Capítulo treinta y ocho — La casa en invierno
CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
LA CASA EN INVIERNO
A sheville en invierno no se parecía a la casa que yo recordaba.
La montaña estaba seca, los árboles desnudos y la luz no intentaba convertir nada en presagio.
Nicolás me esperaba en el porche con un suéter verde de renos deformes.
Me reí antes de sentir miedo, y esa fue la primera señal de que la casa había perdido parte de su autoridad.
Adentro seguían las cajas, la calefacción desigual y la cafetera ruidosa.
También había cambios: el estudio grande estaba cerrado por seis meses; Nicolás trabajaba en una habitación menor, sin piezas monumentales ni fotografías de Lucía a la vista.
En la nevera, sujeto con dos imanes feos, estaba el dibujo de un perro con alas y seis ojos.
—No muerde si le preguntas —leí.
—Lo escribió Lucía.
Nicolás no añadió una explicación, sino que preparó sopa, quemó el pan y me contó que Amalia había pedido pasar la tarde del veinticuatro, sin intención de cenar o quedarse, solo de dejar algo.
Llegó manejando sola, con una caja plana envuelta en papel marrón. No parecía una mujer imperial, sino alguien que no sabía cómo cruzar una puerta sin convocar a quienes ya no estaban.
—Son dibujos —dijo—. De los dos.
Nicolás no tocó la caja.
Amalia explicó que los había encontrado al revisar un armario. Algunos tenían fecha; otros, no. Había trabajos de Lucía, de Nicolás y de ambos. Los había guardado durante años porque le parecía insoportable separarlos y más insoportable mirarlos.
—No vine a pedirte que los abras —dijo—. Vine a dejar de decidir por ti.
Nicolás escribió una etiqueta: DIBUJOS DE INFANCIA; REVISAR EN ENERO; NO EXHIBIR; luego dejó el marcador.
—Tampoco usarlos para explicar a Lucía —dije.
Añadió la frase. Amalia la leyó y asintió. Antes de irse, miró el perro de la nevera.
—Ese lo hizo ella —dijo.
—Lo sé.
La visita duró menos de una hora; no produjo reconciliación ni escena; cuando el auto desapareció, Nicolás llevó la caja a la sala, lejos del estudio.
Esa noche vimos una película mala y contestamos mensajes. Bruno fingía sufrir en una cena de Miami; Mara recomendaba no tomar decisiones familiares bajo azúcar; Inés deseaba un año en que abriéramos lo necesario y dejáramos en paz lo demás. La caja permaneció cerrada.
Antes de dormir, Nicolás tomó mi mano.
—¿Te molesta que esté aquí?
—Me molestaría más que la abrieras por culpa.
La casa crujió; la montaña estaba oscura. Por primera vez, una caja con fecha no parecía una amenaza, sino una decisión aplazada con límites.