Capítulo treinta y seis — La lectura delegada #2
Cuarto: la nota sin fecha donde aparecía mi nombre no debía incorporarse al proyecto.
Se consideraba de valor biográfico limitado para el fondo Elena Alcázar y de sensibilidad personal alta para mí.
Sin embargo, el comité recomendaba ofrecerme, si yo lo deseaba, una síntesis mediada de una línea, sin cita textual, porque la nota se refería directamente a mi rol en la vida de Tomás y podía tener relevancia personal.
Leí ese punto tres veces.
Una síntesis mediada de una línea.
No recibiría la carta, la nota o las palabras de Tomás, sino una descripción mínima elaborada por alguien que había evaluado el daño posible y la pertinencia: una manera de saber sin tomarlo todo, una forma de lectura más pobre y más ética.
—No tienes que decidir ahora —dijo Inés.
—Lo sé.
—La recomendación no expira.
—Todo expira.
—No en sentido administrativo.
Sonreí apenas.
Me llevé el informe al apartamento; no llamé a Nicolás de inmediato; preparé té; me senté en la mesa; leí otra vez; la influencia de Elena sobre Tomás; las cartas que sí podían citarse; las que no. La nota conmigo, reducida a posibilidad de una línea.
Me di cuenta de que no sentía celos de Elena.
Eso me sorprendió.
Sentía algo más complejo: una vergüenza retroactiva por haber aceptado durante años la figura de Tomás como si su pensamiento se hubiera formado en una soledad noble, cuando probablemente había estado rodeado, como todos, de voces, mujeres, conversaciones, préstamos no siempre reconocidos.
Si Elena había sido importante, Tomás se volvía menos monumento y más hombre entre otros, menos estatua, más deudor.
Eso no lo empequeñecía. Quizá era justo.
Llamé a Bruno primero.
—Elena influyó en Tomás más de lo que los catálogos dicen —le dije.
—Eso no me sorprende —dijo al fin.
—¿Lo sabías?
—Saber es mucho. Lo sospechaba. Tomás tuvo una etapa madrileña muy conversada y muy poco acreditada. Muchos hombres de su generación hicieron carrera convirtiendo conversaciones con mujeres brillantes en estilo propio.
—¿Y tú nunca lo escribiste?
—No tenía pruebas suficientes.
—Ahora quizá las hay.
—Entonces hay que escribirlo.
—¿Aunque afecte su lectura?
—Clara, los muertos no tienen derecho a una reputación intacta a costa de mujeres borradas.
La frase fue tan contundente que me quedé callada.
—Además —añadió Bruno, más bajo—, tú tampoco tienes que proteger la estatua.
—No quiero.
—Lo sé. Pero una cosa es no querer y otra sentir cómo se mueve el pedestal.
Miré el informe.
—Se mueve.
—Bien.
—Duele.
—También bien.
Después llamé a Nicolás.
Le conté todo; la influencia de Elena; las cartas restringidas; la nota; la síntesis de una línea.
—¿Quieres saberla? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres leer la nota completa?
Pensé.
—No.
La respuesta me sorprendió por su firmeza.
—¿No?
—No hoy. Tal vez nunca. Quiero la línea.
Nicolás respiró al otro lado.
—Eso parece tuyo.
—No sé si mío o aprendido.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
—Me asusta.
—Claro.
—¿Si la línea dice algo horrible?
—Entonces será una línea horrible, no una habitación entera.
Me hizo sonreír, aunque tenía los ojos húmedos.
—¿Y si dice algo hermoso?
—Entonces será una línea hermosa, no una deuda.
Esa fue la frase que decidió.
Al día siguiente pedí la síntesis.
Inés me recibió en su oficina. Marta estaba presente como testigo documental, porque el proceso debía quedar registrado. Sobre la mesa había una hoja pequeña, doblada, que no era la nota original sino una síntesis.
—Puedes leerla aquí o llevártela —dijo Inés.
—Aquí.
Tomé la hoja.
La abrí.
Decía:
“En la nota, Tomás Vidal expresa a Elena Alcázar que teme que Clara Ferrer llegue a comprender su obra y sus límites con más claridad que él mismo, y que esa comprensión la aleje.”
Nada más.
Leí la línea una vez; dos; tres.
No era una declaración de amor, una traición, una confesión terrible o una explicación completa, sino Tomás viendo algo y temiéndolo: comprendía que mi lectura podía dejar de servirle como compañía y convertirse en salida, que entenderlo demasiado podía alejarme.
Quizá por eso había querido durante años ser difícil de leer y yo había confundido descifrarlo con amarlo.
La hoja se me nubló un poco.
—¿Quieres agua? —preguntó Inés.
Negué.
No lloré mucho; solo lo suficiente para que el cuerpo reconociera que algo había llegado sin invadir.
—Gracias —dije.
—¿Quieres conservar la síntesis?
La miré.
—Sí. Pero no la nota.
—Queda registrado.
Doblé la hoja y la guardé en mi cuaderno, cerca de la carta de Tomás y la tarjeta de la lata de galletas. Tres formas distintas de lectura: una carta completa, una tarjeta ajena, una línea mediada. Ninguna anulaba a la otra.
Esa tarde caminé mucho. Pasé por calles que ya conocía, compré pan, entré en una librería, no compré nada, me senté en una plaza y le escribí a Paula.
No tenía que hacerlo, pero quise.
“Leí el informe del comité. El proyecto reconocerá la influencia intelectual de Elena Alcázar en la etapa madrileña de Tomás Vidal allí donde los materiales lo sostengan. Las cartas personales permanecerán restringidas según la recomendación externa. Quiero decirle que entiendo mejor ahora su preocupación: Elena no debe quedar reducida a una nota al pie de hombres más visibles. Me comprometo a que el proyecto no la trate así.”
Paula respondió horas después:
“Gracias. Sigo en desacuerdo con algunas restricciones. Pero esto importa.”
Eso bastó.
Cuando Nicolás llamó esa noche, yo estaba sentada en el suelo del apartamento, con la síntesis sobre la mesa y una copa de agua al lado.
—¿La leíste? —preguntó.
—Sí.
—¿Quieres decirme?
—Sí.
Le leí la línea.
Él guardó silencio.
—Tomás tenía razón —dijo al fin.
—Sí.
—Y miedo.
—Sí.
—¿Cómo estás?
Miré la hoja.
—Triste. Aliviada. Un poco furiosa. Menos atada.
—Eso es mucho.
—Sí.
—¿Quieres que vaya?
La pregunta no sonó a ansiedad. Sonó a deseo cuidadoso.
Pensé.
—No.
—Bien.
—Quiero quedarme sola con esto una noche. No porque no te quiera.
—Lo sé.
—¿Te duele?
—Sí.
—¿Puedes sostenerlo?
—Sí.
—Gracias.
—Clara.
—Sí.
—Qué bien leíste no leyendo todo.
La frase me atravesó.
Después de colgar, saqué la carta de Tomás de mi cuaderno.
La puse junto a la síntesis. La carta decía que una versión de mí todavía no había terminado de aparecer.
Dos textos escritos en momentos distintos, a mujeres distintas, unidos ahora no por el archivo, sino por una verdad que ya no necesitaba ser dramática: Tomás me había visto irme antes de que yo supiera moverme.
Aquello lo volvió humano, no más generoso o más cruel.
Doblé ambos papeles.
Guardé la carta.
La síntesis la dejé fuera, sobre la mesa, durante la noche.
No como prueba.
Como compañía breve.
A la mañana siguiente, la puse en el cuaderno.
Luego fui a trabajar.
La caja Alcázar-Vidal siguió cerrada para mí; ya no se sentía como castigo; tampoco como virtud. Se sentía como una decisión que había producido conocimiento suficiente sin tomar más de lo debido.
En la institución, Marta me entregó nuevas fichas para revisar. Sami discutía con Julián sobre traducciones. Inés hablaba por teléfono con un donante. Paula había enviado autorización para citar dos textos de Elena. El proyecto avanzaba, imperfecto y vivo.
Al pasar frente al depósito, no me detuve.
No por indiferencia.
Porque, por fin, no hacía falta saludar cada tentación para saber que seguía allí.
Esa noche, en mi apartamento, abrí el cajón. La camiseta de Nicolás seguía junto a las mías. Toqué la tela un segundo y cerré.
No acceso, pensé.
No como prohibición.
Como confianza.