¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 25
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Capitulo 25

Desde lejos, Fernanda miraba a la pareja que acababa de llegar y decidió no acercarse. Siempre aquella mujer le había parecido demasiado arrogante, y no podía olvidar que la primera vez que Gustavo insistió para que saliera con ella a tomar un café, la había tratado como una campesina. Desde entonces, permanecía alejada de esa mujer que, al frente de su marido, parecía encantadora.

Vivian no había visto al hombre entrar; estaba demasiado entretenida enviándole la foto a Andrés que su hermana le había tomado.

—¿Qué te parece? ¿Cierto que quedé hermosa?

Andrés, al verla tan bella, imaginaba cuántos hombres estarían mirándola y deseó estar allí con ella. Lo que más le preocupaba era aquel vestido: demasiado corto para su gusto, resaltando sus curvas.

—No quiero que vuelvas a ponerte ese vestido…

—¿Acaso no te gusta?

—Te ves demasiado perfecta con él.

Cuando vio que su esposo estaba solo, Fernanda caminó con elegancia hasta él y le regaló una sonrisa.

—No pensé encontrarme con Enrique aquí.

—Sabes que este es un lugar reconocido —respondió Gustavo—. No sé por qué te sorprende.

Se sentó y le dio un tierno beso. Gustavo se sintió el hombre más afortunado del mundo.

Mientras miraba la carta, revisó el reloj. No necesitó hablar para que Fernanda dijera:

—No te preocupes, pronto llegará.

Al poco tiempo, Victoria entró al lugar. Se quedó sorprendida: el sitio era hermoso. Caminó como si ya hubiera estado allí, observando todo, hasta encontrar la mesa.

Saludó a su cuñado con dos besos y, al ver a Vivian, la abrazó.

—Te extrañé.

—Creo que estás siendo demasiado dramática —dijo Fernanda sonriendo.

Mientras Melissa revisaba la carta, levantó la mirada y vio que en la mesa de Gustavo no había tres personas… sino cuatro. “Vaya sorpresa”, pensó. No imaginó que Victoria estaría allí.

—Creo que deberíamos unirnos a la mesa de Gustavo. Recuerda que vinimos porque tú insististe, pero tenemos que hablar —dijo Enrique.

La miró con seriedad.

—Lo que te pido es difícil… pero no quiero seguir fingiendo un amor que ya no siento. Te tengo cariño, agradecimiento… pero no amor.

Cada frase fue un puñal en el pecho de Melissa. Todo ese tiempo dedicado… y ahora él quería divorciarse.

Dejó la carta, se levantó y caminó con elegancia hacia la mesa de Gustavo. Todos se sorprendieron, sobre todo Victoria. Enrique, al verla, también se levantó y la siguió. Al llegar, ella sonrió.

—¿Podemos compartir mesa? Es bueno cenar en familia.

A Fernanda no le agradó la idea, pero accedió. Terminaron todos juntos.

Victoria, a sus 36 años, jamás había vivido algo tan incómodo. Tenía que respirar profundo para no quebrarse. Solo quería correr y encerrarse.

—Señora Hernández, nunca imaginé encontrarla aquí. Está hermosa.

—Gracias, es un halago viniendo de alguien tan perfecta como usted.

—¿Qué celebran?

—Nada —respondió Fernanda—. Solo invité a mis hermanas porque son importantes para mí. Es bueno compartir en familia.

—Perdón por mi imprudencia. Pensé que alguien cumplía años… tal vez usted, señora Hernández.

—Tengo 36.

—Se ve menor, aunque ya casi cumple 40.

—Bueno… faltan todavía cuatro años —sonrió Victoria.

Enrique no hablaba, pero no dejaba de mirarla. Se veía hermosa.

—Señora Hernández, me encantaría conocerla más. La invito a tomar un café. Casi no tengo amigos.

Melissa analizaba todo. Cada vez que Victoria hablaba, Enrique se tensaba. Empezó a sospechar que aquella mujer era la misma por la que él quería dejarla.

—Gracias —respondió Victoria—, pero pronto me iré. Soy colombiana. Extraño mi vida sencilla… el gallo despertando, la lluvia, el olor a café.

—Habla con ternura de ese lugar —dijo Melissa—. Seguro dejó enamorados allá.

—No —sonrió triste—. No he sido de buenas en el amor. Siempre me mienten.

Cuando llegó la comida, agradeció. Si hubiera sabido que Enrique estaría allí con su esposa, no habría ido.

Terminó rápido. Melissa la observaba comer, pensando que por eso estaba “tan gorda”.

Victoria pidió disculpas y se levantó. En el camino chocó con un hombre elegante.

—Lo siento, dama.

—No, fue mi culpa —sonrió.

Arturo Pérez la sostuvo.

—Si quiere, la guío. Conozco bien este lugar.

—Prefiero ir sola.

—No tema. No soy mala persona —dijo, divertido.

Enrique, desde lejos, los vio hablar. Apretó la mandíbula.

En la terraza, Victoria admiraba el paisaje.

—Es hermoso —dijo.

—Mucho gusto, soy Arturo Pérez.

—Victoria Hernández.

—Me encantaría conocerla más. Es muy hermosa.

—Pues se quedará con las ganas…

—Victoria, vámonos —interrumpió Enrique.

Ella lo miró, indignada.

—Déjame en paz. Ve con tu esposa.

—Creo que la escuchó —dijo Arturo calmado.

—¡Tú no te metas! —espetó Enrique, celoso.

Tomó a Victoria de la mano y la sacó, mientras ella intentaba soltarse.

Melissa, al ver la escena, lo comprendió todo. Ahora sabía que esa mujer era la razón.

Victoria, temblando, lo miró a los ojos y le dio dos bofetadas.

—Respétame, Enrique. Eres un hombre casado. Me mentiste. Y tienes una mujer adorable.