Capítulo treinta — Madrid no pide permiso #3
—¿Segura? —preguntó.
—No preguntes como si mi cuerpo fuera vidrio.
—No lo es.
—Pregunta como si mi cuerpo fuera mío.
Su mirada cambió.
—¿Quieres? —dijo.
—Sí.
Sonrió apenas. —Mejor.
Nos besamos en la sala, con las ventanas abiertas y ruido de la calle subiendo desde abajo. La camisa siguió en la silla. El cuaderno sobre la mesa. Nicolás conmigo, no como prueba de futuro sino como hombre presente.
Esa noche fue nuestra sin necesidad de volverse escena para nadie.
Al día siguiente, lo llevé al archivo.
No a trabajar. Le mostró una caja de postales de exiliados y habló de materiales con una delicadeza que me permitió verlo desde afuera: un artista aprendiendo a no tomar, un hombre que podía mirar documentos ajenos sin creer que la emoción le daba derecho.
Inés nos dejó solos unos minutos en una sala de consulta.
Sobre la mesa había una caja cerrada.
—¿Qué hay? —preguntó Nicolás.
—No lo sé.
—¿No la vas a abrir?
—No es la caja que vine a consultar.
Él sonrió.
—Estás volviéndote peligrosa con los límites.
—Tú también.
Nos quedamos frente a la caja sin abrirla. Por respeto a una solicitud, a un orden, a una ética que, por primera vez, no sentí como teoría sino como práctica simple: no todo lo cerrado me estaba esperando.
Más tarde, caminando por Lavapiés, Nicolás me tomó la mano y dijo:
—Quiero volver contigo a Madrid alguna vez.
—¿Para corregir la ciudad?
—No. Para perdernos mejor.
—Eso sí.
—Y quiero que vayas sola también.
Lo miré.
—¿Eso te salió sin dolor?
—No. Pero salió.
—Bien.
Compré dos postales en una tienda pequeña. Una de Madrid de noche, otra de una calle cualquiera. En el apartamento, escribí la primera para Bruno:
“Esta ciudad no me pertenece, pero no me pide explicarme. Eso ayuda. No destruyas nada en Miami.”
La segunda para Mara:
“No abrí ninguna caja que no me correspondía. Estarías insoportablemente orgullosa.”
A Nicolás no le escribí postal porque estaba sentado en mi cama, hojeando el libro de poemas que había viajado desde Asheville, con su camisa ya doblada junto a mi ropa.
Lo miré y pensé que algunas personas no necesitan postal porque ya están inscritas en el movimiento de una vida, no como destino, sino como compañía.
El último día de Nicolás en Madrid fuimos, por fin, a la zona donde Tomás había dado aquella charla años atrás, aunque no visitamos el hotel o la galería exacta, sino solo el barrio, como se lo expliqué esa mañana.
—Quiero caminar por ahí contigo —dije.
—¿Estás segura?
—No para reemplazarlo. No para probar nada. Para que la ciudad deje de tener zonas donde camino solo con fantasmas.
Nicolás aceptó.
Caminamos despacio sin que ocurriera nada especial, y esa fue la gracia: una calle, árboles, tiendas, una cafetería y gente, sin revelaciones ni la voz de Tomás saliendo de las paredes. En una esquina, me detuve.
—Aquí cerca escribió una carta —dije.
Nicolás asintió.
—Decía que una versión de mí todavía no había terminado de aparecer.
—Tenía razón.
—Sí.
—¿Eso te duele que lo diga?
Lo pensé.
—No.
Y era verdad.
Nicolás miró la calle. —Me alegra que alguien lo viera, aunque no supiera sostenerlo.
La frase entró en mí con una suavidad inesperada; no competía, no corregía ni se apropiaba.
—A mí también —dije.
Seguimos caminando.
Cuando Nicolás se fue, dos días antes de mi regreso a Chicago, dejó su camisa en el apartamento de Madrid.
—¿Otra? —pregunté, levantándola de la silla.
—Esa ya pertenece aquí.
—No tienes casa en Madrid.
—Tú tampoco.
—¿Entonces qué hace aquí?
—Esperar sin derecho de propiedad.
Lo miré, intentando parecer severa; no pude.
—Estás abusando de las metáforas textiles.
—Es mi nueva obra.
—No la exhibas.
—Nunca.
Lo despedí en la calle, no en el aeropuerto. Él se fue en taxi con una maleta y sin escena. Yo subí al apartamento y encontré la camisa sobre la silla. La dejé allí.
Los días restantes en Madrid fueron tranquilos.
Trabajé, caminé, compré libros, escribí notas, fui otra vez al archivo, no abrí la caja que no me correspondía, comí sola en lugares ruidosos, dormí con las ventanas abiertas y el ruido de la calle entrando como una forma de compañía impersonal. La última noche escribí en mi cuaderno:
No todo regreso es a un lugar; A veces se vuelve a una capacidad; la de mirar sin pedir acceso; la de amar sin ocupar; la de irse sin huir; la de quedarse sin clausurar.
Guardé el cuaderno.
A la mañana siguiente, antes de cerrar la maleta, doblé la camisa de Nicolás. Dudé si llevarla conmigo o dejarla en Madrid. Al final la dejé en la silla.
No porque no lo amara.
Porque algunas presencias también pueden esperar en ciudades donde nadie vive todavía.
Cuando cerré la puerta del apartamento, sentí una tristeza leve y limpia. Madrid no había resuelto mi vida. No había curado todas las versiones anteriores ni borrado a Tomás ni confirmado a Nicolás ni dictado mi futuro.
Me había hecho algo mejor.
Me había dejado caminar sin convertirme en prueba.
Y eso, pensé mientras bajaba la escalera estrecha con mi maleta, era una forma de libertad que no necesitaba aplauso.