Nunca de nadie Capítulo veintinueve — Una camiseta en Asheville #2
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Capítulo veintinueve — Una camiseta en Asheville #2

Nicolás me giró sobre la cama antes de que pudiera reírme y hundió la boca en mi vientre.

Bajó lentamente, reteniéndome por los muslos, y el juego se volvió hambre.

Cuando llegó entre mis piernas, arqueé la espalda y agarré la sábana.

Él conocía ya mis silencios, pero esa noche no quise ofrecerle ninguno: dije su nombre, le pedí que no se detuviera y dejé que me llevara hasta un orgasmo largo que me vació de toda frase inteligente.

Después lo atraje hacia arriba, todavía temblando, y lo besé con mi propio sabor en su boca.

Buscamos el preservativo a oscuras, riéndonos cuando cayó detrás de la mesa.

Al encontrarlo, fui yo quien se acomodó sobre Nicolás y marcó el ritmo.

Él sostuvo mis caderas sin dirigirlas. La camiseta se pegó a mi espalda por el sudor y la ventana abierta dejó entrar olor a tierra húmeda.

Me moví más rápido cuando sentí que estaba cerca. Nicolás abrió los ojos y dijo mi nombre con una voz que ya no tenía control. Seguí hasta verlo quebrarse debajo de mí, y terminé otra vez con la frente apoyada en su pecho, escuchando el corazón acelerado bajo la piel.

—La camiseta ganó —dijo cuando recuperó aire.

—Cállate.

Dormimos con ella entre los dos y Madrid todavía sin convertirse en deuda.

El segundo día en Asheville, Nicolás abrió otra caja.

Esta vez me pidió que estuviera en el estudio, no fuera.

La caja contenía materiales viejos de una exposición anterior, piezas en las que el dolor de Lucía estaba más cerca de la superficie de lo que él podía tolerar ahora: fotografías veladas, audios de respiraciones, objetos cubiertos de cera.

No eran malas piezas, pero la belleza ya no bastaba para justificar lo que pedían del pasado.

—No sé qué hacer con ellas —dijo.

—No todas tienen que tener el mismo destino.

—Lo sé.

—Esta —señalé una fotografía casi borrada— no me parece invasiva. Esta otra sí.

—¿Por qué?

—Porque la primera no intenta usar a Lucía. Usa la imposibilidad de verla. La segunda quiere que el público sienta que está entrando a una habitación prohibida. Y eso ahora lo reconocemos demasiado bien.

Nicolás escuchó sin defenderse. Eso también era nuevo.

—¿La destruyo? —preguntó.

—No me preguntes a mí como si yo fuera tribunal.

—No. Te pregunto qué ves.

—Veo una pieza eficaz que ya no quieres ser el hombre que hizo.

La frase lo alcanzó con dureza. Me arrepentí durante un segundo, pero no la retiré.

Nicolás miró la pieza largo rato; luego asintió.

—Sí.

No la destruyó ese día; la marcó:

NO EXHIBIR. REVISAR SI SIGUE SIENDO MÍA O SOLO MI MIEDO BIEN HECHO.

—Buena etiqueta —dije.

—Duele.

—También.

Por la tarde caminamos hasta el mirador donde meses atrás Mara nos había enviado para que dejáramos de asfixiarnos dentro de la casa.

El camino estaba más verde, menos frío, menos cargado de amenaza, pero yo recordé aquella conversación sobre Chicago, sobre deseo, sobre no usar el miedo como autorización.

Llegamos arriba con la respiración agitada; me senté en una roca; Nicolás se quedó de pie, mirando las montañas.

—Aquí fue donde empezaste a parecer menos imposible —dije.

—Qué elogio tan específico.

—Es mi especialidad.

—Tú aquí empezaste a parecer más peligrosa.

—¿Más?

—Más para mi sistema de control.

Sonreí.

—¿Y ahora?

Se sentó a mi lado. —Ahora sigues siendo peligrosa, pero no porque no pueda controlarte. Porque me haces querer no controlar.

La frase se quedó entre nosotros, bajo el cielo ancho, sin pedir aplauso.

—Eso es mejor —dije.

—Sí.

—Yo creo que tú me haces querer no huir antes de tiempo.

—Eso también es mejor.

No nos besamos enseguida; miramos las montañas; a veces una escena no necesita cerrarse con un beso para estar completa. Luego sí, más tarde, cuando el silencio ya había hecho su parte, nos besamos con calma.

Antes de volver a Chicago, dejé otra cosa en Asheville: un libro de poemas en la mesa de noche. Esta vez no fue accidental. Nicolás lo vio cuando estábamos cerrando la maleta.

—Eso sí parece deliberado —dijo.

—Lo es.

—¿Debo interpretar?

—Con moderación.

—¿Significa que volverás a buscarlo?

—Significa que quiero tener algo que buscar aquí.

Nicolás se quedó quieto. Luego asintió, como si esa frase mereciera no ser tocada demasiado.

—Lo cuidaré.

—No lo archives.

—Lo pondré en uso.

—Mejor.

El mes siguiente pasó con una velocidad rara; Chicago entró en agosto; la publicación avanzó.

Bruno preparaba una exposición en Miami y me enviaba fotos de paredes con preguntas como si yo no tuviera trabajo.

Mara descubrió que Andrés había intentado publicar una versión ampliada de su texto en otra plataforma, pero la orden de no contacto y el aviso legal lo frenaron antes de que circulara.

No de la historia, pero sí de la escena; eso bastaba.

Mi cuerpo también siguió volviendo. Tuve una consulta final con la doctora Rivas por videollamada.

Hablamos de salud, ciclo, anticoncepción, tiempos, de qué hacer si algún día quería intentar un embarazo y de qué hacer si no quería.

Lo dijo así, con esa misma neutralidad que le agradecí desde el principio: si quiere y si no quiere. Ninguna opción como defecto de la otra.

—¿Y emocionalmente? —preguntó al final.

—Mejor.

—Esa palabra suele mentir.

—Sí. Pero esta vez solo simplifica.

—Bien.

—No sé si quiero hijos.

—No tiene que saberlo ahora.

—Antes esa frase me parecía evasiva. Ahora me parece una bendición laica.

Rivas sonrió apenas. —Úsela con responsabilidad.

Después de colgar, escribí en mi libreta:

No saber todavía también puede ser una forma de cuidado.

A finales de agosto, hice la maleta para Madrid.

Nicolás vino a Chicago dos días antes de mi vuelo. No para despedirse con tragedia, insistió, sino porque tenía una reunión en la ciudad, excusa que ambos fingimos creer a medias. Trajo mi libro de poemas de Asheville.

—¿Por qué lo trajiste? —pregunté.

—Para que lo lleves a Madrid.

—Lo dejé allí para tener algo que buscar.

—Y yo lo traigo para que dejes otra cosa cuando vuelvas.

Lo miré.

—Eso fue bastante bueno.

—Estoy aprendiendo.

Esa noche, mientras doblaba ropa, encontré una camisa de Nicolás en mi silla. No sabía cuándo la había dejado; quizá la visita anterior; la tomé y la levanté como evidencia.

—¿Esto qué es?

Él, desde la cama, intentó una expresión inocente que no le salió.

—Una camisa.

—No me provoques.

—La más vulgar de las formas de permanencia —dijo.

Le lancé la camisa. Él la atrapó riéndose.

Al día siguiente caminamos junto al río; Chicago estaba dorada, casi amable; hablamos de Madrid.

De que yo tendría mis reuniones, mis caminatas, mis archivos, mis silencios.

De que él tendría que soportar una ciudad donde Tomás había escrito una carta sobre mí.

Esa parte no la dije con esas palabras, pero Nicolás la entendió.

—¿Te pesa Madrid por él? —preguntó.

—Un poco.

—¿Y por ti?

—Más.

—Bien.

—¿Eso no te da celos?

—Sí.

—¿De Tomás?

—No exactamente. De la vida que no compartí contigo antes de mí. De las ciudades que te conocen sin mi versión.

—Eso es una respuesta honesta.

—Estoy intentando que los celos no se disfracen de filosofía.

—Buen proyecto.

—Muy difícil.

Me detuve junto al puente. El río pasaba lento, verde oscuro.

—Nicolás.

—Sí.

—Te amo.

Lo dije sin prepararlo.

No era la primera vez que nos habíamos dicho quiero.

Pero esa palabra, amor, había permanecido a distancia, quizá por respeto, quizá por miedo a que se volviera otra puerta demasiado grande.

Salió allí, en una tarde de agosto, junto al río, sin música, sin amenaza, sin pérdida inmediata.

Lo vi recibirla. No como triunfo, sino como peso y luz al mismo tiempo.

Nicolás no respondió enseguida. Se acercó, me tomó la cara con ambas manos y apoyó su frente contra la mía.

—Yo también te amo —dijo.

No hubo explosión ni el mundo se ordenó: el río siguió moviéndose con su indiferencia verde, y un ciclista pasó demasiado cerca y nos obligó a apartarnos con torpeza. Eso fue perfecto.

Me reí.

—Qué momento tan mal coreografiado.

Nicolás sonrió, con los ojos brillantes. —La vulgaridad otra vez.

—Nos está salvando.

—Sí.

La mañana del vuelo a Madrid, no lloré en el aeropuerto; Nicolás tampoco; nos besamos antes de seguridad, con mi maleta a un lado y el libro de poemas dentro. No me dijo que volviera ni le dije que me esperara. Ya no necesitábamos convertir cada partida en prueba.

—Llega sola —dijo.

—Ven la segunda semana.

—Sí.

—Y deja la camisa en mi apartamento.

—Demasiado tarde.

—¿Qué hiciste?

—La puse en tu maleta.

Lo miré, indignada y divertida.

—Eso es contrabando emocional.

—Con intención moderada.

—Mara te reprobaría.

—Mara me sugirió doblarla mejor.

Solté una carcajada que hizo que una mujer en la fila nos mirara con fastidio; no me importó.

Lo abracé.

—Te amo —dije otra vez, más bajo.

—Te amo —respondió él.

Crucé seguridad con el cuerpo ligero y asustado; ambas cosas; en la puerta de embarque, abrí la maleta para comprobar si era cierto. Allí estaba la camisa de Nicolás, doblada con una torpeza evidente, encima de mi ropa.

También había una nota:

«No es una mudanza, una promesa eterna ni una metáfora doméstica insoportable, sino solo una camisa; pero vuelve con ella, si quieres».

Sonreí.

Guardé la nota dentro del libro de poemas.

Luego abordé.

Madrid me esperaba al otro lado del océano, con sus calles, sus archivos, sus fantasmas propios y quizá alguna versión de mí que Tomás había visto de lejos y que yo, por fin, iba a conocer sin pedirle permiso a nadie.

En el avión, antes de apagar el teléfono, escribí a Nicolás:

“Voy.”

Él respondió:

“Lo sé.”

Después, otro mensaje:

“Qué bien te queda el mundo.”

No lloré.

Casi.

Apagué el teléfono mientras el avión empezaba a moverse, y por primera vez en mucho tiempo, la sensación de despegar no se pareció a una huida.

Se pareció a una vida abriéndose sin que ninguna puerta tuviera que ser forzada.