Capítulo cuarenta y cuatro — La pared sin cuadro
CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
LA PARED SIN CUADRO
M iami no conserva bien el silencio. Esa fue la primera cosa que recordé al despertar en mi apartamento, con la luz entrando de una manera casi agresiva por las rendijas de las persianas, los autos pasando abajo, una sirena lejana, el zumbido del aire acondicionado, un golpe metálico en alguna obra del edificio y el sonido húmedo de la ciudad trabajando antes de que una estuviera preparada para existir dentro de ella.
Madrid tenía otra forma de ruido: capas, pasos, voces, vajilla en terrazas, motos, conversaciones que parecían empezar antes de una esquina y continuar después.
Miami entraba de golpe. Quizá por eso, durante años, yo había confundido su brusquedad con vida y su exceso de luz con claridad.
Me levanté temprano. El apartamento tenía esa cualidad ligeramente abandonada de los lugares que una ha seguido pagando sin habitarlos de verdad: plantas sobrevivientes con resentimiento, polvo en los bordes de las mesas, correo acumulado en una bandeja, olor a cerrado debajo del perfume del detergente que alguien de limpieza había usado semanas antes, vasos demasiado limpios y una frialdad de hotel disfrazada de casa propia.
El aire entró caliente, denso, inmediato, y la pared no era blanca del todo, porque la pintura había envejecido de manera desigual alrededor del marco, dejando un rectángulo apenas visible, una especie de fantasma geométrico. La ausencia también dejaba manchas.
Me senté frente a esa pared con una taza de café malo. Todavía no había un perro en la nevera de Miami; la copia seguía en Madrid. Pensé en traer otra, luego me detuve, porque no todo símbolo útil necesitaba multiplicarse hasta perder fuerza. En Miami, quizá, la consigna debía ser otra.
La pared sin cuadro.
Eso bastaba.
Bruno pasó por mí a media mañana para ir al depósito. Llegó con dos cafés, una carpeta bajo el brazo y una expresión de haber discutido ya con tres personas antes de las diez.
—No preguntes —dijo al entrar.
—Buenos días.
—Eso también es una pregunta encubierta.
—¿Dormiste?
—No abuses.
Miró la pared vacía.
—Sigue ahí.
—¿La pared?
—La decisión.
Le acepté el café.
—Hoy quiero ver el cuadro.
—Lo imaginé.
—¿Está bien?
—Sí. Envuelto, registrado, aburrido. Como deberían estar muchas cosas.
—Quiero decidir si lo vendo, lo dono, lo guardo o lo dejo pudrirse en una bodega cara.
—Venderlo sería un escándalo menor.
—No quiero decidir en función del escándalo.
—Bien. Donarlo sería un escándalo más elegante.
—Bruno.
—Perdón. Estoy calentando.
—Guardar no es neutral.
—Nada lo es. Ni siquiera el café, que está horrible.
Bajamos al auto. Miami brillaba con esa impudicia que me había parecido vulgar en Madrid y que ahora reconocía como una forma de defensa.
Las palmeras, los anuncios, las fachadas blancas, el tráfico, la gente caminando rápido hacia lugares refrigerados.
Bruno manejaba como si la ciudad lo hubiera insultado personalmente.
—La galería está tranquila —dijo.
—Eso suena falso.
—Está menos incendiada que antes.
—Mejor.
—Mara llega mañana.
—¿Por mí?
—Por inventario. Por una charla. Por ti un poco. No te emociones.
—No pensaba.
—Mentira.
El depósito estaba en una zona sin glamour, un edificio grande de clima controlado, pasillos limpios, puertas metálicas, cámaras, formularios.
Allí las obras de Tomás habían perdido la autoridad que tenían en paredes blancas.
Eran paquetes, cajas, números, materiales asegurados.
El arte, cuando está envuelto, se parece mucho a una mudanza con más dinero.
El encargado nos llevó a una sala de revisión.
Durante años, esa obra había presidido mi sala con una elegancia que yo llamaba respeto y que ahora me parecía otra cosa: una vigilancia suave, aceptada, casi decorativa.
La pieza pertenecía a una serie temprana de Tomás, una superficie blanca grisácea atravesada por líneas negras muy finas, con zonas de pigmento raspado y una composición que sugería una puerta o una ventana sin admitirlo. Ahora no sabía.
El encargado retiró la cubierta.
El cuadro apareció.
No sentí golpe; eso me sorprendió; sentí, más bien, un cansancio antiguo que no quería dramatizarse.
—Hola —dije en voz baja.
Bruno no se burló.
Me acerqué sin tocarlo; la superficie seguía siendo hermosa; eso complicaba todo.
Habría sido más fácil que la obra se volviera mala junto con las cosas que había aprendido de Tomás.
Pero no; seguía teniendo fuerza; seguía siendo inteligente, sobria, tensa; la belleza no absuelve; tampoco desaparece por decreto moral; ojalá.
—Sigue siendo bueno —dije.
—Sí.
—Qué molesto.
—Mucho.
Me quedé mirándolo.
—No lo quiero en mi casa.
—Eso ya lo sabes.
—Sí.
—¿Quieres venderlo?
La pregunta estaba allí, práctica, brutal.
Vender una obra de Tomás no era solo desprenderme de un objeto.
Era tocar dinero, mercado, legado, rumores, quizá la Fundación preguntando por qué la viuda soltaba una pieza importante.
Pero también era reconocer que no todos los restos de una vida deben conservarse para demostrar fidelidad.
—No sé.
—Podrías donarlo a una colección pública.
—¿Para que siga siendo estatua?
—Depende de dónde y cómo.
—Podría ir con contexto.
—Todo puede ir con contexto si una pelea suficiente.
—Estoy cansada de pelear con cartelas.
Bruno sonrió apenas.
—Entonces véndelo caro y compra libertad.
La frase me molestó porque era demasiado simple. También porque tenía algo de verdad.
—¿Libertad?
—Tiempo para escribir. Mudanzas. No aceptar trabajos idiotas. Pagar abogados si alguna otra loca decide que tu vida es material abierto. Cosas vulgares, necesarias.
Miré el cuadro.
Tomás había ganado dinero en vida, sí, pero no lo suficiente para que mi existencia quedara resuelta.
Las obras, los derechos, los seguros, los catálogos, todo había producido más responsabilidad que liquidez.
Vender esa pieza podía darme aire; también podía sentirse como traición; aunque traición a qué, exactamente; ¿A una pared?
¿A una versión mía que creía que conservar era amar?
¿A la Fundación? Esa parte me interesaba menos.
—No hoy —dije.
—Bien.
—Pero quizá.
—Mejor.
—Quiero ver si hay instituciones interesadas en adquirirla con un acuerdo de contexto. No donación. Venta. Pero con material crítico actualizado, incluyendo la revisión de la etapa madrileña y Elena.
Bruno me miró con una mezcla de orgullo y fastidio.
—Eso es muy tú.
—¿Complicado?
—Caro, lento, moralmente preciso y agotador.
—Entonces sí.
—Puedo hacer llamadas.
—Sin decidir por mí.
—Por supuesto. Solo manipularé el mercado a favor de tu autonomía.
—Bruno.
—Perdón. A veces digo las cosas como son.
Le pedí al encargado que lo cubriera otra vez. Cuando la tela volvió sobre la superficie, no sentí alivio ni duelo, porque ya no lo percibía como amenaza, sino como activo, memoria, obra, resto y problema, varias cosas a la vez.
Al salir del depósito, llamé a Nicolás desde el estacionamiento; no porque necesitara permiso, sino porque quería que supiera.
—Vi el cuadro —dije.
—¿Y?
—Sigue siendo bueno.
—Lo siento.
—Gracias.
—¿Lo quieres de vuelta?
—No.
—¿Venderlo?
—Quizá. Con condiciones.
—Eso también suena a ti.
—Bruno dijo algo parecido.
—Entonces retiro la frase por contaminación.
Le conté la idea: venta a institución, contexto actualizado, Elena, no estatua, no ocultamiento, no donación sacrificial.
Nicolás escuchó sin interrumpir.
—Me parece justo —dijo.
—¿No te incomoda?
—¿Por Tomás?
—Sí. Por mí vendiendo algo suyo. Por usar el dinero. Por convertirlo en aire.
—Clara, si un muerto dejó algo que puede darte vida sin mentir sobre él, quizá sería peor dejarlo encerrado para parecer leal.
Cerré los ojos. El calor del estacionamiento me golpeaba la cara.
—Eso fue bueno.
—Estoy teniendo un día útil.
—No abuses.
—Además, vender no es borrar. Es cambiar custodia.
—Otra frase peligrosa.
—La aprendí de ti.
Bruno tocó la bocina desde el auto.
—Bruno quiere que deje de sentir.
—Dile que espere.
—No sabe.
—Lo sé.
Antes de colgar, Nicolás preguntó:
—¿Cómo está la pared?
Miré hacia la ciudad, como si pudiera ver mi apartamento desde allí.
—Vacía.
—¿Y eso cómo se siente?
—Como una pregunta que no necesito responder con otro cuadro todavía.
—Bien.
—Sí.
—Te amo.
—Te amo.
Cuando subí al auto, Bruno me miró por encima de los lentes.
—¿Aranda aprobó la subasta emocional?
—No es subasta.
—Todo es subasta si hay suficiente mala fe.
—Qué descansado debe ser tu mundo.
—Jamás.
Fuimos a la galería. Yo no había entrado desde hacía meses.
La fachada seguía igual, pero el interior había cambiado; la sala donde estuvo la puerta cerrada ya no existía como tal.
Aun así, yo sabía dónde había estado. Solo una pared limpia con una obra de otra artista, telas tensadas con hilos, fotografías pequeñas de manos sosteniendo cartas; sonreí.
—¿Qué? —preguntó Bruno.
—Pusiste cartas donde estaba la puerta.
—Fue casualidad.
—Mentira.
—Parcialmente.
—¿Y la artista?
—Muy buena. Y viva, por desgracia para los coleccionistas que prefieren genios muertos con precios más estables.
Me acerqué a la obra. No se parecía en nada a nuestra puerta y no contenía morbo ni amenaza. Las cartas estaban borrosas, ilegibles, no como misterio sino como respeto, y me gustó.
—Esto está bien aquí —dije.
—Yo también pensé eso.
La galería no me devolvió al escándalo. Eso me conmovió.
Había temido sentir el eco de la noche de inauguración, Valeria entre la gente, la frase, la policía, la puerta como símbolo convertido en arma.
Pero el espacio había seguido trabajando.
Había alojado otras obras, otros cuerpos, otros problemas.
No todo lugar que fue herida debe conservarse como herida para probar que pasó.
Mara llegó al día siguiente.
Entró en mi apartamento con una bolsa de herramientas, una carpeta y una planta pequeña.
—No preguntes por la planta —dijo.
—Buenos días.
—Es resistente. Para gente que viaja y dramatiza.
—¿Gracias?
—De nada.