Nunca de nadie Capítulo treinta y cinco — La nota que no se toca #2
74%

Capítulo treinta y cinco — La nota que no se toca #2

La irritación volvió, más honda porque venía de un lugar que no podía descartar.

—¿También tú a Lucía?

—Sí.

Eso me desarmó.

—Y a veces mi madre la protege para no verla —añadió—. Y yo la protejo para no admitir cuánto la usé como centro de mi obra. Y tal vez tú proteges a Tomás de ciertas lecturas porque si algunas cosas se confirman, o no se confirman, algo de tu propia historia cambia otra vez.

Caminé unos pasos más. Nicolás me siguió sin tocarme.

—No quiero abrir esa nota por orgullo —dije.

—Lo sé.

—Ni cerrarla por miedo.

—También lo sé.

—¿Entonces qué hago?

—No lo sé.

—Esa respuesta me desespera.

—A mí también.

Seguimos caminando. Entramos en una cafetería pequeña porque necesitaba sentarme y porque una conversación así no podía sostenerse mucho tiempo en esquinas con perros obstinados. Pedimos café para él, té para mí, dos vasos de agua. Durante varios minutos no hablamos.

—Me molestó que Julián lo dijera —admití.

—Claro.

—Porque me pareció que se permitía leerme demasiado rápido.

—Sí.

—Y porque quizá rozó algo cierto.

Nicolás no dijo nada. Eso fue inteligente.

—Paula tiene razón en una cosa —continué—. Elena Alcázar no debe desaparecer por mi incomodidad. Si esas cartas muestran su trabajo, hay que estudiarlas.

—Sí.

—Pero yo no puedo ser quien decida sola.

—No.

—Y tampoco quiero que otros usen mi abstención para abrirlo todo como si yo fuera el obstáculo melodramático.

—Entonces necesitas un comité externo real.

Lo miré.

—Eso fue práctico.

—Estoy rodeado de mujeres que convierten la angustia en procedimiento. Algo se pega.

Sonreí, a pesar de todo.

Esa tarde escribimos —porque Nicolás insistió en ayudar solo como oyente, no como autor— una propuesta para Inés: crear una revisión externa de la carpeta Alcázar-Vidal con tres personas no implicadas directamente en mi historia ni en la familia donante: una archivista independiente, una especialista en ética documental y una investigadora de literatura en español.

Su tarea sería evaluar qué materiales podían describirse, citarse, cerrarse temporalmente o excluirse del proyecto, con especial atención a Elena como productora de pensamiento y no solo como corresponsal de hombres célebres.

Mi nombre, si aparecía, sería tratado como dato sensible.

Yo no tendría acceso a la nota hasta después de la recomendación, y solo si se consideraba éticamente necesario o personalmente pertinente.

Paula sería escuchada, pero no tendría decisión unilateral.

Inés leyó la propuesta al día siguiente y dijo:

—Esto complica el calendario.

—Sí.

—También lo mejora.

—Eso espero.

—Paula se molestará.

—Probablemente.

—La institución también, porque los comités cuestan dinero.

—Bruno diría que casi todo mejora pidiendo más dinero.

Inés sonrió.

—Bruno suena agotador.

—Lo es. Pero suele tener razón.

La propuesta se aprobó con ajustes. Paula respondió con un correo largo, molesto, donde decía que el archivo de su tía no debía quedar sometido a “la sensibilidad de viudas, herederos y curadores extranjeros”.

La frase me hirió menos de lo que esperaba.

Tal vez porque era demasiado obvia. Tal vez porque, a diferencia de Valeria, Paula no se escondía del todo detrás de la belleza de su lenguaje.

Había en ella rabia, ambición, amor familiar, resentimiento histórico y una cuota de injusticia propia.

Eso la hacía humana. No necesariamente correcta.

Nicolás leyó el correo conmigo.

—¿Quieres responder? —preguntó.

—Sí.

—¿Debes?

—Sí. Pero no hoy.

—Buena regla.

Respondí al día siguiente, con Inés en copia, sin defender mi biografía:

“Precisamente porque el archivo de Elena Alcázar merece ser tratado como un archivo intelectual y no como anexo de vidas ajenas, proponemos una revisión externa que permita distinguir entre materiales de valor público, materiales íntimos y materiales sensibles. La demora no busca silenciar a Elena, sino impedir que la reparación de una invisibilidad se haga mediante otra forma de apropiación.”

Mara, a quien envié la respuesta después, escribió:

“Correcta. Le quitaría ‘precisamente’ porque suena a que estás apretando los dientes.”

Tenía razón, pero el correo ya había salido.

Bruno respondió:

“Yo habría agregado una amenaza elegante, pero reconozco progreso institucional.”

Nicolás no comentó. Me besó la nuca mientras yo cerraba el portátil. Eso fue mejor.

Los días restantes de su visita fueron menos suaves de lo que habíamos imaginado, y quizá más reales.

Pero también hubo discusiones. Una noche le dije que no quería que su presencia en Madrid se volviera una forma de equilibrar el fantasma de Tomás.

Él se molestó porque no había hecho nada, y yo le dije que no siempre se trata de lo que uno hace sino del lugar que una le asigna por miedo.

Otra mañana, él confesó que ver mi nombre ligado a una nota de Tomás que ninguno de los dos podía leer le producía celos, no de un hombre muerto, sino de una información cerrada.

Eso nos hizo reír después, pero en el momento dolió.

—Estoy celoso de una nota —dijo, sentado en la cama, con una expresión de derrota.

—Es una frase terrible.

—Lo sé.

—También bastante comprensible.

—No quiero ser alguien que compite con papel restringido.

—Nadie quiere ser eso.

—¿Tú compites con cajas de Lucía?

La pregunta fue honesta y cruel sin querer.

Respiré.

—A veces —dije.

Nicolás levantó la vista.

—No con Lucía. Con el lugar que su ausencia ocupa en ti. Con el cuidado que le das a ciertas cosas cerradas. Con la delicadeza que te produce. A veces me pregunto si hay partes de ti más disponibles para los muertos que para los vivos.

La frase se quedó en la habitación como una copa rota.

Nicolás no se defendió.

—Probablemente sí —dijo al fin.

—Yo también.

—Sí.

No nos abrazamos de inmediato; necesitábamos que la frase existiera sin ser reparada al instante.

Esa noche dormimos separados por unos centímetros que se sintieron necesarios, no punitivos. A la mañana siguiente, él preparó té y quemó el pan. La vulgaridad volvió a salvarnos.

El último día de Nicolás en Madrid, fuimos juntos a la institución para una reunión con Inés y el comité externo, recién conformado por videollamada.

Fue aburrido, técnico, lleno de términos como niveles de descripción, sensibilidad contextual, consentimiento de terceros, integridad de fondo, acceso diferido.

Me pareció una de las reuniones más importantes de mi vida precisamente porque nadie lloró, nadie confesó, nadie abrió una caja para producir un momento memorable.

Elena Alcázar empezó a existir en el proyecto no como mujer alrededor de Tomás, sino como autora cuya correspondencia merecía estructura propia. Suficiente por ahora.

Al salir, Nicolás me tomó la mano en la calle.

—No la abriste —dijo.

—No.

—Y sin embargo pasó algo.

—Sí.

—Qué irritante para la gente que cree que solo abrir produce conocimiento.

—Muy irritante.

Comimos en un lugar pequeño cerca de la institución.

Nicolás tenía el vuelo por la tarde. No queríamos hablar de despedida, así que hablamos de cualquier cosa: de una pieza que había dejado secando en Asheville, de la posibilidad de que yo viajara en diciembre, de la comida mala del aeropuerto, de que Julián había recomendado un libro realmente bueno y eso a Nicolás le molestaba más que si hubiera recomendado uno malo. Luego el silencio volvió.

—No sé si esta visita fue buena —dijo.

Lo pensé.

—Creo que sí.

—Discutimos mucho.

—Por eso.

—Qué concepto agotador de lo bueno.

—Lo sé.

—Pero no nos volvimos elegantes.

—No.

—Fuimos bastante vulgares.

—Quemaste pan.

—Un sacrificio por la relación.

—Lo aprecio.

En la puerta del taxi, frente a mi apartamento, nos besamos sin dramatismo y con tristeza. Las dos cosas juntas.

—No compitas con la nota —dije.

—No compitas con Lucía.

—Trato.

—No uses Madrid para no necesitar.

—No uses Asheville para esconderte.

—Trato.

—Te amo.

—Te amo.

El taxi se fue. Subí al apartamento. En el cajón, su camiseta seguía junto a las mías. Había dejado otra, deliberadamente. La miré y no la moví.

Esa noche, por primera vez desde que apareció la carpeta Alcázar-Vidal, abrí mi cuaderno y escribí sobre la nota que no se toca.

Sobre el orgullo de abstenerse y la sospecha de que la abstención también puede volverse una forma de vanidad.

Sobre mí, descubriendo que tener derecho legal a algo no siempre significa tener derecho moral a leerlo en el momento en que una lo desea.

Escribí hasta tarde.

Al final dejé una frase subrayada:

No acceso no es ignorancia. Es conocimiento del límite.

La releí; me pareció demasiado limpia; añadí debajo:

Y a veces duele como si fuera ignorancia.

Eso sí era cierto.

Apagué la luz. Madrid sonaba afuera, viva, indiferente, llena de habitaciones que no me pertenecían.

Dormí con el cajón cerrado.