoger una casa donde vivirás cómoda. Si no quieres verme, lo respeto, pero déjame cuidar de ti y de mis hijos. Son parte importante para mí.”

Victoria leyó el mensaje y se sintió frustrada. Nunca había tenido tanto estrés.

“La verdad, Enrique, estoy cansada. Ni siquiera llevo un mes en este país y ya siento que fue la peor decisión. Yo vine por el hombre del cual me enamoré, no por un hombre casado ni lleno de problemas. Vine por el hombre que, aun sin decir mucho, me hacía sentir segura. Ese hombre que, al hacerme el amor, me hacía perder la razón. Creí que tenía un futuro… pero no encontré nada. Me voy a regresar a mi finca. Ahí soy feliz.”

Enrique leyó cada línea varias veces. Estaba frustrado: no encontraba una solución. Él siempre la tenía.

“Mira, Victoria: tú no te irás. Tienes algo que es mío, y por lo tanto tú también lo eres. No importa a dónde vayas: te encontraré.”

Se sirvió una copa… luego otra… hasta quedar borracho. A la mañana siguiente despertó con Melisa desnuda a su lado. El dolor de cabeza lo mataba. Miró el reloj: once de la mañana. Muchas llamadas perdidas, reuniones aplazadas.

Andrés estaba preocupado. Era la primera vez que Enrique no respondía. Pensó en llamar al padre de Enrique, pero el hombre ya había salido a algo más importante: buscarle casa a Victoria.

A las siete de la mañana, Victoria fue despertada por un hombre elegante que la buscaba. Suspiró cansada y se relajó: a pesar de su seriedad, él era amable.

—Buenos días, señorita Hernández. Vengo a cumplir mi promesa: encontraremos una casa cómoda para usted.

—Lo siento, me quedé dormida…

—No tiene que disculparse. En su estado es normal.

Se bañó rápido, se puso una sudadera y un suéter, recogió su cabello. El padre de Enrique la miró y comprendió por qué su hijo se había enamorado: era sencilla, sin vanidad.

La más feliz era Vivian. Pensó que Andrés iría con ellos, pero quien conducía era Wilson.

—Me encanta tenerlas aquí. Veo que lograste conquistar a Andrés —bromeó.

Victoria iba en silencio. El padre de Enrique intentó conversar, pero ella no parecía feliz. Vieron varias casas. Ninguna le gustó… hasta que llegaron a la cuarta: enorme, preciosa, con jardín y vista de ensueño.

—Es hermosa… pero es demasiado dinero. Muy pronto me iré.

—Esta será tu hogar, Victoria.

El hombre fue a hacer el papeleo. Ella recorrió la casa. Jamás imaginó vivir en un lugar así. ¿Qué le diría a su hermana? Era hora de decir la verdad.

Enrique, ya más calmado después de la ducha, se prometió no volver a beber. Despertó a Melisa.

—¿Qué pasó anoche?

—Lo que pasa en un matrimonio. Lo más normal.

Ella salió feliz. Las fotos que se tomó serían “prueba” para Victoria.

En la oficina, Andrés ya lo esperaba.

—La reunión con los italianos la atendí yo. Solo debes firmar si te interesa. Y, por cierto, se te nota que bebiste. ¿Quieres hablar?

—Anoche perdí el control. Me encontré a Victoria… y a Arturo Pérez. Estaba fascinado con ella. Y ahora, Melisa sabe quién es.

Andrés guardó silencio. No quería estar en su lugar.

Victoria miraba el jardín.

—Es precioso.

—Lo es —dijo el padre de Enrique—. Pero escúchame: no quiero que estés cerca de Melisa. No es lo que aparenta. Puede hacerte daño… a ti y a tus hijos.

Al día siguiente, su hermano le ayudó a empacar.

—Quería que vivieras conmigo, pero necesitas tu espacio. Y, si ese hombre te está dando un hogar, al menos es responsable.

Al llegar, José y Mauricio se sorprendieron con la inmensa casa que Enrique había comprado. Pensaron que quizá no era tan malo.

Sin que Victoria lo supiera, la casa estaba llena de cámaras. El padre de Enrique las había mandado instalar… sin que nadie lo supiera.