Capítulo cuarenta y cinco — Llaves sin puerta
CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
LLAVES SIN PUERTA
L a frase en la pared duró tres días antes de empezar a molestarme.
No porque fuera falsa. Preguntar antes de tocar seguía siendo, tal vez, la regla más honesta que había conseguido traer de todo lo ocurrido: de Miami, de Asheville, de Chicago, de Madrid, de Tomás, de Nicolás, de Elena, de Lucía, de Valeria, incluso de mi propio cuerpo.
Pero verla escrita allí, enmarcada, sola, en la pared donde antes había estado el cuadro grande de Tomás, la volvía demasiado limpia.
Y yo ya había aprendido a desconfiar de las consignas cuando empezaban a sentirse cómodas.
El cuarto día la bajé.
No la tiré, sino que la apoyé contra la pared, en el suelo, todavía enmarcada, como una instrucción que debía aprender a vivir más cerca del polvo, una pared que había probado una frase y había decidido no quedársela todavía.
Le mandé una foto a Mara.
Respondió:
“Mejor. Las reglas domésticas deben poder tropezarse.”
Bruno, a quien no se la envié pero seguramente la recibió por vía de Mara, escribió:
“Si empiezas a apoyar conceptos contra paredes, avísame para vender entradas.”
No respondí.
A veces la mejor manera de conservar una relación con Bruno era no alimentar su felicidad de ser Bruno.
Durante la semana siguiente, Miami me obligó a hacer cosas concretas.
No grandes decisiones, sino trámites, que suelen ser más reveladores: cancelar un seguro vinculado a una obra que ya no estaba en casa; actualizar un inventario; buscar facturas antiguas de Tomás; hablar con una tasadora; revisar un contrato de depósito; firmar la donación de algunos libros duplicados a una biblioteca universitaria; llamar a un plomero porque una tubería debajo del fregadero decidió recordarme que ninguna vida simbólica sobrevive sin mantenimiento. Agradecí esa indiferencia.
Mientras él trabajaba, yo separé papeles en la mesa del comedor.
La categoría “llaves sin puerta” creció.
No solo llaves metálicas. También accesos antiguos, tarjetas magnéticas vencidas, credenciales de exposiciones, códigos escritos en post-its, una tarjeta del estudio de Tomás, una copia de la llave de la galería que ya no abría nada porque Bruno había cambiado cerraduras después de Valeria, una credencial de Chicago con mi foto seria, un llavero pequeño de un hotel de Madrid que no debía haberme llevado.
Objetos que habían prometido entrada a lugares que ya no existían o a versiones de mí que no necesitaba recuperar.
Los puse sobre la mesa, alineados sin querer.
Luego deshice la alineación.
Demasiado instalación.
El plomero salió de la cocina secándose las manos.
—Ya está —dijo—. Pero debería cambiar esa pieza pronto.
—¿Cuál?
Me mostró una conexión vieja, corroída.
—Todavía funciona. Pero se va a romper.
Pensé que, si Bruno hubiera estado allí, habría dicho algo insoportable sobre metáforas hidráulicas. Como no estaba, pude agradecer en paz.
Cuando el plomero se fue, me quedé mirando debajo del fregadero. Todavía funciona; pero se va a romper; había estructuras enteras que podían describirse así; matrimonios, casas, fundaciones, cuerpos, relatos, tuberías. La diferencia estaba en si una esperaba la inundación para admitir el desgaste.
Esa tarde llamé a Nicolás.
—Bajé la frase de la pared —dije.
—¿Preguntar antes de tocar?
—Sí.
—¿Por qué?
—Se estaba volviendo demasiado segura de sí misma.
—Peligroso.
—Mucho.
—¿Dónde está ahora?
—En el suelo, apoyada contra la pared.
—Eso me gusta más.
—A Mara también.
—Entonces debe ser correcto o intimidante.
—Ambas.
Le conté lo de las llaves sin puerta, el plomero, la pieza corroída.
Nicolás escuchó con una atención que me hizo sonreír porque, meses antes, una conversación sobre tuberías habría parecido una pausa entre acontecimientos importantes.
Ahora la tubería era el acontecimiento. O, al menos, parte de la misma trama.
—Cámbiala antes de que se rompa —dijo.
—¿La tubería?
—Sí. Y cualquier otra cosa a la que aplique.
—Eso fue muy directo.
—Estoy intentando no hacerlo poema.
—Fracaso parcial.
—Lo acepto.
—¿Cómo está la casa?
—Menos solemne. Más desordenada. El perro sigue en la nevera. Mi madre llamó ayer para decirme que encontró otra caja y que esta vez no iba a traerla hasta saber qué era.
—Eso es enorme.
—Sí. Luego preguntó si debía etiquetarla.
—¿Y tú?
—Le dije que sí, pero que no pusiera “varios”, porque “varios” es una cobardía con tapa.
—Estoy orgullosa de ti.
—No lo digas tan grave. Me asusta.
—Estoy moderadamente satisfecha.
—Mejor.
Hubo un silencio breve.
—¿La llave de Miami sigue en el cajón? —preguntó.
La pregunta no exigía. Pero estaba viva.
—Sí.
—Bien.
—¿Sigues pudiendo esperar?
—Sí.
—¿Sin volverte estatua?
—Estoy haciendo estiramientos.
Me reí.
—Idiota.
—Te amo.
—Te amo.
No le dije que había sacado la llave del cajón dos veces y vuelto a guardarla; no por secreto, sino porque todavía no sabía qué significaba.
¿Quería que Nicolás pudiera entrar en Miami, que Miami fuera un lugar suyo y darle acceso al apartamento donde Tomás había ocupado paredes, donde yo había aprendido a vivir con fantasmas, donde la puerta de la galería había sido desmontada y la pared respiraba apenas?
Porque todavía estaba cambiando la tubería interna, esa conexión vieja que funcionaba hasta romperse.
Bruno organizó la tasación del cuadro con una eficiencia que parecía desinterés y no lo era.
Llegó al depósito con una asistente, revisó procedencia, estado de conservación, historial de exposiciones, mercado reciente de Tomás, demanda institucional, riesgos reputacionales, oportunidades críticas. Me gustó.
—La revisión del periodo madrileño puede afectar la narrativa, pero no necesariamente de manera negativa —dijo, frente al cuadro descubierto—. Si se maneja con rigor, puede ampliar el interés institucional. Las obras que sobreviven a una relectura suelen volverse más complejas, no menos valiosas.
Bruno, a mi lado, murmuró:
—Al fin alguien con sentido común y zapatos caros.
Helena fingió no oírlo.
—La pregunta —continuó— es qué quiere usted que ocurra con la obra. No solo cuánto vale.
Yo miré el cuadro.
—Quiero que deje de vivir como una reliquia privada.
—Eso es claro.
—Quiero que sea leído con contexto. Que no se esconda la revisión sobre Elena Alcázar. Que no se convierta en propaganda contra Tomás, pero tampoco en limpieza de su legado.
—Eso es más difícil, pero posible.
—Y quiero venderlo. No regalarlo.
Helena asintió sin juicio.
—También claro.
Me sorprendió la tranquilidad que sentí al decir que quería venderlo, no como venganza o por un hambre vulgar de dinero, aunque el dinero también importaba, sino como un cambio de custodia, una salida de mi pared y el reconocimiento de que una obra podía seguir su vida sin exigirme compañía diaria.
—Hay dos instituciones que podrían interesarse —dijo Helena—.
Una en Nueva York, otra en Houston. La de Nueva York tiene mejor colección de conceptual latinoamericano, pero más tendencia a neutralizar conflictos en textos pulidos.
Houston podría incorporar mejor la conversación con archivo, migración, influencia y deuda intelectual. Habría que explorar.
Houston.
La ciudad apareció con una extrañeza inesperada.
No como destino de vida, sino como posibilidad para un cuadro de Tomás.
Recordé conversaciones antiguas sobre mudanzas, sobre trabajo, sobre ciudades posibles, sobre seguridad, dinero, bilingüismo, caminar, ahorrar.
Todo aquello parecía otra vida y seguía siendo la misma.
Las ciudades entraban y salían de mis decisiones como si también fueran personajes.
—Exploremos ambas —dije.
—¿Estás segura?
—No.
—Respuesta correcta.
Helena cerró su carpeta.
—Entonces avanzamos sin compromiso.
Avanzar sin compromiso. Otra forma adulta de respirar.
Después de la tasación, Bruno y yo fuimos a comer. Esta vez no se burló de inmediato. Eso me preocupó.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Bruno.
—Estoy pensando que vender ese cuadro puede ser una de las cosas más sanas y más violentas que hagas.
—Gracias por la paz.
—No dije violenta en mal sentido. A veces hay que ejercer fuerza sobre las formas de lealtad que se nos quedaron viejas.
—Eso fue casi amable.
—Me disculpo.
—Aceptado.
Comimos en silencio un rato. Luego dijo:
—Tomás no habría querido que lo vendieras.
La frase no me sorprendió, tampoco me destruyó.
—No.
—Habría dicho que la obra debía quedarse contigo porque tú entendías su respiración.
—Sí.
—Y habría sonado hermoso.
—Sí.
—Y también habría sido una forma de retener pared.
Miré el plato.
—Lo sé.
Bruno bebió agua.
—Una parte de mí quiere protegerlo de esto —dijo de pronto.
Levanté la vista.
—¿A Tomás?
—Sí.
No esperaba esa confesión.
Bruno hizo una mueca, incómodo con su propia sinceridad.
—Lo conocí mucho tiempo. Lo quise, aunque me irritara. Lo administré. Lo vendí. Lo defendí cuando no debía y lo critiqué cuando era rentable hacerlo. No creas que estoy fuera de la estatua. Ayudé a pulirla.
—Lo sé.
—Qué desagradable que lo sepas.
—No estás limpio, Bruno.
—Nadie, al parecer. Esta novela moral en la que vivimos es agotadora.
—No es novela moral.
—Entonces peor.
Sonreí.
—¿Te duele que venda?
—Me duele que sea necesario. Y me alegra que puedas. Y me molesta que ambas cosas no se anulen.
—Así es casi todo últimamente.
—Sí.
Ese fue uno de los momentos en que más lo quise. No por su ironía, ni por su eficacia, ni por la manera en que sabía entrar en una crisis con la herramienta adecuada y el comentario equivocado. Movía a todos los que habían vivido, trabajado o construido alrededor de esa figura.
Mara pasó por el apartamento esa noche con comida y una carpeta nueva. Siempre una carpeta.
—Condiciones preliminares para negociación institucional —dijo.
—Buenas noches a ti también.
—El saludo está implícito.