Nunca de nadie Capítulo treinta y siete — La mujer que no fue nota al pie #2
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Capítulo treinta y siete — La mujer que no fue nota al pie #2

“El título es malo. El artículo no tanto. No alimentar.”

Elaine, desde Chicago, añadió:

“La palabra viuda debería requerir licencia de uso.”

Nicolás:

“Estoy practicando no odiar al periodista con demasiada energía.”

Yo respondí:

“No responderé. Pero voy a escribir otra cosa.”

Bruno:

“Eso suena a responder.”

“No públicamente.”

Mara:

“Permitido.”

Lo que escribí no fue una réplica. Fue una nota para el proyecto, breve, que titulé “Nombrar desde el centro equivocado”.

Hablaba de cómo incluso las lecturas correctoras pueden repetir la estructura que critican si organizan a las mujeres alrededor del hombre que intentan revisar.

No mencionaba el artículo. No mencionaba mi molestia personal.

Pero era, claramente, una forma de devolver el eje a Elena. Inés lo leyó y dijo:

—Esto puede ir como entrada del cuaderno del proyecto.

—No quiero que parezca reacción.

—Entonces esperamos dos semanas.

—Bien.

—Y quitamos una frase.

—¿Cuál?

—“La prensa ama tanto a las viudas porque no sabe qué hacer con las mujeres vivas.”

—Esa es la mejor.

—Precisamente.

Se la envié a Bruno antes de quitarla. Me respondió:

“Esa frase debe vivir en algún lugar.”

La guardé en mi cuaderno.

Diciembre se acercó con una suavidad rara.

Madrid se llenó de luces, mercados, gente cargando bolsas, cenas de trabajo, invitaciones ambiguas.

Durante años, la Navidad había sido un trámite elegante con Tomás, luego una zona de duelo administrada, luego algo que evitaba o resolvía con Bruno y demasiado vino.

Ese año tenía opciones, y las opciones, cuando una no está acostumbrada a ellas, también pueden cansar.

Nicolás quería que fuera a Asheville unos días.

Lo dijo con cuidado, casi demasiado, en vez de plantearlo como una exigencia.

—Podrías venir después del veinte —dijo por teléfono—. No tiene que ser Navidad si esa palabra pesa. Solo unos días. Mara estará en Miami. La casa estará tranquila. Mi madre quizá venga una tarde, no si no quieres. Podemos no hacer nada.

—Eso suena tentador y peligroso.

—Lo sé.

—¿Por Amalia?

—Por todo.

—¿Quieres que vaya para no estar solo?

Silencio.

—Una parte sí —dijo—. Pero no quiero que sea la razón principal.

—¿Cuál es la principal?

—Quiero que la casa tenga una memoria contigo que no sea persecución, archivo ni crisis.

Esa frase me tocó.

—Eso es una buena razón.

—También quiero verte con suéter horrible y comida vulgar en un lugar donde antes solo supimos estar hermosos y asustados.

—Eso es mejor razón.

—Estoy mejorando.

—Voy a pensarlo.

No dije sí de inmediato; antes habría aceptado o rechazado por miedo a lo que el gesto significara. Ahora intentaba dejar que el deseo tuviera tiempo.

Esa tarde Julián me invitó a la cena de fin de año del equipo. Todos irían; acepté; luego añadió, con tono casual:

—Después quizá algunos iremos a tomar algo por Lavapiés. Si te apetece.

Lo miré.

Él sostuvo mi mirada un segundo más de lo estrictamente profesional, y luego sonrió, casi disculpándose.

—Sin obligación —dijo.

—Creo que iré solo a la cena.

—Claro.

No había falta. Me pregunté si le gustaba o si le interesaba la versión de mí que Madrid había producido: una mujer extranjera, inteligente, atravesada por un pasado lo bastante visible para resultar literario.

Me molestó más saber que quizá también me gustaba ser vista sin que la mirada estuviera atravesada por hospitales, abogados, muertos propios. Solo se vuelve más incómoda.

Esa noche se lo conté a Nicolás.

—Julián vuelve a insinuar —dije.

Nicolás soltó aire.

—Gracias por decirlo.

—No hice nada.

—Lo sé.

—Pero me halaga un poco.

La frase quedó allí.

—Eso me duele —dijo.

—Lo sé.

—Pero prefiero saberlo.

—No quiero actuar como si amar significara no recibir ninguna mirada.

—No quiero pedirte eso.

—Y no quiero alimentar algo que sé que no quiero seguir.

—¿Estás segura de que no quieres?

La pregunta fue difícil; no acusatoria; difícil.

Pensé.

—Sí. No lo deseo. Pero me gusta la posibilidad abstracta de no estar cerrada al mundo.

—Eso sí lo entiendo.

—¿Sí?

—Sí. A mí también me mira gente. A veces me gusta. No porque quiera ir hacia ahí, sino porque recuerda una parte de uno que no pertenece del todo a la relación.

Sentí una punzada de celos, inmediata y reveladora.

—Odio entenderte.

—Es mutuo.

Nos reímos, pero no demasiado.

—Entonces regla —dije—. No alimentar posibilidades que no queremos convertir en actos.

—Acepto.

—Y no castigarnos por notar que existen.

—Acepto.

—Y si alguna deja de ser abstracta, se dice antes de que haga daño.

Silencio.

—Acepto —dijo.

Esa noche dormí mal, no porque dudara de Nicolás ni de mí, sino porque el amor adulto seguía exigiendo una cantidad de honestidad que me parecía indecente.

Al día siguiente, sin embargo, me sentí más tranquila.

El límite con Julián estaba claro. La invitación a Asheville seguía abierta.

Madrid seguía siendo mía, no porque no hubiera tentaciones, sino porque podía elegir sin fingir que el mundo no ofrecía ninguna.

La cena de fin de año fue ruidosa, larga, llena de brindis mediocres y conversaciones cruzadas.

Julián se comportó con una corrección casi excesiva.

Eso me hizo apreciarlo más y desear que el mundo estuviera hecho solo de personas capaces de recibir un límite sin convertirlo en ofensa. Al despedirnos, me dijo:

—Te vamos a extrañar estos días si te vas.

—Vuelvo en enero.

—Lo sé. Buen viaje, si vas.

—Gracias.

Nada más.

Esa noche compré el boleto a Asheville.

No lo hice por culpa o para tranquilizar a Nicolás, sino porque vi una cocina, una mesa, cajas cerradas con fechas, un estudio pequeño, quizá una visita incómoda de Amalia, Nicolás quemando pan, una camiseta en un cajón y la posibilidad de pasar unos días sin convertir el pasado en anfitrión.

Le envié a Nicolás la confirmación del vuelo.

Respondió:

“Estoy feliz y tratando de no hacer de eso una presión.”

“Bien.”

“Voy a comprar comida vulgar.”

“Imprescindible.”

“¿Suéter horrible?”

“Negociable.”

Después escribió:

“Gracias por venir porque quieres.”

Miré la pantalla mucho rato.

“Gracias por notar la diferencia.”

El día antes de volar, pasé por la institución para dejar todo organizado.

La carpeta Alcázar-Vidal estaba en depósito, cerrada.

El informe del comité en archivo de trabajo.

Elena empezaba a ocupar el centro que le correspondía.

Paula había enviado un correo breve deseando buen descanso al equipo. Inés me entregó una pequeña bolsa.

—Para llevar —dijo.

Dentro había una copia impresa de la cita de Elena, en una tarjeta simple.

—No es souvenir —dijo Inés.

—¿Entonces?

—Recordatorio.

—¿De Elena?

—De no volverte estatua tú tampoco.

Me quedé sin respuesta.

La abracé; Inés aceptó el abrazo con la incomodidad digna de una mujer que prefería los protocolos, pero no se apartó.

Esa noche, en el apartamento, hice la maleta para Asheville.

Guardé ropa de invierno, el libro de poemas, la tarjeta de Elena, la de la lata de galletas, la síntesis de la nota de Tomás.

Dudé sobre llevar la carta completa. Al final la dejé en Madrid, dentro del cuaderno, sobre la mesa.

No todo tenía que viajar ni todo tenía que acompañarme a cada escena.

Abrí el cajón; las camisetas de Nicolás seguían allí; tomé una.

La doblé y la metí en la maleta.

No para devolverla.

Para usarla.

Cuando cerré la maleta, sentí que algo en mí sonreía antes que mi boca.

Asheville no me esperaba como salvación, tampoco como amenaza.

Me esperaba como una casa que todavía no era mía y quizá nunca lo sería del todo.

Eso, por primera vez, me pareció suficiente.