Capítulo treinta y uno — La carta que no se lee
CAPÍTULO TREINTA Y UNO
LA CARTA QUE NO SE LEE
R egresé de Madrid con libros, notas y una camisa de Nicolás que había decidido dejar en el apartamento de Antón Martín. Él admitió que le dolía. Yo admití que la había dejado precisamente porque una presencia podía permanecer en una ciudad sin convertirse en propiedad.
En Chicago me esperaba una carta vinculada al caso. Valeria ofrecía cooperación parcial y Andrés insistía en presentarse como lector castigado. La abogada recomendó conservar ambas sin responder.
Bruno llamó basura útil a la carta. Mara pidió que nadie confundiera desprecio con procedimiento.
Las enviamos al despacho legal junto con las copias de seguridad, sin portazo, manifiesto o réplica pública, apenas mediante una cadena de custodia.
Esa noche abrí la caja de Tomás. Encontré una postal antigua de Chicago y una carta que todavía no quería leer. Cerré la caja antes de convertir la curiosidad en obligación.
Nicolás me observaba desde la puerta.
—¿Puedes dejarla cerrada por hoy?
—Sí.
Apagué la luz. Valeria y Andrés habían querido entrar para quedarse dentro de la historia de otros. Nosotros estábamos aprendiendo algo menos espectacular: salir.