Nunca de nadie Capítulo cuarenta y tres — Una llave sin ceremonia
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Capítulo cuarenta y tres — Una llave sin ceremonia

CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

UNA LLAVE SIN CEREMONIA

A bril empezó con luz limpia y maletas abiertas. El proyecto de Madrid llegaba a un cierre parcial, y yo tenía que volver a Miami para decidir qué hacer con el apartamento, las obras y las cuentas que había mantenido en suspenso.

Nicolás pasó diez días conmigo. Discutimos por una carpeta movida para poner pan y por el orden de mis viajes; no fueron días perfectos; eso me dio más confianza que cualquier armonía ensayada.

—¿Después de Madrid vas a Miami o a Asheville? —preguntó.

—Primero a Miami.

La respuesta le dolió; no la usó como acusación.

—Necesito saber si todavía es una casa —expliqué—. No puedo decidir dónde estar sin mirar lo que he dejado allí.

La víspera del viaje cenamos con Inés y el equipo. Paula se fue temprano; Julián y Nicolás hablaron en el balcón; nadie convirtió el encuentro en examen. Al volver al apartamento, terminé de empacar.

En el llavero estaba la copia que la institución reservaba para residentes e invitados. El apartamento seguiría disponible algunos meses y yo podría usarlo cuando regresara. Saqué otra copia y se la entregué a Nicolás.

—Es una llave de invitado —dije—. Temporal. Revocable. No es una promesa de mudanza.

—Entiendo.

—¿Lo sabes o practicas?

—Lo practico.

No hubo ceremonia; guardó la llave junto al teléfono y siguió doblando ropa. Esa normalidad impidió que el gesto se convirtiera en una deuda.

A la mañana siguiente fuimos al aeropuerto. Yo volaba a Miami; él, a Nueva York y luego a Asheville. Nos despedimos antes de seguridad.

—Avísame cuando llegues.

—Tú también.

Crucé con una camiseta suya en la maleta y una llave menos en el llavero. Había dado acceso sin ceder propiedad. La distinción era pequeña, pero por fin no necesitaba explicarla tres veces para creerla.