Nunca de nadie Capítulo cuarenta y cuatro — La pared sin cuadro #2
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Capítulo cuarenta y cuatro — La pared sin cuadro #2

Miró la pared vacía.

—Bien.

—¿Bien qué?

—Que no corriste a llenarla.

—Estoy creciendo.

—No exageres.

Puso la planta cerca de la ventana, evaluó la luz, movió una silla sin pedir permiso y luego me miró.

—¿Bruno te está presionando para vender el cuadro?

—Bruno llama presión a respirar.

—No pregunté eso.

—No. Está sugiriendo con insistencia.

—¿Tú qué quieres?

—Quiero que el cuadro deje de ser una pregunta doméstica. Quizá que entre en una institución donde pueda ser leído con más contexto.

—¿Y el dinero?

—También quiero el dinero.

Mara asintió, satisfecha.

—Bien. Di ambas cosas desde el principio. La pureza confunde contratos.

Nos sentamos a revisar papeles. Mara había preparado una lista de condiciones posibles para venta institucional o depósito a largo plazo: cláusula de contexto crítico actualizado, obligación de incluir procedencia, archivo de exposiciones, referencia a investigaciones recientes sin controlar la interpretación, derecho mío a donar documentos relacionados si quería, no exclusividad de lectura por parte de la Fundación Vidal. Yo la miré.

—¿Hiciste esto anoche?

—No duermo mucho.

—Eso no es saludable.

—Tampoco ustedes. Y aquí estamos.

—Gracias.

—No te pongas sentimental. La sentimentalidad arruina márgenes.

Después de revisar, se sirvió agua, miró mi cuaderno abierto y vio la llave de Miami entre páginas; no la tocó.

—¿Esa llave es para Aranda?

—Todavía no.

—Bien.

—¿Bien porque no debo?

—Bien porque todavía estás preguntando.

Me molestó lo mucho que acertaba.

—Le di una de Madrid.

—Lo sé. Me mandó foto como si fuera adolescente.

—Qué vergüenza.

—Fue moderadamente soportable.

—¿Y esta?

Mara miró la llave, luego a mí.

—No la des como compensación por haber ido primero a Miami, como promesa nacida del miedo a no tener un plan ni como prueba de que ya sanaste; dásela cuando te parezca práctico y verdadero.

—¿Práctico y verdadero?

—Las mejores cosas suelen ser ambas.

Pensé en el perro; en la frase; en las cajas con fecha; en la pared sin cuadro.

—Todavía no —dije.

—Entonces guarda la llave en un cajón. Los símbolos sueltos se ponen intensos si los dejas entre páginas.

La guardé en el cajón de la mesa.

Esa noche hubo una cena en la galería. Bruno, Mara, la artista colombiana, dos coleccionistas, una curadora de Nueva York, un crítico local y yo.

Durante un rato hablé de Madrid, del proyecto, de Elena.

La curadora de Nueva York conocía la obra de Tomás y preguntó con inteligencia por la revisión reciente.

Fue la primera vez que pude hablar de venderlo sin sentir que estaba confesando algo feo.

Más tarde, en la terraza, la artista colombiana se acercó a mí. Se llamaba Renata.

—Bruno me contó que la pared donde está mi obra antes fue… complicada —dijo.

—Bruno cuenta demasiado.

—Sí. Pero esta vez creo que fue útil. Me preguntó si me molestaba. Dije que no. Las paredes no son inocentes, pero tampoco tienen que quedarse fieles al daño.

La frase me gustó.

—Tu obra cambió el lugar.

—El lugar también cambió mi obra.

—Eso pasa.

Renata miró hacia adentro, donde sus telas se movían apenas con el aire acondicionado.

—Las cartas están desenfocadas porque mi madre me dijo que podía trabajar con ellas, pero que no quería que nadie leyera su letra. Al principio me pareció absurdo. ¿Para qué usar cartas que no se pueden leer? Después entendí que la mano era suficiente.

—La mano era el permiso.

—Sí.

Me quedé pensando en eso.

La mano era el permiso.

Otra frase para no poner en pared.

Al volver a mi apartamento, tarde, con los zapatos en la mano y el cansancio de haber hablado demasiado, me detuve otra vez frente a la pared vacía. La imaginé con otra obra; luego sin obra; luego con una fotografía; luego con nada durante mucho tiempo; la pared no exigía; eso era nuevo.

Nicolás llamó cuando yo ya estaba en pijama.

—¿Cómo fue?

—La galería está viva.

—Eso es bueno.

—Donde estuvo la puerta ahora hay cartas ilegibles.

—Eso parece correcto.

—Sí.

—¿Y tú?

—También ilegible, pero menos peligrosa.

—No estoy de acuerdo con lo de menos peligrosa.

—Cuidado.

—Dije peligrosa en sentido moderado.

—Aceptable.

Le conté lo de Renata, su madre, las cartas desenfocadas, la mano como permiso. Nicolás escuchó con esa atención que antes reservaba para heridas y ahora, a veces, podía dar a cosas más simples.

—La mano era el permiso —repitió.

—Sí.

—Eso me sirve.

—No hagas pieza.

—No prometo nada. Pero preguntaré.

—Bien.

Hubo un silencio. Sentí que la conversación se acercaba a la llave antes de que él supiera.

—Mara vio la llave de Miami —dije.

—¿Qué llave?

—Una copia. La puse en el cuaderno. Pensé en dártela. No todavía.

—Gracias por decirlo antes de hacerlo símbolo —dijo.

—Estoy aprendiendo.

—¿Por qué no todavía?

—Porque no quiero que sea compensación. Ni respuesta al cuadro. Ni premio por portarnos bien. Ni forma de tranquilizarte.

—¿Y qué quieres que sea?

Miré hacia el cajón donde la había guardado.

—Algo práctico y verdadero.

—¿Mara?

—Mara.

—Tiene razón.

—Detesto eso.

—Todos.

—¿Te duele que no te la dé ahora?

—Un poco.

—¿Puedes sostenerlo?

—Sí.

—Gracias.

—También me alegra que exista.

—A mí también.

Nos quedamos en silencio, unidos por una llave que no viajaba todavía.

Los días en Miami empezaron a tener una forma.

Luego revisaba el apartamento: papeles, libros, objetos de Tomás, objetos míos confundidos con los suyos por años de convivencia.

Separé sin violencia; esto va al archivo; esto se dona; esto se vende; esto se queda; esto se tira; esto no se decide.

No todo necesitaba resolución inmediata para que el proceso fuera real.

Encontré, en un cajón bajo, una caja pequeña con llaves antiguas.

La de un estudio que Tomás tuvo antes de casarnos; la de una casa que alquilamos una temporada; la de una maleta perdida.

Llaves de lugares que no existían como acceso pero seguían pareciendo promesa.

Qué extraña vida tienen las llaves después de su cerradura.

Bruno vino esa tarde y las vio.

—Podríamos hacer una obra conceptual mediocre —dijo.

—No.

—Correcto.

—¿Qué hago con ellas?

—Tirarlas sería saludable. Guardarlas sería humano. Fundirlas sería demasiado poético. Dárselas a Aranda sería delito emocional.

—Gracias por el rango.

Tomé una bolsa pequeña y puse allí todas las llaves sin uso. No las tiré todavía, sino que las etiqueté:

LLAVES SIN PUERTA. REVISAR EN SEIS MESES. NO CONVERTIR EN METÁFORA SI ES POSIBLE.

Bruno leyó la etiqueta.

—Fallaste en la última línea antes de terminarla.

—Lo sé.

—Pero apruebo.

Esa noche, después de que Bruno se fue, me senté frente a la pared vacía.

Pensé en la llave de Madrid en la mano de Nicolás.

En la de Miami guardada en mi cajón; en el cuadro de Tomás envuelto en depósito; en la puerta de la galería que ya no existía.

En la puerta de la sala de Miami que había sido citada por Valeria como si el cierre le perteneciera.

En la puerta de mi cuerpo en el hospital; en la de Paula, no amistad pero sí respeto; en la de Elena, ya no cerrada bajo la palabra imposible.

Abrir; cerrar; dar llave; retirar acceso; esperar.

No era una teoría, sino la vida cotidiana intentando no devorarnos.

Al tercer día, colgué algo en la pared.

No una obra de Tomás.

No una fotografía.

No una pieza importante.

Colgué una hoja pequeña enmarcada con una frase escrita a mano por mí, sin firma:

Preguntar antes de tocar.

La puse un poco más baja de lo habitual, a una altura que no imponía, y la miré desde el sofá como una regla doméstica, no como decoración o manifiesto, semejante al perro en la nevera de Asheville, la cartela de persona viva en Madrid, las etiquetas de Mara y la bolsa de llaves sin puerta.

Le mandé una foto a Nicolás.

Respondió:

“Esa pared ya respira.”

Luego:

“¿Puedo verla en persona cuando toque?”

Miré el mensaje.

Cuando de verdad tocara: no cuando me dejara, pudiera entrar o fuera a reclamar mi llave.

⁂

Escribí:

“Sí.”

Y, después de un minuto:

“Hay una llave esperando. Todavía no viaja.”

Él respondió:

“Yo también puedo esperar sin volverme estatua.”

Me reí sola.

Afuera, Miami seguía haciendo ruido. El aire caliente entraba por la ventana.

En algún depósito, el cuadro de Tomás esperaba una decisión; en Madrid, el perro vigilaba una nevera ajena.

En Asheville, el original hacía lo mismo junto a pan comprado y mapas que no buscaban traer de vuelta a nadie.

En mi cajón, una llave aguardaba no su ceremonia, sino su momento práctico y verdadero.

La pared, por primera vez, no parecía vacía.

Parecía disponible.