Capítulo treinta — Madrid no pide permiso #2
No sabía si Tomás lo había dicho exactamente así, pues aquel hombre podía recordarlo mal, mejorarlo o inventarlo con buena intención; no importaba del todo, porque yo no iba a archivarlo como prueba.
—Gracias por decírmelo —respondí.
—Habría disfrutado su conferencia.
Pensé en Tomás; en su inteligencia; en su miedo. Pensé también que quizá sí, una parte de él habría disfrutado verme discutir algo que no entendía del todo.
—Tal vez —dije.
No dije más.
Esa noche no llamé a Nicolás de inmediato.
Caminé sola hasta el apartamento, con el cuaderno en el bolso y el cuerpo lleno de voces.
Madrid estaba viva, ruidosa, con terrazas, motos, gente riendo demasiado alto, calles iluminadas y basura recogida a medias.
Compré una empanada en un local pequeño y la comí caminando; no era elegante; me supo a gloria.
Al llegar al apartamento, encontré un mensaje de Nicolás:
“¿Cómo fue?”
Le respondí:
“Bien. No limpio. Bien.”
“Me alegra.”
“Un hombre me habló de Tomás.”
Tardó un poco.
“¿Estás bien?”
“Sí. Dijo algo que quizá Tomás dijo o quizá no. Lo dejé pasar sin convertirlo en prueba.”
“Eso parece importante.”
“Lo fue.”
“¿Quieres hablar?”
Miré la camisa de Nicolás sobre la silla. La estantería ya no estaba vacía; tenía tres libros nuevos, dos catálogos y una bolsa con papeles del archivo.
“No todavía. Mañana.”
“Estoy.”
Esa palabra otra vez; sonreí.
A la mañana siguiente fui al Museo del Prado, no por obligación turística, sino porque necesitaba mirar pintura sin que nadie me pidiera hablar de archivos.
Frente a otras no sentí nada, y me permití no sentir.
Esa también era una forma de madurez: no toda obra maestra necesita recibir de una la emoción que su prestigio exige.
En una sala menos llena, frente a un cuadro donde una figura femenina miraba fuera del marco con una expresión que no era sumisión ni desafío, sino cansancio inteligente, pensé en la Clara de la foto con Tomás, riéndose hacia alguien fuera de cuadro.
Quizá aparecía en capas: una conferencia en Madrid, una obra descolgada en Miami, una camiseta en Asheville, una camisa en una maleta, una carta guardada sin entregarla al archivo, una respuesta no dada a Andrés, una pregunta aceptada sin tener que resolverla.
Nicolás llegó cuatro días después.
No fui al aeropuerto, y él tampoco lo pidió.
Nos encontramos en una plaza cerca del apartamento, al atardecer, porque yo quise que Madrid no empezara para él en una puerta cerrada, una cama o un gesto de llegada demasiado cargado.
Lo vi antes de que él me viera: de pie junto a una fuente, con una chaqueta ligera, mirando alrededor con esa mezcla de atención y cautela que tenía cuando entraba en un espacio donde sabía que no era el centro.
Lo que sentí no fue violencia ni ansiedad, sino alegría, y me acerqué sin prisa.
Cuando me vio, sonrió.
—Madrid te queda bien —dijo.
—No empieces con frases peligrosas.
—Tomás ya lo dijo de Chicago. Necesitaba reclamar algo.
—Eso fue casi celos.
—Fue celos moderado, con buena conducta.
—Aceptable.
Nos besamos en la plaza, entre gente que pasaba, niños, turistas, un perro ladrando cerca; nadie nos miró demasiado; ese anonimato me pareció un regalo otra vez.
—¿Dónde quieres ir? —preguntó.
Yo había pensado en varias posibilidades, y descartado muchas: no el hotel de Tomás, no la galería donde habló, no un restaurante demasiado perfecto, no un paseo diseñado para probar que Nicolás y yo podíamos ocupar la ciudad mejor que mi pasado. Al final elegí lo único sensato.
—A caminar hasta perdernos un poco.
—Eso no suena a ti.
—Madrid me está dañando la necesidad de control.
—Bien.
Caminamos.
Le mostré calles que ya conocía de esa semana como si fueran mías, aunque apenas lo fueran: una librería, una plaza pequeña, una panadería, el portal ridículamente estrecho de mi apartamento, una pared con carteles superpuestos, un bar donde la tortilla era mejor que en el primer lugar.
Nicolás no preguntó; lo noté; lo agradecí.
Esa noche cenamos tarde, como correspondía, en una mesa afuera, con ruido alrededor.
Hablamos de mi conferencia. De su trabajo.
De la caja de Asheville que había revisado con fecha.
De Amalia, que le había enviado otra carta breve, esta vez solo para decirle que encontró un dibujo de Lucía detrás de un marco y que no sabía si enviárselo o guardarlo.
Nicolás le había respondido: “Guárdalo por ahora. Pero no lo escondas.” Me pareció una respuesta enorme y pequeña a la vez.
—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué haces con Madrid?
Miré mi copa de agua. —No lo sé. Me dieron ganas de volver.
—¿A la institución?
—Sí. O a otra cosa. Tal vez un proyecto más largo. Tal vez no ahora.
—¿Te asusta decírmelo?
—Un poco.
—Gracias por decirlo igual.
—¿Te asusta oírlo?
—Sí.
—Gracias por decirlo igual.
Sonrió. —Estamos insoportablemente sanos esta noche.
—No exageremos. Todavía podemos arruinarlo.
—Seguro.
Después de cenar, subimos a mi apartamento. La camisa de Nicolás seguía en la silla, y él la vio al entrar; no dijo nada; solo pasó un dedo por el respaldo, cerca de la tela, sin tomarla.
—No la puse en un cajón —dije.
—Lo veo.
—No sabía si debía.
—No debe nada.
—Pero está aquí.
—Sí.
—Y tú también.
El deseo entró sin violencia. No como respuesta a la distancia, no como prueba de que Madrid podía incluirlo, no como competencia contra Tomás, sino como una presencia que había caminado con nosotros toda la tarde y ahora pedía, educadamente, si podía quedarse. Me acerqué; Nicolás me tocó la cara.