Nunca de nadie Capítulo treinta y seis — La lectura delegada
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Capítulo treinta y seis — La lectura delegada

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS

LA LECTURA DELEGADA

D espués de que Nicolás se fue, Madrid quedó más grande.

Durante los primeros días me sorprendí esperando su cuerpo en lugares donde nunca había estado realmente instalado: junto a la cafetera mala de la institución, en la esquina donde habíamos tomado taxi, en la cama demasiado ancha para una sola persona, frente al cajón donde sus camisetas seguían dobladas junto a las mías con una normalidad que no terminaba de ser normal.

No lo llamé cada vez que lo extrañé; no por orgullo, sino porque una parte de nuestro acuerdo consistía en no convertir la ausencia en alarma permanente.

Le escribía cuando tenía algo que decir, y a veces cuando no tenía nada, pero no para pedirle que llenara el espacio que Madrid me estaba obligando a habitar.

El trabajo, por fortuna, no tenía ninguna intención de tratarme con delicadeza.

La política de No acceso empezó a aplicarse a materiales concretos, y eso significó que las frases limpias del protocolo se ensuciaron rápido con casos difíciles: una serie de cartas de una mujer a su hermano donde hablaba de una hija que nadie en la familia actual sabía que había existido; una libreta con poemas excelentes y notas antisemitas en los márgenes; fotografías de una pareja que había vivido junta treinta años sin reconocimiento legal y cuyos sobrinos querían donar “solo las imágenes decentes”; una caja de cintas con voces sin identificar; tres diarios de una escritora que había pedido en vida que se destruyeran, pero cuya sobrina los había guardado porque “el mundo tenía derecho a conocerla completa”.

Cada caso ponía en ridículo cualquier deseo de pureza.

Abrir podía ser reparación. Abrir podía ser saqueo.

Cerrar podía ser cuidado. Cerrar podía ser cobardía.

Destruir podía ser violencia. Destruir podía ser la única forma de obediencia.

El archivo, entendido de cerca, era mucho menos noble que en las conferencias y mucho más humano.

La carpeta de Tomás y Elena Alcázar seguía cerrada para mí.

No para el comité.

Eso era lo que más me costaba aceptar: que otras personas, desconocidas o casi desconocidas, estaban leyendo lo que yo no debía leer.

Una archivista independiente, una especialista en ética documental y una investigadora de literatura venezolana revisaban los materiales con Marta y Sami como apoyo técnico.

Nada que pudiera satisfacer el hambre privada que yo, con cierta vergüenza, seguía teniendo.

La primera vez que vi a la investigadora venezolana salir de la sala de revisión con una carpeta bajo el brazo, tuve que apartar la mirada.

No porque sospechara de ella, sino porque en su rostro había una concentración que yo quise interpretar.

¿Había encontrado a Elena disminuida por él o a él formado por ella y encontrado mi nombre como nota al pie, como confesión, como miedo?

La imaginación, cuando se le niega acceso, trabaja horas extras y cobra con ansiedad.

Esa noche llamé a Nicolás.

—Hoy vi salir a una de las lectoras del comité —dije.

—¿Y?

—La odié durante tres segundos.

—Comprensible.

—No hizo nada malo.

—También comprensible.

—Estoy celosa de una mujer que tiene permiso para leer lo que yo no.

Nicolás guardó silencio apenas.

—Ahora sabes cómo se siente estar celoso de una nota —dijo.

—No uses mi dolor para ganar simetría.

—Perdón.

—Aunque tienes razón.

—Eso quería, pero con menos castigo.

Me reí; el enojo se deshizo un poco.

—¿Cómo va Asheville? —pregunté.

—Lento. Rompí una pieza.

—¿Por accidente?

—No.

—Entonces no la rompiste. La destruiste.

—Suena más grave.

—Es más exacto.

—Era una pieza eficaz que ya no quería ser el hombre que hizo.

Reconocí mi frase y me quedé callada.

—¿Y cómo fue? —pregunté.

—Menos dramático de lo que esperaba. Usé herramientas, no fuego. Mara habría estado orgullosa.

—La estamos convirtiendo en unidad de medida.

—Sí.

—¿Te dolió?

—Sí. Pero también me dio espacio.

Espacio; esa palabra seguía apareciendo en todos lados, como si el mundo hubiera decidido corregirme por acumulación.

A mediados de noviembre, Paula Alcázar pidió una reunión formal.

Inés me avisó con una prudencia que ya empezaba a conocerle.

—Quiere estar informada del proceso del comité. No tiene derecho a revisar sus conclusiones preliminares, pero sí a expresar preocupaciones como donante.

—¿Quiere hablar conmigo?

—Sí.

—¿Debe?

—No necesariamente.

Pensé en rechazarlo. Me habría bastado una razón profesional: mi conflicto de interés aconsejaba distancia. Al final acepté con condiciones: reunión con Inés presente, acta breve, sin discusión de contenido restringido, sin compromiso de apertura. Paula aceptó, lo cual no me tranquilizó del todo.

Llegó un martes por la tarde, con la misma carpeta bajo el brazo y un abrigo azul oscuro. De cerca parecía más cansada que combativa. Tenía ojeras, manos finas, una forma de mirar que no buscaba gustar. Inés nos recibió en una sala pequeña; no ofreció café; me pareció sabio.

—Gracias por venir —dije.

Paula no sonrió.

—No estoy segura de que agradecer sea la palabra.

—Entonces gracias por aceptar el marco.

Eso sí produjo una reacción mínima, casi respeto.

Se sentó; abrió su carpeta, pero no sacó nada.

—Mi tía Elena pasó la vida siendo leída a través de hombres —dijo—.

Primero su padre, luego su marido, luego los poetas que la visitaban, luego los críticos que la llamaban “anfitriona de una generación” como si su casa hubiera escrito mejor que ella.

Cuando donamos los papeles, lo hicimos porque queríamos que se leyera su inteligencia.

No su intimidad, necesariamente. Su inteligencia. Pero muchas veces están mezcladas.

—Lo entiendo —dije.

—No estoy segura.

La frase no fue agresiva; fue triste.

—Quizá no del todo —admití.

Paula me miró con más atención.

—Tomás Vidal le escribía a Elena antes de ser Tomás Vidal.

Antes de que su obra se volviera limpia, cara, silenciosa.

En esas cartas se ve a un hombre pensando en voz alta con una mujer que lo entendía y lo desafiaba.

Eso importa. No porque él importe más que ella, sino porque muestra que ella estaba en el centro de conversaciones que luego otros hombres firmaron solos.

—Eso debe estudiarse —dije.

—Pero hay cartas cerradas.

—Temporalmente.

—Siempre empieza temporalmente.

—A veces sí. Por eso estamos documentando plazos y criterios.

Paula bajó la mirada hacia sus manos.

—Usted teme lo que pueda decir de usted.

Esta vez no me defendí de inmediato.

Inés tampoco intervino.

—Sí —respondí.

Paula levantó los ojos.

—¿Sí?

—Sí. Sería absurdo negarlo. Hay una nota donde aparece mi nombre, escrita por mi marido muerto a otra mujer. Claro que temo lo que pueda decir. Pero mi temor no es el criterio final. Por eso no la leo yo. Por eso hay comité.

La honestidad pareció descolocarla más que cualquier argumento.

—También puede temer que Elena aparezca como alguien más importante en la vida intelectual de Tomás que usted.

La frase dolió, pero menos de lo que habría dolido meses atrás. Quizá porque ya había aceptado que la vida intelectual de Tomás no me pertenecía por haber dormido a su lado. Quizá porque Madrid me había devuelto una ambición propia.

—Puede ser —dije—. Y si es cierto, el proyecto debe poder decirlo. Pero no necesita usar materiales íntimos de manera irresponsable para demostrarlo.

Paula cerró su carpeta.

—Mi tía no era íntima de Tomás en el sentido vulgar que todos imaginan.

—No asumí eso.

—La gente lo asumirá si se cierran cartas.

—La gente asume muchas cosas. No podemos construir ética solo para corregir fantasías externas.

—Pero el cierre produce fantasía.

—Y la apertura produce consumo.

Nos quedamos en silencio. Inés tomó una nota mínima.

Paula suspiró; por primera vez pareció menos adversaria que sobrina agotada.

—Elena escribió una vez en un diario: “No quiero ser la mujer que enseñó a hablar a hombres que luego se volvieron estatuas.” Eso no está en la carpeta Vidal. Está en otra. Puede citarse. Ella sí quería que se supiera eso.

Sentí un golpe de reconocimiento.

—Es una frase importante —dije.

—Sí.

—Y no necesita que abramos todo para sostenerse.

Paula me miró largo rato.

—Tal vez no.

Ese tal vez fue más avance que cualquier acuerdo falso.

La reunión terminó sin reconciliación, pero con menos niebla. Al salir, Paula se detuvo en la puerta.

—No quiero convertir a Elena en arma contra usted —dijo.

—Gracias.

—Pero tampoco quiero que su incomodidad la vuelva pequeña.

—Yo tampoco.

Asintió y se fue.

Inés esperó a que la puerta se cerrara.

—Eso fue difícil.

—Sí.

—Y útil.

—Mara ha contaminado toda mi vida con esa palabra.

—Deberías agradecérselo.

—Lo hago, bajo protesta.

Esa noche escribí a Nicolás un resumen; no una novela; un resumen verdadero; él respondió:

“Paula tiene razón en algo y no tiene derecho a todo. Qué incómodo.”

“Exacto.”

“¿Estás bien?”

“Sí. Herida en lugares interesantes, que es una frase horrible.”

“Muy de Madrid.”

“Cállate.”

A finales de noviembre, el comité entregó su primer informe.

Inés me lo dio impreso, en sobre cerrado, aunque no hacía falta. Me senté en su oficina para leerlo, con ella presente. Aun así me temblaron un poco las manos.

El informe establecía varias cosas.

Primero: la correspondencia entre Elena Alcázar y Tomás Vidal tenía valor intelectual claro. Las cartas profesionales y ensayísticas debían catalogarse, describirse y, en algunos casos, citarse parcialmente, con Elena como agente central del intercambio y no como receptora pasiva.

Segundo: varias ideas atribuidas posteriormente a Tomás en textos críticos aparecían en conversaciones previas con Elena, a veces formuladas por ella, a veces discutidas entre ambos, lo cual no demostraba plagio simple, pero sí una influencia no reconocida que el proyecto debía señalar.

Tercero: dos cartas personales debían mantenerse restringidas por diez años o hasta nueva evaluación, por incluir información íntima de terceros no necesaria para la comprensión pública del fondo.