Capítulo veintinueve — Una camiseta en Asheville
CAPÍTULO VEINTINUEVE
UNA CAMISETA EN ASHEVILLE
D urante varios días pensé demasiado en la camiseta que había dejado en Asheville. Me permití conservar ese gesto pequeño sin convertirlo en mudanza, promesa o prueba. Las decisiones grandes todavía me fatigaban; una prenda en un cajón ajeno podía existir sin resolverlas.
Chicago, en julio, era otra ciudad. El calor no tenía la insolencia de Miami, pero sí una densidad suave que volvía el río más lento, las terrazas más llenas y el museo más humano, menos clínico.
Las conversaciones públicas de la exposición extendida habían empezado a atraer a un público distinto, menos interesado en el incidente y más en las obras, lo cual me devolvía una fe parcial en la inteligencia de las salas.
Algunas personas llegaban, se detenían, preguntaban, escuchaban, se iban con algo que no necesitaban poseer.
Eso, después de Valeria y Andrés, me parecía casi milagroso, aunque Mara me habría corregido la palabra por excesiva.
Mi texto se había publicado y circulaba con la discreción suficiente para no convertirme en tema.
Recibí correos de artistas, estudiantes, curadoras, una mujer que me escribió desde México para decirme que había destruido por fin cartas de un exmarido muerto que llevaba veinte años guardando “por respeto a una versión de mí que ya no existe”, y otro mensaje de una archivista en Bogotá que discrepaba con tres puntos pero agradecía la frase sobre el derecho a tocar.
Ese correo me gustó más que los elogios.
La discrepancia responsable, descubrí, era una forma de confianza.
Significaba que alguien podía leerme sin invadirme.
Nicolás estaba en Asheville la mayor parte del tiempo, trabajando en piezas pequeñas y atrasando, con una mezcla de miedo y alivio, compromisos que antes habría aceptado por reflejo.
La galería de Nueva York insistía en verlo.
Bruno, aunque no era su galerista principal, intervenía desde Miami con opiniones no solicitadas sobre estrategia, mercado, visibilidad y la conveniencia de que Nicolás no desapareciera “como monje caro”.
Mara iba y venía entre Asheville y Miami, supervisando la reorganización del archivo familiar, el cierre parcial del estudio y, sospechaba yo, la estabilidad emocional de todos nosotros con una eficacia que fingía no ser afecto.
Nicolás me enviaba fotos, no de obras completas, sino de detalles: una línea suspendida, una mesa manchada de polvo, una caja con fecha, la sombra de una pieza sobre la pared, una taza rota que decidió no reparar porque “no todo lo roto merece restauración”, frase que le robé de inmediato para una nota.
También me envió una foto de mi camiseta doblada en el cajón.
Debajo escribió:
“Sigue aquí. No ha pedido mudanza.”
Respondí:
“Que no se acostumbre a privilegios.”
“Ya se cree importante.”
“Corrígela.”
“No quiero repetir patrones de control.”
Me reí sola en la oficina del museo, y Elaine, desde la mesa de al lado, levantó la vista.
—¿Nicolás?
—Sí.
—Parece que lo quieres más cuando te hace reír que cuando te salva de algo.
La frase me dejó quieta.
—Eso fue innecesariamente perceptivo.
—Lo sé.
No se lo dije a Nicolás; pero me quedé con la idea; lo quería cuando no estaba salvándome.
Lo quería en la risa, en la torpeza, en la distancia, en la manera de enviar una foto absurda de una camiseta.
Eso importaba porque durante meses habíamos tenido demasiadas ocasiones para confundir amor con intensidad, cuidado con peligro compartido, deseo con supervivencia. Solo abría una ventana.
A finales de julio, recibí una invitación para Madrid.
No una residencia larga, no seis meses como había fantaseado en Miami, sino una conferencia y una posible curaduría futura con una institución pequeña que trabajaba archivo literario y exilio latinoamericano.
Septiembre. Leí el correo tres veces y sentí esa vieja corriente en el cuerpo, la misma que Tomás había llamado hambre y que durante años yo había confundido con una traición potencial.
Hambre de estar en una ciudad donde nadie me reconociera por el nombre de mi marido muerto ni por el de Nicolás Aranda ni por la puerta cerrada de una exposición en Miami. Hambre limpia, o al menos mía.
No respondí de inmediato.
Le envié el correo a Bruno; luego a Elaine; no a Nicolás. Me di cuenta de eso al minuto siguiente y me pregunté si era un gesto de autonomía o de miedo. Esa era una de las molestias de estar más consciente: una ya no podía esconderse tan fácilmente detrás de sus propias decisiones.
Bruno respondió:
“Sí. Ve. Madrid te debe una versión no aplazada. Negocia mejor honorario.”
Elaine:
“Sí. Y pide control sobre el formato. No aceptes mesa redonda decorativa.”
Miré la pantalla. Luego reenvié el correo a Nicolás.
Escribí solo:
“Me invitan a Madrid tres semanas.”
Tardó más de una hora.
En esa hora imaginé demasiadas cosas; que se sentiría abandonado; que diría algo perfecto y yo me irritaría; que ocultaría su miedo; que me pediría que fuera.
Que no me pediría nada y entonces yo interpretaría su respeto como distancia.
La mente, cuando ha vivido mucho conflicto, se vuelve una dramaturga mediocre.
Su respuesta llegó al final de la tarde:
“Quiero que vayas. También me da miedo que cada ciudad que te queda bien te aleje. Estoy diciendo ambas cosas para no esconder una debajo de la otra.”
Me quedé mirando el mensaje hasta que se me humedecieron los ojos.
No era una frase perfecta, sino mejor; tenía miedo y deseo en la misma línea, sin convertir ninguno en orden.
Respondí:
“Gracias. Yo también tengo miedo de usar ciudades para no quedarme en ninguna parte.”
“Entonces no uses Madrid. Ve a Madrid.”
Esa diferencia me sostuvo.
Acepté la invitación.
La decisión produjo una alegría nerviosa que intenté no moderar demasiado.
Hice listas de archivos, librerías, barrios donde caminar, personas a quienes escribir.
Pensé en Tomás, por supuesto, en aquella carta desde Madrid donde había escrito que yo parecía más viva cuando discutía algo que él no entendía del todo.
Como registro; un registro que ya no me ataba.
Esa noche llamé a Nicolás.
—Voy a Madrid —dije.
—Sí.
—Tres semanas.
—Sí.
—No voy huyendo.
—Lo sé.
—Tampoco voy a probar que soy libre.
—Me alegra.
—Voy porque quiero ir.
Hubo una pausa. Escuché grillos al otro lado, quizá desde Asheville, y el sonido bajo de algo metálico que él movió sobre una mesa.
—Esa es la mejor razón —dijo.
—¿Te duele?
—Un poco.
—¿Estás haciendo cara de tragedia?
—Moderada.
—¿Quieres que vaya a Asheville antes?
La pregunta salió antes de que la analizara. Nicolás no respondió de inmediato, y esa demora me dio la respuesta real: sí quería, pero no quería convertir la visita en compensación.
—Quiero verte antes —dijo—. Pero no como pago por Madrid.
—No.
—Ven si quieres.
—Quiero.
—Entonces ven.
Fui a Asheville el fin de semana siguiente.
La casa estaba en pleno verano, y eso la volvía menos gótica, aunque no menos intensa: verdes densos, insectos contra las ventanas, olor a madera caliente y tierra, luz filtrándose entre árboles, el estudio abierto durante el día, cajas con etiquetas nuevas, ninguna silla en lugares incorrectos.
Mara no estaba. Había dejado una nota sobre la mesa de la cocina:
“Hay comida. No incendien nada. No usen la palabra proceso más de tres veces al día.”
Nicolás había añadido debajo:
“Ya perdimos.”
Encontré mi camiseta en el cajón. La saqué, la usé para dormir la primera noche y Nicolás, al verme con ella, se quedó mirándome desde la puerta de la habitación con una expresión que habría sido demasiado fácil llamar deseo, aunque lo era, pero también algo más doméstico, más indefenso.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Cuando dices nada pareces una pared con secretos.
—Estoy pensando que la camiseta ganó.
—No le des poder.
—Tarde.
Esa noche nos acostamos tarde, con la ventana abierta al ruido de los insectos. La camiseta me llegaba a la mitad de los muslos y Nicolás seguía mirándola con una atención que empezaba a parecer personal.
—Madrid —dije, sentándome a horcajadas sobre él—. Necesito llegar sola.
Sus manos quedaron quietas sobre mis caderas.
—Lo sé.
—No es un castigo.
—No lo recibo así.
—¿Seguro?
—No del todo. Pero puedo aprender sin convertirte en maestra cada noche.
La respuesta me gustó más de lo que quise mostrar.
Le tomé una mano y la llevé bajo la camiseta.
Nicolás recorrió mi espalda desnuda, despacio al principio, hasta encontrar el borde de mi ropa interior.
Su otra mano subió por el muslo y se detuvo cerca de donde el cuerpo ya había decidido mucho antes que la conversación.
—Puedes venir la segunda semana —dije.
—¿Puedo?
—Quiero.
—Entonces sí.
Me inclinó hacia él y me besó. No había tormenta, vigilancia ni una exposición a punto de abrir; solo el calor de agosto, el colchón moviéndose bajo nuestras rodillas y la camiseta convertida en una provocación doméstica.
Me la levantó hasta la cintura, pero cuando intentó quitármela le aparté las manos.
—Se queda.
—Autoritaria.
—Es mi camiseta.
—Eso está en disputa.
Le bajé el cierre del pantalón y su broma terminó en una respiración áspera.
Por primera vez disfruté sin culpa del efecto que tenía sobre él: la forma en que cerró los ojos cuando mi mano lo rodeó, el movimiento involuntario de sus caderas, el esfuerzo inútil por mantener la calma.
Lo toqué hasta que me sujetó la muñeca con suavidad.
—Si sigues, esto va a terminar demasiado pronto.
—Tal vez esa es la idea.